La bella despierta

"El amor es eterno mientras dura, no importa que dure más para uno de los dos. Quizás una eternidad, esta vida y la otra, esta muerte y la otra, esta resurrección"

Por: WINSTON MORALES CHAVARRO
enero 19, 2021
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La bella despierta
Foto: Pixy.org

El poeta brasilero Vinicius de Moraes, creador de esa hermosa canción La chica de Ipanema (en coautoría con Antonio Carlos Jobim), hace muchos años sentenció: "El amor es eterno mientras dura". Sabia reflexión. La eternidad solo es posible mientras tengamos la convicción de ella. Lo eterno se percibe en un atisbo, en el fragmento de la hora, en el roce de las manos, en el beso, en la concupiscencia de un abrazo que calcina y quema. Ese recuerdo puede instalarse hasta el final de los caminos, erguirse como signo, cicatriz, estría que lastima el alma y las piezas más recónditas de la muerte.

Difícil sacársela del vientre, doblemente complicado cerrar los ojos con la esperanza de una ruta nueva para la boca. ¿Quién no ha contemplado en el fuego de los cuerpos lo eterno, lo absoluto, la unicidad? Sin embargo, y como diría Pablo Neruda, “Es tan corto el amor y es tan largo el olvido”. Entonces el olvido sería lo eterno, por encima del amor que vendría a convertirse en brizna, copo de algodón al aire, botella rota en lo inconmensurable de las aguas; silencio, soledad.

El amor duele, sacude las entrañas, quiebra los húmeros. Que se sepa, todos los hombres poderosos –tanto en lo espiritual como en lo humano–, han sucumbido ante los estragos del amor (o del desamor, que viene a ser lo mismo). Hércules, Sansón, David, Julio César, Calígula, Orfeo, el bello Apolo, para nombrar solo un puñado, murieron dos, tres y hasta cuatro veces en lo plano de lo físico y terrestre. Nadie ha tenido fortaleza sobre el más pequeño de los dioses (Eros o Cupido), todos han sido derrotados por aquel infante; hasta el mismísimo Zeus, padre de todos los dioses y quien venciera en compañía de los Titanes a su progenitor Cronos, feneció ante las curvas fragorosas de Dánae.

Eso es lo eterno, no el amor como proyección hacia el futuro, como concepto, categoría. El pálpito, la sacudida, la arteria henchida de sangre, la caricia, el dedo que recorre la espalda, los miembros hambrientos, las manos transitando una cintura, el sexo marcando nuevas rutas para el vientre, los labios, la lengua, los labios, los labios, los amorosos labios.

Eso es lo eterno, eso es lo que gravita por el éter, lo que se proyecta en las paredes desoladas del tiempo como único vestigio de lo que fue, de lo que alguna vez fue y se sigue repitiendo en otros planos, porque aquella noción de lo eterno, de lo perpetuo, de lo circular está escrito en las páginas del crepúsculo y la noche, trasciende consideraciones humanas, viene de otro espacio y otro tiempo, quizás de otros rostros, de máscaras olvidadas por la historia; noche de los tiempos en que las cosas vibraban y las correspondencias eran posibles en la curva de los relojes y los anticuarios.

Todo vuelve, regresa, las cosas se yerguen ante nuestros rostros como estrellas rojas y negras. El olvido –de lo que no puedo dar constancia ni fe– carcome la piel, bebe la sangre, hace mella en el corazón. Lo eterno, lo largo, lo infinitamente doloroso devora con sus fauces, del mismo modo en que lo hizo Saturno con sus hijos, el aliento, la pasividad, lo espontáneo. El amor es eterno mientras dura, no importa que dure más para uno de los dos. Quizás una eternidad, esta vida y la otra, esta muerte y la otra, esta resurrección, la que nunca tendremos, la que tal vez perdimos.

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