La dictadura del pensamiento feliz

Nos damos palo por no tener las 'perfectas vidas' de quienes salen en redes y viajan por parajes exóticos, tienen parejas perfectas y tienen una sonrisa bobalicona

Por: Cristhian Lesmes Moreno
agosto 16, 2022
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La dictadura del pensamiento feliz

En uno de los capítulos de la serie animada Los Simpson, denominado “La casita del horror”, hay un pequeño momento en el que Homero, al intentar reparar un tostador de pan que se incrustó en su mano, inventa por accidente un sofisticado aparato con el que puede realizar viajes en el tiempo. Al introducir las tajadas en el tostador Homero viaja de manera involuntaria a un lejano momento de la prehistoria y se da cuenta del craso error que acaba de cometer, pues advertido por su padre en un lejano recuerdo, es por entero consciente de que cualquier cambio que realice en ese momento puede alterar de manera indefectible el futuro de la humanidad, y puede, por tanto, alterar su realidad y con ella la de todo el universo en su conjunto. El episodio transcurre contando el chiste de que Homero, en medio de sus torpes intentos por no alterar el pasado termina, involuntario, cambiado toda la realidad que le rodea, y, que cada vez que retorna al momento en el que inserta las tajadas de pan en la máquina retorna también a una realidad alterada por los pequeños o grandes cambios que introdujo en el momento en que viajó al pasado.

Una de las realidades, o, universos, al que el desdichado Homero, regresa, es una, en la cual pervive un “Gran Hermano”, que es personificado por la irritante figura de su vecino, Ned Flanders, quien, además, se ha apoderado del mundo, y se hace llamar el: “El amo incuestionable del universo”, cosa que le recuerda su hijo Bart, en el momento en el que Homero abre la puerta y ve desayunar tranquilamente a su familia en la cocina de su hogar. Aún inocente de las reglas de esta nueva realidad, Homero ve como del ajedrezado piso de la cocina surge una pantalla en donde se proyecta la imagen de Flanders, ante lo que se pregunta horrorizado “¿Qué hace el idiota de Flanders en la tele?”, de repente se activa una alarma de pánico y Flanders del otro lado responde con su ameno e impostado tono: “Veo en mi tablero que tenemos una actitud negativa en el sector 2, voy a tener que pedirle a la familia que se congele ahí y se prepare para reflanducación”, de pronto, una nave arranca la casa de la familia desde los cimientos y la lleva a un centro de reeducación. En el inglés original de la serie el centro se llama: “Re - ned education” en una clara referencia a los campos de reeducación europeos del siglo XX y descritos magistralmente en la famosa distopía de George Orwell. Sin embargo, en el doblaje al español latino se tuvo la genialidad de llamar al infame campo como centro de “Reflanducación”.

Ya en el centro, los concentrados son vestidos igual que Ned, y ante una enorme pantalla en donde Flanders les habla con su consabida amabilidad, les conmina a tener una enrome sonrisa, para lo que descienden ganchos metálicos que les halan forzadamente las mejillas para dejar descubiertos sus dientes y simular su felicidad impostada, luego, Ned les anuncia que, si una sonrisa no es suficiente para insuflarles la felicidad, nada será mejor que un vaso de leche caliente y una lobotomía, Homero no ve más alternativa que escapar horrorizado. Más allá de la genialidad de este capitulo y de lo premonitorio que resulta, pues fue emitido hace más de veinte años, lo significativo, es corroborar como la distopía descrita en la novela “1984” por Orwell se ha cumplido con creces, pero de manera más cruda y por supuesto profunda, porque ahora el gran hermano se halla inserto en la mentalidad interna de los individuos contemporáneos.

