“La Chamuca”

De cómo conocí a Rosario Murillo, la peculiar esposa del presidente de Nicaragua Daniel Ortega

Por: Rafael Eduardo Calvo Escolar
Julio 18, 2018
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“La Chamuca”
Foto: César Pérez / CC BY-SA 4.0

En mi época de estudiante universitario y contrabandista de joyas volaba una mañana de Panamá a Barranquilla al lado de una mujer que me inquietaba muchísimo. Era menuda de ojos indios “chiquitos y hechiceros” y vestía una falda hippie de flores psicodélicas. Pero lo que más me llamaba la atención de esa mujer era la cantidad de colgajos que cubrían su cuello, dedos y muñecas. Me acuerdo que en medio de mi guayabo la vi de una manera surreal, o mejor dicho, y esto me pasa a menudo, la vi al contrario: como si en vez de que ella llevara las joyas, fueran las joyas la que la llevaran a ella. Como si un mundo de pulseras, anillos y pendientes, móviles y vivientes, giraran y sonaran libremente en el espacio para luego colgarse en su raquítico cuerpo como si fuera ella un maniquí.

No crean, ser contrabandista de joyas no es fácil: está lleno de suspicacias y paranoias, pero ya sentado en el avión no tendría por qué estar tan intranquilo. Había pasado la aduana de Panamá sin ningún contratiempo, así que el matute estaba coronado. En Curramba que era mi destino no había problemas, todo allí estaba cuadrado con los raqueteros del aeropuerto, por eso pensé que la inquietud que me invadía en ese aciago momento era producto del guayabo que llevaba vivo. Es que la noche anterior, en vez de irme a dormir al hotel donde estaba hospedado después de comprar en la zona del Canal decenas de cadenas, pulseras y anillos de oro italiano, me había dejado convencer de mi amigo el Cholo para irnos a tomar ron en una esquina del Pedregal en su Ford LTD.

Pero fue tan evidente la causa de la desazón que no demoré mucho en saber la verdadera razón de mi desgracia. Definitivamente no era el guayabo infernal sino la señora que venía a mi lado. El golpe arrítmico e incesante que hacía con la yema de sus dedos en el apoyabrazos que compartimos en ese avión me desesperaba sobremanera. Bueno la verdad que ese golpeteo lo hacía más con sus uñas largas y afiladas que con sus yemas. Eran unas uñas inquietas y ágiles que pegadas a esos huesudos dedos repletos de piedras turquesas producían un sonido de otro mundo —casi extrasensorial— sobre el apoyabrazos que a esas alturas ya era solo de ella…

Ahora pienso que la señora quería llamar mi atención. Me acuerdo como si fuera ayer de que ese sonido subnormal me tenía con los pelos de punta en ese viaje de contrabando antes de que mantuviéramos una sostenida y amena charla en los 45 minutos que dura el viaje. Supe entonces que era escritora y que venía de hacer una correría por Costa Rica y Panamá. Que venía a Barranquilla invitada de la universidad del Atlántico a una reunión de líderes estudiantiles del Caribe y que era simpatizante de la izquierda revolucionaria. Acababa de escribir un libro Amar es combatir o algo así por el estilo de los idealistas de la época. Además supe que hablaba cinco idiomas y que había estudiado en Alemania y ya se notaba de lejos que era una gran lectora de la literatura universal y también aficionada a la magia ritual.

Bueno, para no alargar el cuento esa señora era Rosario Murillo, “la gran chamuca”, la bruja y actual mujer de Daniel Ortega. La misma que gobierna a Nicaragua a través de la magia negra y la brujería afroantillana. La que ha convertido a Nicaragua en un centro de la nueva era, de espiritismo, magia y santería babalawo. La misma que desangra a ese país por no querer dejar el poder.

Hoy la recuerdo en ese avión de Copa cuando veo en la prensa y televisión cómo su influencia mágica ha podido en menos de mes y medio, matar a más de 300 nicaragüenses; vilmente asesinados en sus calles llenas de estatuas costosísimas del famoso y esotérico árbol de la vida que ella como vicepresidenta y verdadera mandamás ha ordenado colocar.

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