Los excesos que tienen al borde de la muerte a José José

Durante veinte años peleó con sus adicciones al alcohol y la cocaína que debilitaron su voz. Ahora, un cáncer de páncreas, lo tiene al borde de la muerte.

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marzo 25, 2017
Los excesos que tienen al borde de la muerte a José José

El primer recuerdo que tiene José José de niño era el fulgor rojo de los gusanos que quedaban en las botellas de mezcal que su papá, José Sosa Esquive, desocupaba todas las noches. Era un tenor famoso que sólo cantaba en la ópera dos noches por año. El resto de los días, para sostener a su familia, tenía que trabajar tocando el órgano en una iglesia de ricos. Desde esa época asociaba los crucifijos, las custodias, los santos de yeso con su fracaso inapelable. Soñaba con que sus hijos fueran artistas, que se educaran en el bell canto, lejos de las canciones de Chuck Berry y de los Beatles que, para él, no solo pervertían a la juventud con su rebeldía desaforada sino que eran pésimos artistas. Su educación les sirvió a sus tres hijos: el mayor, José Octavio Sosa se convirtió en uno de los historiadores musicales de México, el del medio, Héctor Sosa, fue un afamado contratenor y el menor, al que bautizó José Rómulo pero después se puso –en su honor- el nombre artístico con el que sería reconocido en todos los escenarios del mundo: José José.

De José Sosa Esquivel heredó dos cosas: Su disciplina antes de un concierto. Dormir 16 horas en la noche previa y entrenar durante un mes como si fuera un boxeador para expandir los pulmones que lo convirtieron en el Príncipe de la canción y el gusto por el licor. Después de que se acababan las giras y José José se quitaba su esmoquin tenía que llenar el vacío con botellas de whisky, ron, tequila o todo lo que tuviera algún grado de alcohol. Su primera esposa, Natalia Herrera Calles, con la que se casó en 1970, lo motivó a su primera desintoxicación.  Se recluyó en un hotel de una playa cercana a Acapulco, alejarse de las noches mexicanas. Le intentaron enseñar a jugar el golf, caminar los 18 hoyos frente al mar. La paz duró apenas una semana. Regresó a México y duró seis días pegado a una botella. Su matrimonio con Herrera Calles se acabaría en 1975.

Quince años después, cuando cumplió 45 años, la misma edad en la que murió su padre anegado en una sopa de mezcal, su carrera y su vida estaban a punto de colapsar. Su voz de barítono empezaba a apagarse. El abuso del cigarrillo le generó una enfermedad pulmonar que lo condenó a llevar para siempre un nebulizador. Para estar sobrio le aconsejaron esnifar un gramo de cocaína antes de cada concierto. En 1991 pasaba sus noches con tres yonquis metido en un taxi inhalando el polvo blanco y desocupando botellas de whisky mientras, tras la ventana, se veía la miserable madrugada del D.F. Hubo un momento en el que ni siquiera podía cantar. Se le secó la garganta y ya no salía una sola nota de su instrumento. Aparecieron los problemas económicos. Acosado por los bancos malvendió su mansión de Miami y su Rolls Royce. Con lo que quedó compró el apartamento a donde aún vive en Cayo Vizcaíno frente al mar. Ahí esperó pacientemente seis años hasta que volvió a aparecer su voz.

Su amigo, Marco Antonio Solis, el líder de los Bukis, lo convenció de que visitara la Universidad de las adicciones en Minnesota. Luego, el mismo Buki le pagó en una clínica en Bostón. José José lleva veinticinco años sin olerse un gramo de coca, sin destapar una botella, sin fumarse un cigarrillo. Ahora las únicas droga que toma son los nueve frascos de medicina radiónica, un tratamiento alternativo para combatir lo que esta semana confesó: está perdiendo la batalla contra el páncreas. Su actual esposa Sara Salazar le impuso una dieta basada en vegetales, granos, frutas y agua. En México ya empiezan a llorar la partida de otro ídolo, un príncipe que se había convertido después de la muerte de Juan Gabriel se había convertido en rey.

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