La "educación" nos está matando

Si hay una arista de la sociedad que se encarga de crear y reproducir sujetos capaces de entender, criticar y transformar el conocimiento es esta, pero está fallando

Por: Junior Alberto Castillo Fuentes
septiembre 19, 2018
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2Orillas.
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Foto: Pixabay

Es importante reconocer históricamente la lucha bilateral que ha ostentado el profesorado colombiano y el Estado. Políticas educativas, remuneración y salario, compromisos no cumplidos, parecen ser algunas de las tantas razones por las cuales el matrimonio Estado-educación ha venido de traspiés en traspiés con un final poco feliz: mediocridad estudiantil y pocos resultados académicos.

No solamente el divorcio de la educación con el Estado resulta ser la causa principal del paupérrimo rendimiento educacional, también el sistema educativo aporta su cuota importante al desaguisado. Aparece una parte insospechada en esta cadena nociva y es el plantel docente.

Insospechados, resguardados tras las vallas, sumisos y pasados de agache se encuentran los docentes de este lado del problema. No es fácil referenciarlos, debido a que, trazando un paralelismo, es casi que “imposible” pensar que el médico te dé una droga para acelerar tu muerte. No se concibe, en el ideario colectivo, que sea un docente quien maleduque y pervierta una sociedad.

En una publicación hecha el 27 de febrero de 2014, por Juan Gossaín, en la versión virtual del periódico El Tiempo, deja por manifiesto el siguiente interrogante: ¿es que los colombianos somos muy brutos o es que la educación que aquí se imparte es muy mala? En alegoría, principalmente, al momento crítico y moribundo que atraviesa la educación colombiana.

Sin titubear me lanzo de cabeza a responder el anterior interrogante. Me parece que si desde la educación se pretende imponer un patrón, modelo y estándar para calificar un estudiante estamos por el camino erróneo que traemos desde hace millones y millones de años. Pretender que el profesor sea quien tenga la razón, la última palabra y la verdad absoluta, en un mundo donde, incluso, se discute la veracidad y exactitud de las ciencias “exactas”, es un total agravio.

En tanto, Gossaín, en compañía del profesor pereirano Jorge Ramírez Vallejo, miembro del cuerpo de docentes de la Universidad de Harvard, deja por sentado que la falla crucial, y en primera instancia, pasa por los profesores. La baja calidad, la impertinencia, la poca pedagogía y la escasa vocación de enseñar, resultan ser la estocada final para un crimen de lesa humanidad que se está cometiendo en Colombia.

Como si fuera poco aparece un campo de estudio muy diverso y cambiante: las Ciencias Sociales. Entendidas como aquellas que se ocupan de la comprensión y descripción de los fenómenos sociales, culturales, políticos y económicos de una sociedad. En dicho espacio, los más osados y atrevidos profesores se han atrevido a dar por sentado conceptos, teorías e interpretaciones, sabiendo que si hay algo mutante en este mundo es la sociedad.

Cabe anotar que soy estudiante —de universidad pública— y que hago parte activa de este sistema perverso que además de maleducar, corrompe y acaba con cualidades innatas y valiosas de cada uno de los sujetos que hacen parte de él.

Como me desenvuelvo a diario en este espacio me da pie a sustentar varios puntos incorrectos que he identificado en lo que he denominado profesores perversos.

Cómo se puede entender que una persona que “educa” lanza expresiones como: “quien manda dentro del aula soy yo”, “eso está malo”, “eso no sirve”, “yo hago parciales/exámenes con el fin de saber cuánto saben de lo que les 'enseñó'”, estos improperios antes mencionados son algunos de los que a diario se escuchan por los recintos donde se “forma” al futuro profesional de la sociedad. ¿Parece justo eso? Para nada.

Aparece entonces el 27 de octubre de 2014 Jesús Martín Barbero, español acogido en Colombia, autor de De los medios a las mediaciones, en una charla rodeado de estudiantes, investigadores y decanos del Instituto de Investigaciones Gino Germani, de la Facultad de Ciencias Sociales, de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Argentina, donde resaltó, entre otras cosas, que “el que crea que sabe qué es la comunicación hoy está más lejos que nadie de este planeta”.

