Opinión

La culpa fue de los afganos

Biden se superó a sí mismo cuando culpó de la derrota no a su gobierno ni a sus propias fuerzas armadas, sino a los propios afganos

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agosto 31, 2021
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La culpa fue de los afganos
A Washington no le queda más remedio que aceptar la derrota. Foto: Instagram/White House

Si el caos reina todavía en el aeropuerto de Kabul aún es peor el que reina en Washington donde los forjadores de opinión oficiales y oficiosos componen con sus voces discordantes una ensordecedora cacofonía. En aras de orientarse en medio de la misma podría decirse que se dividen entre los que están de acuerdo con la retirada de las tropas norteamericanas del atribulado país asiático y los que la critican y claman por volver de inmediato al combate. Pero en el interior de ninguno de los dos bandos existe algo parecido al consenso. El bando de los partidarios de dicha retirada lo encabeza por razones obvias el presidente Biden, porque al fin y al cabo fue él que la decidió y quien la ha defendido en contra incluso de la opinión del gobierno británico y de Toni Blair, ese lobista a sueldo de Arabia Saudita.

Eso sí, lo ha hecho con argumentos que pocos comparten, incluidos sus más fieles e influyentes portavoces mediáticos, el New York Times y el Washington Post, que no se esperaban que en su discurso del pasado 16 de agosto afirmara con todas las letras que “nuestra misión en Afganistán nunca supuso que se estuviera creando una democracia unificada y centralizada. Nuestro único interés vital en Afganistán sigue siendo hoy el que siempre ha sido: prevenir un ataque terrorista en suelo americano”. Supongo que los editorialistas y los columnistas de ese par de periódicos legendarios se habrán echado las manos a la cabeza escuchando a su presidente favorito negar la tesis que ellos se esforzaron durante tanto tiempo en defender: que la misión de los Estados Unidos en Afganistán era la democratizar el país después liquidar al régimen talibán que lo oprimía.

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Entre los comando suicidas del 11-S no había ningún afgano y mientras se perpetraban esos ataques Bin Laden estaba en diálisis en un hospital de Pakistán

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Confieso que yo también me las echado a la cabeza escuchándolo evocar el argumento de que se invadió Afganistán para capturar a Osama Bin Laden, el cabecilla de Al Qaeda acusado de ser el autor intelectual de los terroríficos atentados del 11- S. ¿Acaso el anciano presidente confía en que la opinión pública mundial continúe ignorando los siguientes hechos ampliamente documentados? En primer lugar que entre los comando suicidas de aquel fatídico día no había ningún afgano y que mientras se perpetraban dichos ataques Bin Laden estaba sometido a un tratamiento de diálisis en un hospital de Pakistán. Y segundo, que los Seals lo encontraron y mataron años después en su refugio de… ¡Pakistán! Si el motivo de la invasión de Afganistán fue cazar al aristócrata saudí habría sido mejor invadir a Pakistán o enviar a uno de sus letales comandos a tiempo y cuento acabado. Estados Unidos se habría evitado gastar  2,3 billones de dólares y contabilizar 2.500 soldados muertos y 20.000 lisiados en 20 años de ocupación. Y Afganistán 250.000 muertos, incluidos ancianos, mujeres y niños.

Pero no crean que esta fue la peor parte del discurso de Biden. Él se superó a sí mismo cuando culpó de la derrota no a su gobierno ni a sus propias fuerzas armadas, sino a quienes eran criaturas suyas, el resultado las estrategias políticas y militares aplicadas sistemáticamente por los Estados Unidos como potencia ocupante. Si Kabul cayó en manos de los talibanes fue - según él - por culpa de los propios afganos. “Les dimos todas las oportunidades de defender su propio futuro. Lo que no pudimos brindarles fue la voluntad de luchar por ese futuro”. O sea que si los estrategas de Washington hubieran sabido de antemano que el  pueblo afgano se iba a portar tan mal habrían podido diseñar un plan para cambiarlo por otro más fiable.

Bromas aparte el hecho es que el colapso del gobierno y  de las fuerzas armadas afganas, en cuya formación y entrenamiento Estados Unidos invirtió 83.000 millones de dólares, convierte en palabras huecas las encendidas arengas de quienes tras la caída de Kabul llaman a reemprender el combate. Privado de ese ejército subalterno, capaz de luchar por los intereses de Estados Unidos como si fueran los suyos, a Washington no le queda más remedio que aceptar la derrota. Ya hay suficientes ciudadanos americanos hartos de las “guerras interminables” que no están dispuestos a permitir que se emprenda otra arriesgando la vida de sus hijos y despilfarrando el dinero de sus impuestos.

 

 

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