La agonia de las democracias burguesas

"Poco a poco se está debilitando su dominio absolutista, tanto en lo político como en lo económico y en lo social"

Por: Gloria Gaitán Jaramillo
julio 27, 2020
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La agonia de las democracias burguesas
Foto: Twitter @Registraduria

En el presente milenio —aun cuando aparentemente no lo parezca— estamos viviendo el fin de las democracias burguesas.

El presente milenio es el de la revolución ciudadana. Crece silenciosamente, como las trufas y las setas en los bosques, que se multiplican de manera invisible para la mayoría de la gente, pero cuyos filamentos crecen sobre troncos y ramas en degeneración.

De la misma manera se vienen multiplicando y propagando, sobre la podredumbre y la indolencia de la burguesía dominante, las organizaciones ciudadanas de toda índole que, desde indígenas hasta citadinos, desde campesinos hasta obreros, desde profesionales, técnicos y artistas —integrados por hombres y mujeres, jóvenes y mayores— han sentido la necesidad de incidir en su destino y han comprendido, casi intuitivamente, que para ello se requiere organizarse.

En Colombia tenemos organizaciones por doquier. Las tenemos para promover la gastronomía, para defender los ríos, para luchar contra la aspersión del glifosato, para recuperar las tierras robadas a los campesinos, para impedir el fracking y defender los bosques y los parques naturales, así como para resguardar el Amazonas y luchar contra la corrupción. Igualmente existen organizaciones para defender el arte, el teatro, el cine, para proteger el agua, para luchar por la estatización de los servicios públicos, la mejora de la calidad en la educación y la salud y mil otras razones que afectan directamente a la ciudadanía sometida a la indolencia del sistema burgués cuyo dominio ejerce a través de la democracia representativa, estructura de Estado que nos domina desde hace dos siglos.

Cuando éramos colonia y Bolívar levantó las banderas de la Independencia, la mayoría de sus contemporáneos gritaban “Viva el rey, abajo el mal gobierno”. Pensaban que la monarquía, con el solo cambio de gobernantes, era la salvación. Estaban manfifios, como lo señala nuestra expresión coloquial para decir “profundamente equivocados”.

Ahora pasa lo mismo. Se cree que cambiando de gobierno y no de estructura de estado, vamos a solucionar los inconvenientes que tenemos. ¡No! Si no cambiamos el sistema no resolveremos los problemas que estamos sufriendo, porque la corrupción, la inequidad, la violencia y demás dolencias que padecemos a diario son males inherentes al presente sistema llamado democracia representativa que, como su nombre lo indica, consiste en delegar, mediante elecciones, nuestro derecho ciudadano inalienable de ser los directos soberanos de nuestro país. Necesitamos la instauración de una democracia directa, donde la ciudadanía, o país nacional, decida por su propia cuenta la ruta y destino que ha de tener Colombia, sin intermediarios ni representantes.

Por ser un sistema que desconocemos, nos sorprendemos de que exista esta posibilidad de acabar con la democracia representativa para instaurar una democracia directa. Debemos gestarlo poco a poco y desde ya. Debemos, lo antes posible, reproducir la conexión que establecen los hongos con los árboles. El científico español Sergio de Miguel pudo comprobar las complejas relaciones entre las raíces de los árboles y vastas redes de microorganismos con las que viven en simbiosis. Nos dice que "un bosque es mucho más que los árboles. Hay todo un mundo bajo nuestros pies, un mundo oculto que no vemos, pero cuya importancia es capital para la salud de los bosques y su supervivencia". Y añade: "Es como una relación de amistad en la que uno aporta algo y el otro aporta algo en beneficio de los dos" [1].

Lo que necesitamos es repetir el ciclo de nuestra independencia, que acabó con la monarquía para instituir una república con democracia representativa. Ahora, la meta debe ser acabar con la democracia representativa o burguesa, para instituir una democracia directa o ciudadana, a la que también podemos llamar democracia del país nacional, democracia directa de todos y para todos. Para ello es necesario lo siguiente:

1. Conectar entre sí el mayor número posible de las múltiples asociaciones ya existentes regadas por todo el país, pensando también en las que han de venir. Se requiere, es urgente, que se conozcan, que forjen amistad y conexión. No importa que tengan diferentes objetivos, ideologías, religiones, orientación sexual, raza, género, gustos, costumbres o percepción de la realidad. Lo único que se requiere, como punto de unión de esta atarraya en gestación, es que compartan su voluntad de participar directamente en los destinos del país, instaurando una democracia directa para adquirir, en forma plena y absoluta, su condición de soberanos.

2. Despertar la autoestima, tanto personal como nacional. Prohibir esa frase estereotipo que comienza diciendo: “es que en este país…” y anular para siempre esa maldita expresión de Locombia. ¡No! Somos un país extraordinario, donde lo que nos hace falta es que el país nacional sea el verdadero soberano. Debemos repetir, una y otra vez, que “el pueblo es superior a sus dirigentes”.

3. Acabar con el pesimismo, destruir el nefasto sonsonete del negativismo. Debemos ser positivos, agitando la esperanza, la fe y la pasión, gestora de todas las victorias, repitiendo una y otra vez: ¡A la carga! Sí se puede, Sí se puede, Sí se puede.

[1] Reportaje a la BBC Mundo publicado en la revista Nature.

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