La descomposición ciudadana (o de las manzanas y otros demonios)

"Colombia, parafraseando a Sartre, no ha podido hacerse heroica sino fabricando esclavos y monstruos"

Por: David Esteban Andrade Rojas
marzo 29, 2021
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La descomposición ciudadana (o de las manzanas y otros demonios)
Foto: María Paula Ángel / Las2orillas

"Nuestra opción número uno son los desempleados" dijo él. Fue en La invención de R-62, en la inquisición desazonada de la voz de un estudiante, que el fruto a la finitud de la prosa de Kōbō Abe me susurró un par de bromas perversas.

La primera acometía la posibilidad de que una organización harto conocida (como un ejército, por ejemplo) le propusiese una oferta laboral a los ciudadanos menos aventajados de una sociedad contemporánea antes de que se suicidaran o convivieran (poco más) con las vicisitudes propias del desempleo [la utilidad sobre las formaciones históricas de la muerte; las formas de ser o llegar a ser determinado, mientras uno se muere sin ser considerado útil].

La segunda, de un grado curiosamente menos ficcional para nosotros, era que un conciudadano de los suicidas [el productivo] o incluso los mismos suicidas [los improductivos] pudieran aceptar la seguridad o la certeza de un beneficio proporcionado por aquella organización, a propósito de la disposición de la vida de uno y la facilitación de la enajenación de esa vida por parte del otro. Colombia –parafraseando a Sartre– no ha podido hacerse heroica sino fabricando esclavos y monstruos. Y en esa alienación patológica continúa discutiéndose hoy más la veracidad del nombre de los hechos que la veracidad de una serie indefinida de hechos bastardos, para la historia y los cánones de cualquier nación democrática.

Me parecería superfluo reseñar que los asesinatos de civiles a manos de agentes del Estado colombiano con el objetivo de hacerlos pasar como bajas en combate tuvieron lugar en el campo; el concepto de campo –como tanto ha insistido Agamben–, sin embargo, no es otra cosa que ese lugar en el que hemos alcanzado ya el conocimiento de toda indignidad. No es necesario entonces que nos mudemos de arquitectura, el plano y el razonamiento planificado es utilitarista, no es rural, no es urbano… Puesto que lo que se descompone en el espíritu de los colombianos es su sentido de justicia y no las manzanas, es imperativo recordar que el campesino y el citadino han sabido convivir, alimentar y votar, durante los últimos doscientos años, por quienes se han corroído y ordenado la corrosión (en virtud de la felicidad o de las preferencias de la mayoría como nos ha dictado el credo, poco se distingue entre la tranquilidad estadística de la muerte de los otros o la recompensa de unas vacaciones, después de trabajar, trabajar y trabajar).

Los productivos han dejado servido el tema para hablar. Los productivos les han dejado servido el tema al cual mirar. Los productivos han enunciado y visibilizado, sin más, expertos, demagogos y hasta ABC's. Los improductivos se han sobrepuesto a la mordaza como a la ceguera; los improductivos han demandado y denunciado abigarrados lo irremediable. Y donde aún no se ondean las banderas a media asta por la indiferencia culpable un Estado, recurrimos a categorizaciones inexactas del derecho internacional humanitario como: crímenes de guerra o delitos de lesa humanidad (no existe mayor diferencia entre la Antioquia de las flores o las cenizas de Auschwitz).

Es cierto que los términos del debate sobre la memoria histórica se han reavivado durante los últimos meses de la pandemia presente, ofreciéndonos una tesitura de voces divergentes.

Primero: nos hemos encontrado con una categorización del fenómeno que, podríamos denominarla como exegética [esa extracción e interpretación cansina, kafkiana y a veces ridícula de las fuentes oficiales] por parte del establishment que, (auto) denomina lo irremediable como crímenes de Estado (como si los Estados se suicidaran, se dieran un tiro en el pie o la legitimidad del monopolio de la fuerza, no fuera plenamente consciente de a quienes y bajo cuáles leyes debería prestar su defensa).

Segundo: nos hemos encontrado con una categorización del fenómeno que podríamos llegar a calificar de genealógica [Ursprung: en el sentido de la aprehensión histórica de los fundamentos de una tipología originaria] en que, fruto del summum de los esfuerzos de familia-res de las víctimas, doctrinantes y periodistas por controvertir la verdad se ha denominado lo irremediable como:

1. Falsos positivos [Herkunft: en el sentido de una tipología entretejida por tramas de una estratificación sociopolítica que interviene la eficiencia de ciertos discursos como de las bajas en el conflicto armado o, la denuncia pública de una madre, de un padre que, debido a su poca educación y sus pocos recursos: es identificado como un sujeto cansón y posiblemente subversivo por las autoridades].

2. Ejecuciones extrajudiciales [Entstehung: en el sentido de una tipología de acontecimientos emergentes que aún no son intervenidos, como si un  castigo huérfano de críticas –sugiere Foucault– hubiese estado destinado a darnos ejemplo en todos los casos].

3. Muertes ilegítimamente presentadas como bajas en combate por agentes del Estado [Geburt: en el sentido de una tipología autoconclusiva del nacimiento de un suceso; como quien pasa del reconocimiento de un pacto natural al ocultamiento de una serie sistemática de cesarias equívocas].

Tercero: la categoría que podríamos denominar polemológica, esculpe la tensión iusfilosófica entre: 4) crimen de lesa humanidad o crimen de guerra, en las que no se agotan ni la bajeza, ni la naturaleza, ni la macabra profundidad en que naufragan los acontecimientos. Ese juego narratológico con mayor o menor profundidad en sus connotaciones para la consciencia de nuestra cultura jurídico-política, esa batalla por el poder simbólico de la historia que es librada por todas las partes de la opinión pública en el campo social de nuestro país, no es tanto inconclusa, sino inconcluyente; se renueva, pero no cambia (la historia solamente devine memoriosa en la pluriformidad de sus relatos).

El veintitrés de marzo del dos mil veintiuno llegó hasta nosotros, bajo el influjo de una narración más jocosa que halagüeña, la crónica del caso de Luis Jhon Castro Ramírez, quien es presentado en todos los titulares bajo el alias del Zarco; crónica, por lo demás, del ruego exacerbado por su extradición, emprendido por la administración de justicia y las familias de diecinueve personas asesinadas bajo la agencia del Estado. De Castro Ramírez sabemos que es un reclutador de jóvenes afamado en los departamentos del Valle del Cauca y del Tolima, que le era suficiente con agendar una cita para los muchachos que harían pasar ulteriormente como combatientes, con la promesa de laborar posteriormente en una metalurgia.

El Zarco se encuentra en España, después de una recaptura a finales del año dos mil veinte. Sospecho, acaso con la ingenuidad que le es propia al pensamiento de afuera, que le es tan propia a quien reflexiona en la retrospectiva de un margen sin dilaciones, que, quienes miraron el horror a los ojos, no han reparado en distinguir demasiado ni su color, ni la vocalización de su nombre. "Nuestra opción número uno son los desempleados" nos dijo él. Fue en las elecciones de las últimas dos décadas que así lo he escuchado.

Nota. Nuestras líneas preludian y además prologan un diálogo con Juan Diego Agudelo Molina, autor de la columna Llamar el horror por su nombre: a propósito de los falsos positivos.

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