La cabalgata municipal

Los caballos son animales magníficos, pero cuando uno ve a los empleados de aseo recogiendo la mierda con la que se alfombran las calles, es cuando resulta intolerable

Por: Santiago Gómez
Abril 16, 2018
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La cabalgata municipal

Los caballos son animales prodigiosos. ¿Quién que tenga algo de sensibilidad podría negarlo? Han sido compañeros de los hombres desde quién sabe cuándo, desde qué día en la oscura noche de los tiempos. Aunque bueno, los arqueólogos hablan casi siempre de Kazajstán, de su domesticación para leche y carne, luego para caza y luego, en Mesopotamia, para tirar de los carruajes y de los héroes. Sabemos, sí, que el de Alejandro Magno se llamó Bucéfalo, el de Calígula Incitatus, Rocinante el del ingenioso hidalgo, Palomo el de Bolívar, sobre cuyo lomo se atravesó el Páramo de Pisba, se ganaron las batallas del Pantano de Vargas, de Boyacá, de Junín y de Bomboná. No por nada en casi cada plaza del país está el Libertador sobre su caballo erguido en dos patas, como a punto de lanzar la carrera para volver a liberar la nación de los chapetones, hoy politiqueros clientelistas, ineptos, mafiosos y descaradamente corruptos. Qué hubiera sido de la Revolución de la América ecuatorial, de nuestra independencia, sin los jinetes llaneros que atravesaban con sus lanzas los uniformes españoles desde sus caballos veloces y aguerridos.

Sobre el lomo de un caballo un manso expresidente se tomaba un tinto, no derramó una sola gota… de café, solamente. Y es que hasta la historia del caballo en nuestro país ha sido entenebrecida por sus lazos con lo hampón. Desgraciadamente, no solo ha sido la historia de los compañeros de héroes, de la arriería y el compadrazgo entre hombre y animal; no, esa mala suerte y mala herencia de nuestras comarcas de estar marcadas en las ancas, como los caballos, con la rúbrica del crimen, de lo torcido y malvado, se extiende hasta sobre estos magníficos animales. De esa relación entre los equinos y lo mafioso se encargó la periodista María Elvira Soto, y no se tratará aquí.

Esta vez el olor a cagajón va a ser el protagonista de los renglones. Algunos dirán: pero el olor a mierda de caballo es más inofensivo que el de la sangre, y sí, tienen razón, el olor a mierda fastidia, hace contraer el seño, a algunos les daña el apetito, pero, en definitiva, no acaba vidas. Convenido. Pero sí las empobrece, tengo que responder.

Verán, ya es usual en este municipio que cada tanto se organice una cabalgata desde la administración; existe incluso en el sector privado un concurso nacional de pasofinos que se ha repetido ya dos veces y donde se dispone de inmuebles públicos. Volviendo al hilo inicial de este texto diré que los caballos son animales magníficos, compañeros del ser humano, guerreros, etc. Pero cuando uno ve a los empleados de aseo del municipio detrás de la cabalgata recogiendo la mierda verdosa con la que se alfombran las calles, es cuando el olor a mierda resulta intolerable, indignante. Ver que un grupo de personas con sus uniformes celestes, empleados públicos, se apuran en levantar la caca de los caballos, persiguiendo la cabalgata mientras atraviesa la zona urbana hasta llegar al campo con labor tan humillante es reprochable. Ver que la premura en no faltar al respeto a los demás ciudadanos hace que la dignidad de unos empleados públicos se empobrezca, enoja . Ver que los intereses de unos caballistas en lucir sus prodigiosos ejemplares en pleno centro del pueblo, bajo los ojos escandalizados del Libertador y Palomo, reducen a escarabajos peloteros a seres humanos dignos y trabajadores es repugnante.

Uno dice, ya pesimista del todo, ¿es este el símbolo del trabajador humilde y esforzado bajo la cruel cañería del poder?

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