La apoteósica resurrección de Orson Welles

Netflix logró lo imposible: terminar, cuatro décadas después, Al otro lado del Viento, la película inconclusa de Orson Welles. Ensayo de Sandro Romero

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diciembre 08, 2018
La apoteósica resurrección de Orson Welles

Un poco de historia privada: en la madrugada del viernes 11 de octubre de 1985 salíamos de una fiesta con el director de cine colombiano Luis Ospina. No recuerdo si fue en Cali o en Bogotá. Compramos el periódico y, aterrados, nos dimos cuenta de la noticia fatal: el 10 de octubre fue encontrado muerto en Los Angeles (California) George Orson Welles. Había cumplido 70 años y su nombre pertenecía al territorio de la leyenda. Desconcertados, compramos con Ospina el periódico y una nueva botella de vodka. Toda la mañana permanecimos bebiendo, evocando su figura. Y, entre todos los temas, salió a flote el de su misteriosa película The Other Side Of The Wind (traducida como Al otro lado del viento). Los años, la vida entera ya ha pasado y, como una cruel ironía del destino, el film “perdido” de Orson Welles ha aparecido para el mundo, gracias a los contenidos multimedia de Netflix. No debería extrañarnos, porque todo en la vida del director de Citizen Kane ha sido una cadena de ironías y de misterios. La vida de Orson Welles fue tan grande y compleja como los films de Orson Welles. Así que la aparición de su película póstuma, a un año de la gruesa polémica en el Festival de Cannes sobre los nuevos soportes del cine (todavía se está discutiendo si “cine” es lo que se proyecta en las salas oscuras, o lo que nace a través del lente de una cámara), no deja de ser una tragicomedia más, como la destrucción de Rosebud en el Ciudadano Kane (si alguien no ha visto la película, no pienso dañarle el final). En fin. A lo que vinimos. La distribución mundial de The Other Side Of The Wind ha sido acompañada en la red por el documental titulado They’ll Love Me When I’m Dead, dirigido por Morgan Neville (responsable de grandes trabajos audiovisuales sobre la música, entre los que se destacan Keith Richards: Under The Influence y el ganador del Oscar 20 Feet From Stardom). El recuerdo de Orson Welles se ha alborotado con la aparición inesperada de este tesoro, una de las películas nunca vistas más grandes de toda la historia del cine, esa historia del cine que parece llegar, poco a poco, a su fin. Me ha emocionado tanto descubrir esta obra maestra (porque es una obra maestra, quizás la más grande de Orson Welles: ya trataré de demostrarlo) que he decidido garrapatear estas líneas, en medio de un dolor mortal en los huesos y con el laptop encima de mis piernas. Mientras escribo, me he dado cuenta de que a Welles lo encontraron muerto en su cama… con la máquina de escribir sobre sus muslos de elefante. Será mejor irme a la mesa de trabajo, si quiero darle un buen final a estas líneas. Prosigamos.

Arruinado por su guerra con Hollywood, Orson Welles tuvo que pedirle el favor al joven y exitoso Bogdanovich de vivir en su casa

Mis recuerdos de esta saga son muy desordenados. Comienzan con la acotación inicial de la “comedia mexicana” de Carlos Fuentes titulada Orquídeas a la luz de la luna (1982), cuyos personajes son, deberían ser, María Félix y Dolores del Río (ésta última, esposa y gran amor de Mr. Welles). En la acotación inicial de la pieza teatral de Fuentes dice: “Venice, el día de la muerte de Orson Welles”. Faltaban 3 años para que Welles desapareciera de este mundo, pero el autor de La muerte de Artemio Cruz había decidido anticiparse a los acontecimientos. En el montaje colombiano de dicha pieza (con Adelaida Otálora y Carmiña Martínez, dirigido por el enigmático Gustavo Cañas) no se hacía referencia al funeral del monstruo. Pero en nuestras conversaciones sí que se hablaba de la inminente muerte de Welles. Esa mañana alcohólica con Ospina, creo recordar que evocamos las películas que Welles nunca rodó. Mi amigo, que parecía saberlo todo, poseedor de una memoria de cannabis, sabía de las fechas exactas en que había comenzado el rodaje de The Other Side Of The Wind y conocía los detalles gracias a las pacientes lecturas de cuanta revista y libro se cruzaba por sus manos. Hablar de este film de fantasmas era fascinante: se sabía que su rodaje se hizo entre 1970 y 1975. El crítico, historiador y luego realizador Peter Bogdanovich había adelantado detalles a lo largo del tiempo, no solo por su amistad profunda con su gestor, sino porque había terminado siendo uno de sus actores protagónicos. Se sabía que Welles la filmaba  mientras podía, en la medida en que iban apareciendo los recursos para su realización. Todo estudioso del cine sabe del genio de Orson Welles gracias a las 12 películas que aparecen con su crédito de realizador. Pero Welles fue también una bestia del teatro, de la radio, como intérprete y prestidigitador, tanto por lo que hizo, como por lo que no pudo hacer. Y entre lo que hizo todo fue grande, caótico, excesivo, como la tantas veces citada versión de La guerra de los mundos de H. G. Wells que, según cuenta la leyenda, paralizó Nueva York y sus alrededores, finalizando la década del 30.

