La deslealtad

"La envidia o la soberbia son las que nos mueven a veces a comportarnos con tanta ruindad"

Por: Alfredo Villalba Bustillo
julio 16, 2021
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La deslealtad
Foto: Pixabay

En un lugar de la mancha dijo el caballero de la triste figura: “El hacer bien a villanos es echar agua en el mar”.

La deslealtad desciende de la soberbia para aleccionarnos de la conducta del inmerecido, del que por olvido o pereza no reconoce ni da muestras de nuestra dedicación, generosidad o entrega, cuando la tuvimos hacia él.

Es cierto que la deslealtad proviene, tal vez, de la imposibilidad de pagar porque nadie puede ponerse, en ocasiones, a la altura de nuestro amigo benefactor por su condición inferior en cuanto a posibilidades, y no es menos cierto que la ingratitud es la amnesia del corazón, porque la pereza, el desgano, la desidia o la timidez, forman parte del condicionamiento humano y nunca encontramos el momento perfecto o, simplemente, un hueco en el tiempo para devolver un favor o al menos para tener un detalle de agradecimiento.

Sin embargo, no es tal omisión o descuido la que pretendemos analizar ahora, porque, incluso la falta de ese reconocimiento que llamamos “lealtad” proviene a veces de la confianza y seguridad que ponemos en una relación familiar o de amistad que no nos exige tal correspondencia, según la firmeza e incondicionalidad del vínculo que les une; es la malsana intencionalidad de ignorar aquel comportamiento, favor o apoyo que una vez les dimos a las personas cuando se encontraban en una situación comprometida o penosa.

Desde la actitud de esa ausencia por recibir la magnanimidad de quien atendimos, es tan ciega que ni ve ni reconoce el comportamiento ajeno, como ilustra Benavente en su cita: “Lo peor de la ingratitud es que siempre quiere tener la razón”, o el que trata de disculparse, o la precipitada y rutinaria respuesta de ese tan “cumplido”, que no hace otra cosa mas que caer en otra forma de ingratitud o deslealtad, pues apresurarse demasiado a corresponder un favor constituye una especie de ingratitud hasta el gesto mezquino y perverso del que desaira o desprecia a su benefactor, o incluso, trata de constituirle un daño, y así vemos como se produce la degradación de los valores y sentimientos del ser humano.

Y es en este sentido, recordando que alguien dijo: “La deslealtad es un puñado de estiércol que ofrece el desgraciado a quien le dio sus mejores joyas”. O como expresó un célebre paisano cartagenero, Augusto de Pombo: “Los cartageneros pagamos los favores con venganza”.

Quizá por eso concluimos que es la envidia o la soberbia, entre otros desechos humanos, la que nos mueve a veces a comportarnos con tanta ruindad, cuando no somos capaces de admitir tal generosidad de los otros.

Es cierta la evidencia por la imposibilidad de reconocer el favor o auxilio de los demás, utilizando la misma moneda, porque tal vez no sería sincera esa conducta de aparente gratitud y podría parecer hipocresía tal satisfacción, como no es tampoco su reconocimiento sincero cuando trata de cumplirse a través de un formalismo convencional o estereotipado usando la eterna forma de cortesía: Muchas Gracias.

La gratitud es algo mas y todos sabemos que hay un momento y una ocasión para devolver con un gesto la grandeza de ese corazón ajeno que una vez cuido de nuestras necesidades.

Aun así, y en ausencia de esa perfidia reclamada muchas veces por nosotros, lo peor es conocer la falsía de aquel al que ayudamos y sostuvimos en su más absoluto desamparo, y que cuando consiguió encumbrarse, nos respondió con su lenguaje desconsiderado y desleal de aquel que, con orgullo y soberbia, su jactancia de envanecimiento, trato de ofendernos porque ese era su propósito, con la crueldad de su silencio, arrojándonos su olvido o su intencionalidad de daño hacia nosotros.

Quizás, eso es lo más odioso para nuestro condicionamiento.

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