Hoy se censura a la tristeza y la negatividad, inevitables y consustanciales a la condición humana, y, en medio de la apología generalizada a la obligatoriedad de la felicidad como propósito único de vida, se condena con una terrible dureza a quienes se atrevan a cuestionar estos postulados que resultan hoy ser obligatorios e impuestos. No es gratuito, sostienen los psicólogos: Edgar Cabanas y Eva Iliouz a lo largo de su amplia obra académica, como, mientras, más se acentúa el neoliberalismo y la crisis económica, se reducen los derechos y las garantías laborales conseguidas con sangre y lágrimas por los movimientos obreros, durante los siglos XIX y XX, se impone una creciente y agresiva dictadura del pensamiento positivo y una actitud feliz. Parece que en la medida en que crece la masiva incertidumbre por un futuro menos halagüeño, especialmente para los jóvenes profesionales y los nuevos trabajadores deslaboralizados, se erige toda una hegemónica tendencia a acusar de sus múltiples problemas económicos, sociales, afectivos y psicológicos a estos, en una reedición del odioso lema: “Es pobre porque quiere” a “Es infeliz porque quiere”.

Cada día es más difícil ejercer el derecho democrático y legitimo de la crítica y la indignación, cada día se reprueba de manera mucho más vehemente y terrible a quienes tengan la osadía de no compartir esa posición dominante que estima que los problemas pueden ser resueltos solo con cambiar de actitud, modificar artificiosamente los pensamientos internos y confiar que de manera mágica el panorama de inestabilidad y desestructuración de las garantías que tuvieron los trabajadores en las décadas precedentes, cambie por obra de una fantástica confabulación de azar, y premie por tanto ese cambio de pensar. Se tiene entonces que la felicidad es producto de una decisión individual, que esta, no se relaciona en nada con las condiciones estructurales del complejo entramado político y económico orbital en las cuales, los trabajadores, cada vez más agobiados por la presencia de todo tipo de enfermedades mentales, como la depresión, la ansiedad, el estrés entre otras tantas, no tienen influencia de ningún tipo.

Es muy poco probable que, en nuestra época, una obra como la de Jean Paul Sartre hubiese tenido el éxito y la relevancia que tuvo en la Europa de la segunda mitad del siglo XX, entre otras, porque las redes y la dictadura de lo políticamente correcto le hubiesen increpado hasta el hartazgo su pesimismo y su fijación por la nada, el vacío y la melancolía de un mundo hirsuto y atroz. Las redes sociales son la base de esta nueva dictadura, hoy, se está obligado a ser y tener una vida feliz y plena, y a compartirla en internet, a ser hermosos, así, esta sea esto falso y esa perfección sea fruto de la acción de filtros, bulos y toda laya de engaños, la base de las redes es cambiar el ser por el aparentar, siempre para buscar la aprobación o la envidia de una masa ignara de personajes que replican circularmente la misma dinámica. Todo, en claro desmedro de la posibilidad de organización política para destronar esta nueva y mucho más lacerante hegemonía.

Hoy tenemos una actitud individual mucho más interiorizada de “Reflanducación” nos obligamos a ser felices de manera impuesta, nos autoinfligimos severos castigos por no tener o ser como las perfectas vidas de personajes insulsos y vacíos de las redes, que viajan por parajes exóticos, viven en apartamentos de ensueño, tienen parejas hermosas y perfectas y siempre tienen una sonrisa bobalicona e impostada para todo. La dictadura del pensamiento feliz es la mayor victoria de la hegemonía neoliberal, puesto que logró hacer que los sujetos políticos, que los partidos de izquierda y que quienes antes veían a la lucha colectiva, la solidaridad, como el camino para luchar contra un mundo y una realidad cada vez más hostil para quienes asistimos a un mundo que no ofrece las garantías para desarrollar un proyecto de vida pleno. Si hoy se cuestiona la hegemonía de este nuevo gran hermano, de seguro los miles de Ned Flanders de las redes nos bajarán los ganchos y nos harán tener una risa forzada puesto quien no es feliz, es porque no quiere y debe ser apartado de la sociedad. Los Simpson predijeron lo que Orwell pensaba era solo una distopía terrible y lejana, ahora depende de nosotros si la replicamos funcionalmente o con nuestra mala cara e indignación la cambiamos, deplorando las sonrisas postizas y valorando por sobre todo a las diatribas honestas.

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