La debacle cultural de Barranquilla

Esta columna de Jorge Senior publicada en el Unicornio, ha destapado un escándalo en la Arenosa

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marzo 03, 2021
La debacle cultural de Barranquilla

Ya Barranquilla no es la Arenosa ni Curramba la Bella, sino Charquilla.  Una ciudad-región hegemonizada por un poderoso clan político-económico que acapara todo: el comercio, la radio, el deporte, la educación, el presupuesto público, el concejo, la asamblea, la jugosa contratocracia, la extensa burocracia y diversos sectores económicos.   Es un emporio de dudoso origen que ya ha extendido sus tentáculos por la región y el país y ahora dizque aspira al poder nacional.  “No me hagan reir que tengo el labio cuarteado”, decía el inolvidable Marcos Pérez Caicedo que tanta falta hace hoy.  Apuesto a que el circo de la cachucha no funciona en el altiplano con el efectismo que produce en la Troja.  Todos sabemos que el muchacho heredero de la dinastía carece de ideas y discurso  para la dimensión de nación.

Esta aplanadora se hace más notoria en la ciudad porque ya ni siquiera existe la tradicional competencia politiquera entre varias empresas electorales clientelistas, sino que ahora todas se han plegado al régimen del “chariato” y marchan al unísono como un regimiento. Igual sucede con el periodismo dependiente y arrodillado que repta y limosnea por los pasillos del poder.  Las voces críticas son apaciguadas con migajas o amenazas, lanzadas al asfalto o simplemente ahogadas y aisladas por el ruido mediático de quienes manejan los hilos de la agenda pública.  Hasta Nicolás Petro anda callado, no se le oye la voz.  No hay oposición, ni veeduría ni rendición de cuentas.  La sociedad civil practicamente no existe, los gremios hacen parte del entramado (se quedaron “con el pajazo y sin el polvo”), la raquítica organización social ha sido ahogada por el clientelismo asistencialista.  Las alcaldías locales y las Juntas Administradoras Locales son una costosa payasada completamente ajena al concepto de democracia local participativa.

Por eso tienen que aparecer voces de afuera, otrora la de Cecilia López o recientemente la de María Jimena Duzán, para que se denuncien esquirlas de coimas y entuertos que acontecen a diario en una ciudad endeudada hasta la próxima generación.  Barranquilla es un espejismo de cemento y vidrio que brilla bajo el sol canicular.  Arriba en el norte, porque en el sur hay otra ciudad segregada y opaca, que sobrevive en medio de la inseguridad y la informalidad.  Todos pagamos impuestos, pero la tasa de retorno sólo alcanza para que el estado de derecho apenas impere en media ciudad. Hubo 88 homicidios en los primeros dos meses del año en el área metropolitiana, 14% más que el año anterior.  El 54% de la población se acuesta sin haberse zampado los tres golpes.  El subempleo y el rebusque es lo que le permite a la gente sobreaguar el diario vivir.

El endeudado modelo de ciudad que ha impuesto esta sui generis dictadura local se basa en la obra bruta de concreto, pastel suculento de una obesa rosca de contratistas, y los reflejos de una burbuja de construcción suntuaria y centros comerciales.  El concreto es tangible, se ve, se toca, descresta a los incautos.  Pero lo intangible brilla… por su ausencia.  Intangibles, pero fundamentales, son la democracia, la calidad educativa, la seguridad, el empleo digno, la salud preventiva, el medio ambiente, los servicios, la recreación y la cultura.  Y en todos esos ejes el balance de tres gobiernos sucesivos es lamentable.

Me comentaba un exdirector de Colciencias, que vive en EEUU, su extrañeza por el boom de construcción de centros comerciales en Barranquilla y vaticinaba su fracaso con el argumento de que ese modelo de los Mall está desapareciendo en esta era de creciente comercio electrónico.  Le expliqué que la máxima diversión del barranquillero es ir al centro comercial: allí vitrinea, come, entretiene a los niños calilla, se encuentra con amigos, espantajopea y mata el tiempo, todo en uno, mientras disfruta -sin sudar una gota- del aire acondicionado y de una seguridad que no tiene en las calles.  Esta es una ciudad con pocas posibilidades de sano esparcimiento.

El ejemplo más evidente de ese nefasto modelo de ciudad invivible es la debacle cultural que se ha cernido sobre la ciudad y que ni el Junior, ni el carnaval pueden ocultar.  El emblemático Teatro Amira de la Rosa, principal centro cultural de otrora, lleva años cerrado.  El edificio de Bellas Artes se cae a pedazos.  El Museo Romántico está en ruinas.  El Museo del Caribe se hunde en la quiebra económica.  El MAMB o Museo de Arte Moderno se quedó en obra negra, paralizado desde hace años.  Hace poco un niño lo confundió con un monumento a Bart Simpson.  Tras una huelga de hambre y críticas de trabajadores de la cultura el alcalde, elegido por apenas el 27% del censo electoral, se acordó del tema.  En un trino reciente quiso lavarse las manos y dejó en evidencia que ni siquiera sabía que su alcaldía tiene asiento en las juntas directivas de los museos.  Luego prometió rescatar con dinero de todos el Museo del Caribe y el MAMB, ya veremos si tales promesas no se las llevan los vientos alisios que soplan por estos días.  Aseguró que los museos no son autosostenibles.  Eso es cierto actualmente, debido a la miseria material y mental en que tienen sumido al pueblo, cuando le inculcan desde sus emisoras que los hombres se merecen una botella de ron y las mujeres un macho apareador.

Y ni hablemos de cultura científica.  Mientras Bogotá tiene a Maloka y Medellín al parque Explora, Barranquilla carece de parque temático.  Si hay un pequeño planetario privado es porque un grupo de ciudadanos lo creamos hace un cuarto de siglo sin apoyo del Estado.  Dos décadas atrás pude incluir en el Plan Distrital de Cultura la propuesta de planetario distrital, como tiene Bogotá hace medio siglo, pero hasta la idea fue borrada del mapa.  No es casualidad que al Atlántico y su capital les vaya muy mal en mediciones de calidad educativa.  Como les va mal en medio ambiente y en competitividad bajamos al sexto lugar detrás de Risaralda.  Incluso en deportes, pues los resultados del Atlántico en juegos nacionales fueron pésimos, a pesar de que se invierte en infraestructura deportiva, pero el deporte de masas no es incentivado y organizado, porque lo que cuenta es el lucrativo cemento.

*Publicada originalmente en ElUnicornio.co, que dirige Jorge Gómez Pinilla

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