La anterior declaración de Barbero nos hace caer en cuenta que nadie, en lo absoluto, tiene la verdad revelada, y menos cuando se trata de enseñar, aun cuando lo que se pretende impartir tiene que ver con Ciencias Sociales. En este orden de ideas, qué irrespetuoso e irresponsable es aquel docente que desde su estatus trata de bajar líneas sobre cómo se debe percibir el mundo, la realidad, el contexto social y cultural que nos rodea.

Siguiendo esta línea, Barbero anuncia en esa charla que “la modernidad se está acabando” y agrega “afortunadamente, nos quedó algo de caos”. “(…) Bienvenidos al caos, dicha bienvenida significa que el orden que organizó la razón moderna ¡No va más!” Sentencia además: “(…) Esta vuelta al caos es, de alguna manera, la vuelta a la libertad”, y añadió con énfasis: “la libertad de los saberes”, todo esto escogido del portal web de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

Me robo otra expresión de este pensador de la comunicación: ¡a Dios gracias que la modernidad se está acabando!, porque se está acabando un orden de la razón. Dicho de otra manera, se está extinguiendo el hecho de que un alguien sea quien sepa y maneje la absolutez de un algo. Y eso, por supuesto, permitirá el nacimiento de otro mundo de la información social, según lo sostiene Barbero.

Otra mirada crítica al respecto la propuso el 26 de abril 2014 Andreas Schleicher, director (e) de educación y asesor en política educativa de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde), cuando en una entrevista para el periódico El Tiempo respondió al interrogante ¿Cuáles deben ser las características de los profesores de la actualidad?: “Necesitamos profesores que dominen muy bien los temas y las materias que imparten, pero que también sean personas que entiendan la manera como los estudiantes aprenden y que puedan aprovechar la diversidad en las formas como estos se aproximan al aprendizaje”, dijo Schleicher.

Lo anterior parece ser un chiste de mal gusto frente a la realidad educativa que atraviesa el país. Docentes sin pedagogía, sin capacidad de entendimiento social y con ínfulas dictatoriales parecen ser la continuidad de este macrocidio.

“Diseñar estrategias pedagógicas que busquen enfrentar el reto de personalizar el aprendizaje y que potencien el talento extraordinario de los estudiantes”, es otra de las afirmaciones que entregó este director de educación adscrito a la Ocde. Y esto data de 2014, es decir, ya van cuatro años en los cuales el asesinato educativo sigue sin ser replanteado. La mayoría del profesorado parece estar de acuerdo en esto; no hacen nada al respecto. ¿Por qué así como se unen para reclamar sus intereses económicos —justos— no se juntan para replantear el modo de educar y formar un país mejor? Hay unos pocos que se salen de la vaina, por supuesto.

Quisiera creer que todo lo anterior es de forma inconsciente, pero cuando ya incurren en el método por muchos años me atrevería a identificar una notable animadversión para con el estudiantado.

Insisto con otras prácticas nauseabundas de quienes educan:

Corrupción del estudiante por parte de los docentes

Entendiéndose el término corrupción como acción y efecto de corromper, la mayoría de los docentes, inconscientemente a menudo están cayendo en esta práctica.

Cuando se le propone al estudiante, por ejemplo: “no es obligación asistir a tal evento, charla o clase, pero quien lo haga tendrá un punto extra en el examen final”. Aquel individuo que por uno u otro motivo no pueda asistir a aquella actividad —porque claramente se le está dando la posibilidad de no asistir—, ya corre en desventaja con aquel que pueda acudir. Esto va deteriorando en la mentalidad del estudiante.