A los 23 años causó un pánico mundial con su adaptación radiofónica de la Guerra de los mundos.

Welles entró triunfal a Hollywood, a los 25 años y, con Citizen Kane, su opera prima consiguió, de un solo golpe, la cumbre y el abismo. No hay lista, hoy por hoy, acerca de las mejores películas de la historia del “séptimo arte”, que no incluya la fábula de Charles Foster Kane como uno de los momentos fundacionales en la gesta del audiovisual contemporáneo. Pero con Kane comenzaría la leyenda negra de su realizador y, poco a poco, sus películas se convirtieron en excepciones que confirmarían la regla  de sus frustraciones. La lista de proyectos inacabados de Orson Welles es tan grande como la de su filmografía como actor de películas de emergencia. Se dice que Welles “se vendía” a cualquier postor, con tal de poder realizar sus incuestionables obras maestras. Los estudios cinematográficos de su país le cerraron las puertas y si no fuera por la benevolencia y la complicidad de distintos productores europeos, Orson Welles permanecería en el silencio y el olvido. Pero su figura era demasiado grande, su genio contundente, su creatividad inagotable y su capacidad de reírse del universo tan descomunal que se nos hace casi imposible que existiese un mundo sin las películas de Orson Welles. El escritor cubano Guillermo Cabrera Infante lo describiría como nadie en el capítulo titulado “Un genio demasiado frecuente”, incluido en su libro Arcadia todas las noches (1978), colección de conferencias con 5 retratos de maestros del cine, donde la historia de Welles se hace inmortal. No hay libro, estudio, delirio o magazine cinéfilo en el que no se cuele el nombre del director de La dama de Shanghai. El, con su precocidad sin fecha de vencimiento, se encargaría de convertirse en un Shakespeare de nuestro tiempo, confirmándolo con sus 3 adaptaciones perfectas de las piezas del dramaturgo inglés: Macbeth, Otelo y, sobre todo, Falstaff (o Campanas a Medianoche). Bueno, en realidad, deberían ser 4 acercamientos a Shakespeare, si sumamos a la lista el documental Filming Othello que da cuenta de la aventura de su rodaje, ejemplo implacable del método mercenario con el que Welles sacó adelante sus apuestas de vida y muerte.

En 1996, Alfaguara publicó un libro voluminoso titulado Cuentos de cine, en el que el desaparecido escritor colombiano R. H. Moreno-Durán aportó el relato “Primera persona del singular”, el cual narra una hipotética aventura de Orson Welles en Bogotá. Para nuestra sorpresa, 20 años después, la misma editorial sacó a la luz una novela inédita titulada El hombre que soñaba películas en blanco y negro, extensión de la misma saga, donde el creador de Kane se sumerge en la capital suramericana, comenzando los años 40. Es una lástima que el escritor boyacense no hubiese visto The Other Side Of The Wind, porque su libro se hubiera convertido en parte de otra trilogía, como su compleja Femina Suite. Porque la gesta de su realización pareciera ser la línea de una novela de misterio. El mismo Welles, en alguna entrevista dijo que, en el fondo, The Other Side Of The Wind podría ser un documental sobre su rodaje. Así lo entendió Morgan Neville y, para Netflix, el hecho de presentar 2 largometrajes sobre un solo asunto, complementa el espíritu de la aventura original de su creador. The Other Side Of The Wind es, en realidad, 2 películas en una: por un lado, el cumpleaños, último día en la vida de un realizador de 70 años (la edad que tendría Welles cuando murió: más ironías), llamado Jake Hannaford (interpretado, de manera magistral, por el también director John Huston). La historia de la fiesta (celebrada, para más detalles, en el mismo entorno en el que Michelangelo Antonioni filmase su Zabriskie Point de 1970). De manera paralela, vemos las imágenes de la película que rueda Hannaford, protagonizada por Oja Kodar, la hermosa musa de Welles hasta el fin de sus días. Al ver el resultado, uno descarta la idea de una película improvisada, libre, llena de historias exclusivas para iniciados en la secta wellesiana. Al contrario, se trata de una película cuidadosamente calculada, con una edición de relojería y una dimensión creativa de gran complejidad. Si bien el documental Me amarán cuando esté muerto ayuda a descifrar sus claves, The Other Side Of The Wind es una pieza perfecta, que adivina la mano del maestro en cada uno de sus planos y, de seguro, la complicidad creativa con que  Bogdanovich ayuda a que el resultado llegue al final feliz y contundente que hoy podemos disfrutar en la red.

