La bruja de mi infancia

"Se llamaba Galilea y aunque nunca le conocí la voz, me bastaba verla para sentir que mis piernas se estremecían y que mi voz se cortaba"

Por: WLADIMIR PINO SANJUR
abril 24, 2019
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La bruja de mi infancia
Foto: Pexels

A los ocho años comencé a tenerle miedo a las brujas. En mi pueblo, eran normales los corrillos y tertulias que se formaban en el parque del mercado, debajo de un árbol de Acacio, donde sentados en bancas de cemento los mismos de siempre, todos adultos entre 18 y 27 años, se reunían. Yo era un niño en ese entonces y me gustaba escuchar los cuentos de miedo que contaban para luego no poder dormir.

Se hablaba de las brujas juguetonas que volaban en sus escobas y se dejaban caer sobre los techos de zinc, de las brujas espantadoras que asustaban a los borrachos en el camino y que se transformaban en burros o cerdos, y de las brujas que solían sacar a los hombres de sus camas para dejarlos en la calle desnudos, sin que ellos se dieran cuenta, solo hasta el día siguiente cuando se despertaban por el brillo del sol y el murmullo de los vecinos.

Todos los días por la calle de mi casa transitaba una mujer de tez negra oscura y cabello totalmente cubierto de canas. Se llamaba Galilea y la población entera decía que era bruja. A ella nunca le conocí la voz, pero me bastaba verla para sentir que mis piernas se estremecían y que mi voz se cortaba.

Los cuentos que le escuchaba a los mayores sobre ella eran extraordinarios. Contaban que era rezandera de velorio y que en alguno ocasión la mandaron a llamar de un corregimiento cercano a Tamalameque. Cuando el rezo terminó, a eso de las 2:00 a.m., un viejo transportador llamado Cristo se ofreció a llevarla al pueblo, pero ella se negó. Justo cuando Galilea iba saliendo del caserío se desgajó un aguacero, lo que motivó a Cristo, en un gesto de solidaridad, a sacar el viejo Ford para recogerla en el camino. Sin embargo, por mucho que aceleró su vehículo, no pudo alcanzarla. Preocupado por no haberla visto en el camino y temeroso de que le hubiera sucedido algo, llegó hasta su casa para averiguar por su suerte, pero, para sorpresa de él, al tocar a la puerta le abrió la mujer con la misma ropa, sin una gota de agua sobre su vestido.

También escuché que se convertía en cerdo y que rumiaba miedo por todo el callejón del peligro en noches de tambora. Así mismo, que en varias ocasiones los hombres que conocían secretos y oraciones trataron de agarrarla pero que les fue imposible. Tan solo se habla de una vez en la que lograron garrotear a la marrana del callejón, aunque al día siguiente esta extraña mujer de nombre bíblico caminaba por las calles de Tamalameque sin mostrar dolor alguno en su andar.

Ella utilizaba el camino que del caño conduce al río, un pasadizo lleno de montes a las espaldas del pueblo, especialmente en horas de la noche para llegar a su casa luego de que salía de misa. Todos los días llegaba a la iglesia a las 5:00 p.m. y se quedaba rezando en el altar mayor hasta las 7:00 p.m. cuando comenzaba la eucaristía. Los que la conocen dicen que una vez el padre salía al altar, ella caía en un sueño profundo hasta el momento de la comunión, instante en el que se levantaba, tomaba la hostia, se iba de la iglesia y cogía el camino del cementerio, por todo el ramal que del caño conduce a la alta palmira.

En uno de esos ires y venires, el grupo de hombres que sabía de rezos y secretos se le apareció en el paraje conocido como el Suan. Ese día la luna estaba clara cuando la vieron venir con su pelo de enredado color ceniza. Al pasar por el frondoso árbol que le da nombre al paraje, le tendieron un pedazo de hilo en todo el camino, pero ella de inmediato sacó de uno de los bolsillos de su falda una aguja y logró cortar el hilo. Luego se escuchó una voz que le dijo “ven mañana por un poquito de sal”, pero ella con el dedo corazón estirado le hizo pistola sin voltear. “Sabes mucho, Galilea”, le dijo Manuel Julián, pero esta no se inmutó y siguió su camino.

A otro de los contertulios de las noches del parque le escuché que en cierta ocasión llegaron a la casa de la bruja a robar gallinas, mientras esta estaba en la misa de siete, pero al momento de salir del patio un sinnúmero de goleros se abalanzó sobre los dos osados ladrones, quienes se asustaron y soltaron las gallinas.

Muchos años después de aquellas imágenes de mi infancia, llegué a Tamalameque procedente de Cartagena y mi madre me pidió que la acompañara a un sepelio. Yo, sin preguntar por el muerto, me alisté y me fui con mi madre a la iglesia. Estando en el templo y al escuchar al padre exaltar el alma de la difunta por su gran colaboración con la iglesia, por su fe católica, por su entrega y dedicación a los quehaceres de la parroquia, le pregunté a mi madre quién era el muerto, ella me contestó: “Era Galilea, hijo, la señora canosa del barrio Palmira. Ella era un verdadero ejemplo de cristiandad”.

Desde ese día me revolotean estas imágenes en mi cabeza y aún no sé si esas historias eran reales, si de verdad yo las escuché o me las inventé en mis noches de miedo.

 

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