Ni hablar de aquellos niños que apenas empiezan en el mundo, y el/la profesor/a les pone una carita feliz en la mano cuando se porta bien; y cuando hace lo contrario, se le coloca una carita triste. Lo cual describe una total mediocridad por parte del enseñador, que cree actuar bien cuando, según éxito-fracaso, califica a un estudiante, y no trata de buscar mecanismos de saber por qué hace tal acción. Y eso de una u otra forma, va corrompiendo al ser humano.

No se preocupan por analizar de qué entorno viene el estudiante, en qué ambiente familiar y barrial se desenvuelve, si su familia es disfuncional o no, si tiene miedos, si tiene otros valores, si está siendo educado o mantenido por alguien ajeno a sus padres, si está sufriendo maltrato, si tienen ausencia de unos de sus padres, si se levanta y se acuesta sin ver a su madre debido al trabajo que ella tiene. No. La cura más práctica y efectiva parece ser castigar, poner bajas calificaciones, mandar al rincón o lanzar palabras hirientes bajo el pobre argumento “te regaño porque sé que puedes dar más y porque tienes un potencial por explotar y ser mejor”.

En relación con lo anterior, Marcelo Bielsa, D.T. de fútbol y pensador argentino, en una charla que impartió en 2009, en el marco del Congreso Percade, que se realiza en Chile desde 2005, expresó un pensamiento que, a título personal, explica mucho el papel que debería tener la educación: “(…) tiene que haber una relación entre lo que una persona posee antes de empezar un determinada tarea, y adonde llega con esos recursos. Pero nosotros estamos acostumbrados sólo a valorar a aquel que llega más arriba o donde uno desea que llegue”.

Dicho lo anterior, muchas veces no se entiende, por parte de los docentes, qué recursos materiales, económicos e intelectuales contiene un determinado individuo. Por el contrario, se castiga a aquel que no “alcanza los logros”. Y eso corrompe la sociedad, porque no son las mismas herramientas, potencialidades y virtudes que tiene el sujeto A con respecto al sujeto B.

Contradicción y doble moral de los docentes

Podemos explicar este punto de la siguiente manera.

Cuadro de situación: un profesor manda una lectura de 25 páginas, con párrafos que organolépticamente exceden y abruman la vista y el cerebro, letra diminuta, sin esquematización, sin bosquejos ni imágenes. Esto con el fin de que el estudiante las lea, comprenda y haga una presentación en diapositivas siete días posteriores a la fecha que se mandó la actividad.

El día de cumplir ha llegado. El estudiante, efectivamente, ha traído sus diapositivas elaboradas a la luz de lo que considera relevante de ese documento. A la hora de exponer su material, el profesor nota que dichas diapositivas están cargadas, tienen párrafos extensos, le comenta en público que eso para el receptor (personas dentro del aula) es muy difícil de decodificar debido a su extensión.

Durante toda su presentación, evidentemente, los asistentes bostezaban, no atendían la explicación, el docente miraba su Smartphone y se escuchaban murmullos. De manera notoria se palpa que el método utilizado por el estudiante para desarrollar sus dispositivas fue errado. No llegó al público. No logró captar la atención, siquiera del profesor —por respeto—.

El docente, inmediatamente el estudiante acaba con su intervención, sentencia: fulano, tu calificación es insuficiente debido a lo que te he expresado. Son diapositivas cargadas, extensas, densas, difíciles de entender, y, como si fuera poco, utilizaste una letra que no colaboraba; es muy diminuta, no se puede casi ni ver.

Lo anterior muestra una clarísima contradicción del docente con respecto a lo que predica y aplica. Aquello que repudia y condena fue todo lo que utilizó como herramienta para suministrarle al estudiante. Esto se ve a diario. No sólo en el ejemplo de las diapositivas. Por ejemplo: los profesores interrumpen su clase con la expresión “esperen un momento, me está entrando una llamada importante”, pero si a un estudiante le suena su celular esto es motivo de sanción por parte del docente.

