La Arenosa brilla en los Centroamericanos

En medio de todos los contrastes, hoy más que nunca los curramberos tienen sobrada razón para decir que “el que no quiere a Barranquilla no quiere a su madre”

Por: Ramiro Guzmán Arteaga
julio 23, 2018
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La Arenosa brilla en los Centroamericanos
Foto: Twitter @Bquilla2018

Si hubiera viajado por más de medio mundo me atrevería a afirmar que Barranquilla es la ciudad capaz de metérsele a toda la humanidad en el alma. Pero por lo pronto me basta con afirmar que está en mi “alma cultural”, que pienso debe ser la mayor dimensión espiritual del ser humano. Tuve la oportunidad de llegar a ella un martes de carnaval de 1980 y desde entonces me persigue el fantasma de una ciudad en donde el realismo mágico y la originalidad están a la vuelta de cada esquina. En la costa tenemos lo que se conoce como la “mamadera de gallo”, que es algo así como creer que no estamos tomando las cosas en serio, cuando es todo lo contrario pues con esta filosofía criolla lo único que hacemos es apartarnos de los formalismos y la solemnidad.

Todo esto lo traigo a cuento porque apenas logro imaginarme cómo debe ser Barranquilla en medio de los Juegos Centroamericanos y del Caribe que se inauguraron la semana pasada. Si la ciudad es por su naturaleza alegre, bullanguera y hospitalaria, distinta a otras del interior del país que son tan silenciosas que parecen fantasmas, ¿cómo lo será ahora que recibe a centenares de visitantes de países centroamericanos y del Caribe? Además, Barranquilla tiene motivos suficientes para poner de manifiesto su ya tradicional y arraigada vanidad de ciudad moderna. He visitado a Barranquilla y tengo motivos para dar testimonio de que ahora la ciudad avanza en medio de un agrandamiento urbano que se le disparó de golpe.

Desde esa perspectiva, digamos que Barranquilla es una ciudad coherente con su tradición urbana y cultural, en la que todo el mundo cabe, desde el más típico tendero de barrio popular y vendedor de butifarra, hasta el empresario más rico del planeta; digamos que es una ciudad coherente con las expectativas del desarrollo; desde luego que no es un desarrollo sostenible, porque lo que quizá no consigue ver el mundo y en particular los 37 países representados en sus 5.500 deportistas concentrados por estos días en la Villa Centroamericana, es que Barranquilla sigue viviendo en el siglo XXI el mismo drama social del país desde el siglo XX. Pero eso no es culpa de los barranquilleros, ni tampoco se puede afirmar que no haya un ciudadano digno que luche desinteresadamente por el bienestar  y los sueños del pueblo, pues los esfuerzos y los personajes los hay en cantidad, en Barranquilla siempre han abundado, pero parece que los esfuerzos no se vieran ante la magnitud de los problemas sociales.

Por eso, a partir del de 3 agosto, cuando finalizan estos Juegos Centroamericanos, y se empiecen hacer los balances de pérdidas y ganancias, creo que Barranquilla saldrá ganando, no solo porque cumplió con sus escenarios, que también le quedarán, sino porque demostrará una vez más su ya ganada fama de ciudad llena de talento y de una gran riqueza humana, que sin embargo no consigue un bienestar sociales general, aunque siempre lo intente, y no por culpa de los barranquilleros, sino de un sistema y de un poder que se quedó anclado en el siglo XX y que aún no responde a las expectativas de un pueblo que espera que se le invite a hacer parte del desarrollo social sostenible.

Barranquilla no merece que se registre esa desmedida desproporción entre la alta calidad de los Juegos Centroamericanos, el notorio desarrollo urbano y la calidad de vida de la mayoría de sus habitantes. Lo cierto es que, en medio de todos estos contrastes, del desarrollo desigual, de encuentros y desencuentros, pienso que hoy más que nunca los barranquilleros tienen sobrada razón para decir, como en efecto lo dicen en el contexto de su filosofía propia de la mamadera de gallo, que “el que no quiere a Barranquilla no quiere a su madre”.

 

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