Pero, ¿por qué se demoró tanto tiempo en salir, si ya estaba terminada? Se sabe que Welles filmó, durante 5 años, cerca de 100 horas de material. Contó con un capital responsable, gracias a un pariente del Shah de Irán. Pero el Ayatollah Khomeini subió al poder, el Shah de Irán fue depuesto y el film de Welles comenzó a tambalear. La película terminaría guardada, durante décadas, en una caja fuerte en París y nadie podía llegar a un acuerdo responsable para que pudiese ver la luz. Al parecer, The Other Side Of The Wind parecía terminar siendo víctima de su propio invento. Una película sobre la fascinación por la muerte, sobre la traición y el fracaso (temas, por lo demás, recurrentes en la obra wellesiana), iba a terminar, castigo de Dios, en el olvido eterno. Los amantes de Kane y de The Magnificent Ambersons, de Mr. Arkadin y de Sed de Mal, de El Proceso y de F. For Fake, ya nos habíamos resignado. Pero Santa Verónica, la santa del cine, hizo de las suyas. El Festival de Venecia estrenó por fin la versión finalizada de la película perdida y Netflix se encargaría del resto. El resultado no es una curiosidad. Es una obra maestra de una contundencia desconcertante. Se trata de una película con ecos del de Fellini y, si se quiere, de Stardust Memories de Woody Allen, aunque esta última fuese hecha en 1980. No se trata de una película de tras-escena, al estilo de La noche americana de Truffaut. Al contrario, es una reflexión despiadada sobre la antesala de la muerte, secreto homenaje al suicidio de Ernest Hemingway, donde Welles no deja títere con cabeza, ni siquiera la de su adorado Bogdanovich, que también lleva del bulto (Welles se burla, en la película, de la relación de Bogdanovich con la joven actriz Cybill Shepherd). Welles hundió el acelerador a fondo, como lo hace Jake Hannaford para poner fin a sus días. Piénsese nada más en la escena de sexo en un carro (la única de su carrera) que dura 17 minutos y fue filmada… ¡a lo largo de 3 años! Un temible momento que inaugura una reflexión implacable sobre los excesos y su búsqueda de la autodestrucción. La película es cruel, desesperada, creada por un artista atormentado que no quiere concesiones con nada ni con nadie, que fustiga a los espectadores y que, en medio del desastre y el caos, consigue dejar intacta la sombra agotada de la poesía.

Sorprende, por lo demás, que Orson Welles hubiese contado, durante años, con el director de fotografía Gary Graver, quien se puso a disposición del genio para cuando él lo necesitase, trabajando en películas porno o de serie B, con tal de estar al pie del cañón cada vez que el voluminoso maestro necesitase de sus lentes (se dice que Welles editó alguna de las secuencias lésbicas de uno de los porno de su camarógrafo). Quizás Graver intuyó una premonición latente en The Other Side Of The Wind: la realización de esa película era la vida misma de Welles. Debería ser un rodaje sin fin. Se dice que Graver guardó las cenizas de su director durante 1 año, en el baúl de su carro, hasta que se tomó la decisión de esparcirlas, al parecer, en España, país que Welles siempre adoró. Sí. Graver entendió que él debería ser el Sancho de ese Quijote sin descanso que fue Orson Welles. A su servicio estuvo y fue, en última instancia, el salvador de su aventura, a pesar de que moriría sin ver The Other Side Of The Wind en las pantallas. Hoy, cuando nos podemos dar el lujo de ser testigos del prodigio póstumo de Welles, confirmamos que la dimensión de su genio iba a estar, de manera literal, más allá de su deceso. Bogdanovich quien, en su momento, nos regaló tesoros como La última película o Luna de papel, sabría, muy en el fondo, que jamás lograría una obra tan arrasadora como la de su amigo. Se propuso entonces sacar adelante el proyecto imposible de resucitar The Other Side Of The Wind y lo logró con creces. Todos aquellos que preferimos el cine en la gran pantalla debemos hacer un discreto silencio y aplaudir a Netflix por haber resuelto el conflicto fatal de la resurrección de Orson Welles. Las nuevas generaciones pueden disfrutar de sus viejos tesoros pero, al mismo tiempo, pueden darse el lujo de conmoverse con una película pasmosamente fresca, que la eternidad nos regala para degustarla como la obra maestra del más grande entre todos los más grandes. Con Luis Ospina hemos decidido comprar una nueva botella de vodka.

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