La carta de RCN para dañarle el caminado a Caracol

Julián Román y su novela sobre el creador de Zumba espera sorprender como lo está haciendo en su papel de Roa Sierra, el asesino de Gaitán

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abril 29, 2018
La carta de RCN para dañarle el caminado a Caracol

Julián Román tenía ocho años cuando veía a su papá ensayar, en el patio de la vieja casa de sus abuelos en Fontibón, los discursos de Gaitán. Era 1984 y el país durante cuatro domingos se paralizó por la miniserie de RTI en donde se revivía El Bogotazo. El disciplinado actor Edgardo Román día y noche, parado frente a un espejo, recitaba los discursos más encendidos del caudillo. Julian llegaba del colegio y lo veía con el pelo engominado echado para atrás, la nariz aguileña, el brazo en alto. Era casi un milagro, su papá volvía a traer a la vida a Gaitán.

Julián no sabía que treinta y cuatro años después regresaría a las tablas encarnando a Juan Roa Sierra, el asesino del caudillo. Es miércoles de finales de abril. Frente al Teatro Colón, a las 7 de la noche, se agolpa una multitud. Miguel Torres sale a tomarse una agua aromática de uno de los vendedores ambulantes que se apostan frente al teatro. Un admirador lo saluda y le pide una selfie. Es un lleno más de El crimen del siglo, uno de los pocos éxitos de taquilla y crítica que tiene el teatro nacional. Entre los que esperan están Gloria Pachón y sus dos hijos, Juan Manuel y Carlos Fernando Galán conversan ansiosos: ya están cansados de escuchar elogios de la adaptación de la gran novela de Torres. Entramos. Nos acomodamos, teatro lleno. Se apagan las luces, un reflector ilumina a Diego Trujillo, el narrador quien nos presenta a Roa Sierra y a su familia. De pronto solo nos quedamos con Juan y ocurre el milagro.

Contrario a lo que estamos acostumbrados en la televisión colombiana, en donde los estereotipos dominan un personaje, en el teatro, como en la literatura, un asesino como Roa Sierra es mucho más que eso. La investigación que realizó Román sirvió para darle humanidad a este pobre diablo desempleado, hundido en la peor de las depresiones, que, alterado por su ciclotimia, se creía la reencarnación del General Santander. Durante seis meses Román, como los grandes actores tipo De Niro, su ídolo, su fundió con su personaje. Por eso supo del cariño que le tenía a Doña Encarnación, su mamá, a su pareja y a su hijastra.

Julián Román nunca fue un buen estudiante. Como Bernard Shaw estaba demasiado ocupado en su educación que era una tortura interrumpirla para ir al colegio. Su escuela era la casa de Fontibón. El amplio solar, los viernes, se convertía en una especie de microteatro. Allí parchaban los más grandes: Jorge Alí Triana, Frank Ramírez, Carlos Alberto Reyes, a hablar de Peter Brook, David Mamet y Chejov. En ese solar, mientras los mejores actores del país se divertían disfrazándose con batas romanas o bigotes postizos, Julian Román descubrió que tenían razón los ingleses: actuar es jugar.

En el colegio, mientras sus profesores lo despreciaban llamándolo payaso – el mejor elogio que podía recibir un actor según Federico Fellini- ganaba en 1993, en décimo, 450 mil pesos, casi el doble de lo que podían ganar sus profesores por actuar en El hijo de Nadie. Es que Julián empezó a aparecer en televisor cuando tenía un año y, cuando empezó a estudiar Comunicación Social en la universidad Javierana  lo llamó Pepe Sánchez a decirle que se la había caído un actor en la Telenovela Guajira y que si se iba al otro día al Cerrejón el papel era suyo. Román no lo pensó dos veces, estaba hecho para eso.

Tiene cuarenta y dos años aunque cueste trabajo creerlo. No tiene una arruga y permanece igual que cuando en el 2006 paralizaba a Colombia al protagonizar Los Reyes. La televisión es su medio de sustento y por eso estará, desde la próxima semana, en Nadie me quita lo bailao, el nuevo intento de RCN por igualarle el rating a Caracol. Allí solo tuvo un fracaso rotundo, Valentino el Argentino. Sin embargo lo de él es el teatro. No hay año en el que no estrene una obra. Su autor favorito colombiano es Fabio Rubiano y una de las pocas frustraciones que tiene fue la de no haber estado en el elenco de Labio de liebre. Román la ha visto más de diez veces y siempre llora, ríe, se conmueve con ella.

Gaitán cae al suelo abaleado por tres asesinos. En el escenario se despliegan periódicos, han matado al caudillo. El público estalla en un solo aplauso. El más aclamado es Román. Quien sonríe como extrañado de que sea merecedor de tanto cariño. Desde ya siente nostalgia. La obra estará hasta el domingo 29 de abril. Deberá esperar otro año para volver a estar arriba del escenario en el Colón, su lugar favorito en el mundo. Deberá consolarse con la Televisión, el sitio donde es una estrella absoluta.

 

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