La puntualidad es otra muestra clara de las contradicciones en la que caen a menudo los profesores. El estudiante debe estar a determinada hora dentro del aula de clases, si excede dicha hora incurrirá en falta y hasta en bajas calificaciones, sin saber qué afectó a ese estudiante para que se retrasara, si el desplazamiento a la institución estuvo mediado por un determinado percance, si el acceso al transporte de su barrio es precario, etc. Es decir, no se analiza o evalúa al sujeto desde una posición integral y comprensiva, sino que se penaliza según la relación cumplimiento-incumplimiento. Y eso es perverso.

Esto sin contar las veces que antes de empezar el curso, en el primer acercamiento con el profesor, te deja de manifiesto que la materia la deben perder un mínimo de estudiantes o que él es quien sabe y, por ende, nadie puede sacar la máxima calificación. “El cinco (5.0) es sólo para quien maneje el tema a la perfección, y como ustedes apenas vienen a aprender, no pueden sacar tal calificación”, se animan a sentenciar algunos que creer poseer la verdad de la vida.

¿La culpa es del estudiante o del método?

Ampliamente me atrevo es esgrimir que es culpa del método. Mirar en el estudiante un “ratón de laboratorio”, pretender encontrar resultados distintos cuando desde los profesores se baja una línea de aplicarles a todos lo mismo, son algunos de los pocos reproches que le hago, a título personal, a la educación y a quienes la imparten. El problema es muy profundo. Si no se hace nada al respecto seguirá esta sociedad empeñada en aceptar con sumisión todo lo que le imponen, y eso no me parece que sea el papel justamente de la educación.

Matan la creatividad del estudiante; le esconden las fortalezas; privan los pensamientos individuales; mucho de lo que se enseña no es pertinente ni importante para nuestro contexto social; nos hacen estudiar experiencias extranjeras y no a reconocer las dinámicas de nuestro país; las cosas relevantes no se anotan en ningún cuaderno ni carpeta, quedan para siempre en el actuar y el bagaje cultural; hablan mucho de educación, respeto, democracia, de cambiar nuestro entorno, de ser motores de cambio para nuestra sociedad, pero nada de eso se apoya en el aula de clases; nos ven como robots que deben cumplir tareas y si no se cumplen, nos penalizan; nos enseñan a ver en el compañero un rival, a competir por una nota, por el primer puesto, en definitiva por cosas que no nos definen; a los maestros si se les plantea una postura distinta, nos tratan de faltadores de respeto; subestiman nuestros pensamientos; desconocen nuestros propósitos, lo que queremos ser; se corrompe al estudiante.

Han llegado a tal punto de olvido hacia nosotros que no se han dado cuenta lo mucho que disfrutamos los días en los que hay actividades de campo, Educación Física, cuando se practica deporte, cuando hacemos crítica social, cuando hay que colorear, cuando hay que hacer un dibujo libre, cuando se canta, cuando se interpreta un instrumento, cuando se representan puestas en escena… Les somos tan indiferentes que con nuestra actitud le enviamos un mensaje semiótico importante de lo que queremos, de cómo lo queremos y cómo lo sentimos, pero es más alto el desconocimiento y cegamiento por parte de ustedes, que no logran leernos. Son insensibles a lo que nuestro lenguaje no hablado les propone.

Quiero decirles que sus notan no nos definen ni nos estandarizan. Quizá ustedes, docentes, no están dimensionando el daño mayúsculo que nos están haciendo, pero el presente escrito es para que, por lo menos, se inquieten por reeditar sus formas, sus métodos. Nos están haciendo mucho daño. En serio, nos están matando.

Lo anterior no explica ni supone, por parte del autor, sentar una posición tajante e impositiva ni hablar en nombre de todos los estudiantes; por el contrario, busca reflexionar y debatir a la luz de los argumentos que aquí se esgrimen. Cualquier objeción al respecto, lejos de ser tomada como retaliación, será aceptada como un punto de vista más para engrosar y enriquecer este texto. Lo que en definitiva garantiza la participación social y el debate público.

* Gracias a Laura Vanessa González Montalvo que me motivó a confeccionar este texto.

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