La crisis del neoliberalismo

Andamos con la juventud sin futuro y el pueblo rebotado

Por: Felipe Solarte Nates
diciembre 05, 2019
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La crisis del neoliberalismo
Foto: Nelson Cárdenas

Ante el fracaso del modelo del socialismo soviético derrumbado después de la caída del muro de Berlín, en 1989, el capitalismo quedó como sistema triunfante y sus adalides de Wall Street, en épocas de Reagan, en la presidencia de los Estados Unidos y la Thatcher, como primera ministra de Inglaterra, se sintieron con manos libres invadiendo el mercado de las bolsas de valores con nuevos “productos” especulativos, que multiplicaran al infinito las ganancias del gran capital financiero internacional promoviendo el endeudamiento masivo de los países y de sus habitantes.

El “Estado de bienestar”, construido después de la Segunda Guerra Mundial como algo orgánico de los “países libres”, aceptado por las elites económicas y políticas de Europa y los Estados Unidos como fórmula de equidad, se constituyó en ejemplo del éxito y superioridad que pregonaba el capitalismo, desde las páginas de las Selecciones Readers Digest y otros medios radiales y televisivos, para contrastarlo con la austera y reprimida vida predominante en los países tras la “cortina de hierro”, que desde las páginas de las revistas Sputnik de la Unión Soviética y “China Reconstruye, era idealizada en la lucha ideológica y de propaganda maquillada que también se libraba cuando no se había masificado el internet.

El final de la guerra fría redujo la tensión ante la inminente guerra nuclear que aterró a la humanidad desde 1948 hasta finales de los 90; pero también significó la caída del nivel de vida de millones de habitantes, tanto de los antiguos países socialistas donde austeramente tenían garantizados los servicios mínimos. También de los países capitalistas, pues acompañado al proceso de privatización de la mayoría de empresas y servicios que prestaba el Estado se desencadenó una oleada de reformas laborales encaminadas a enterrar los sindicatos y desconocer derechos adquiridos por trabajadores y empleados después de años de movilizaciones y huelgas.

Ya Chile había servido como campo de experimentación para sentar las bases del cacareado “neoliberalismo”, después que en 1973, la dictadura de Pinochet, apoyada por Nixon, Kissinger y la CIA, derrocara al gobierno de Salvador Allende, después de ganar las elecciones con la propuesta de pacíficamente construir una sociedad socialista, en momentos en que en Colombia, Argentina, Nicaragua, Perú y otros países, grupos guerrilleros luchaban por implantarla por la vía armada, y ante el golpe al gobierno democrático de Chile, se reafirmaran en este propósito como el único a seguir.

El nuevo credo de losChicago Boys, alumnos aventajados del economista Milton Friedman, pregonaba que el Estado estorbaba y todos los bienes y servicios debían trasladarse a los empresarios y convertirse en propiedad privada, “más eficiente y transparente, sin peligros de la corrupción” que tentaba a parásitos apoderados de las administraciones públicas.

“La mano invisible de las fuerzas del mercado” se encargaría de que Alicia y el país de las maravillas se hiciera realidad y casi nos ahogaríamos ante la avalancha de buenos y durables productos y servicios a bajos precios y con los trabajadores gozando de magníficos sueldos… Este fue el discurso, con el que desde el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y los grandes fondos de inversión y bancos asentados en New York y Londres, los apóstoles del libre mercado sin restricciones, adoctrinaron a jóvenes economistas del mundo capitalista y Latinoamérica, para que con jugosos sueldos y bonificaciones se convirtieran en evangelistas del nuevo credo y desde cargos directivos de gremios de empresarios o como gerentes de principales industrias y bancos privados, alternando con los ministerios de Hacienda y Planeación, orientaran las políticas estatales hacía la privatización de la mayoría de entidades, bancos y empresas públicas encargadas de prestar servicios básicos como: democratizar los créditos a intereses asequibles, la construcción de vías, hidroeléctricas, acueductos, alcantarillados, recolección y tratamiento de basuras, las telecomunicaciones, construcción de hospitales, colegios y también la privatización de servicios básicos como la Salud y educación, etc.

En Colombia, empezó el gobierno de Gaviria, lo vivimos en su apogeo durante los dos gobiernos de Uribe, cuando se feriaron la mayoría de empresas del Estado, se propició la contratación por cortos periodos, desmontaron cesantías, horas extras, etc. y fomentaron falsas cooperativas para contratarlos temporalmente, pagarles el mínimo y sin asegurarlos en salud y pensión, tanto a profesionales, técnicos como a obreros rasos.

Esta precarización laboral vino acompañada de reformas tributarias enfocadas a aumentar impuestos como el IVA, descargados sobre la clase media y sectores populares y mermándolos a grandes empresas, “para que creen más empleos”, sin considerar que cuando aprovechan exenciones tributarias, importan modernas maquinarias que con la automatización, cada vez necesitan menos operarios… Por eso crece la economía y aumenta el desempleo y con los jóvenes agobiados por la incertidumbre y el cambio climático. En esas estamos en Chile, Ecuador, Francia y Locombia: con la juventud sin futuro y el pueblo rebotado.

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