De Kardashian a Marbelle

"Creo que cada vez más nos acercamos a esa modernidad líquida de la que hablaba Sigmund Bauman, una sociedad que le da valor a lo vacuo, a lo fútil"

Por: Gustavo Adolfo Cárdenas
enero 27, 2016
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De Kardashian a Marbelle

Diversas notas de prensa han analizado un fenómeno comercial bastante contemporáneo: El ascenso de Kim Kardashian al olimpo de la farándula y la prensa rosa internacional, y ha llamado la atención fundamentalmente por la forma como una persona sin ningún talento personal identificable, sin ningún mérito en su currículo, logra visibilizarse en esta sociedad.  Asumo que este caso es solo uno en una inmensa constelación de estrellas sin luz propia. Nuestra sociedad criolla es bastante prolífica en este sentido: Jota Mario Valencia, la Negra Candela, la diáspora de presentadores de farándula, las reinas, o los showman de moda, cantantes de Reggaetón o de géneros que no requieren talento alguno. Voy a referirme a un solo caso, no por su mayor relevancia, sino como simple referente de la reflexión. Nuestra Marbelle, la reina de la tecnocarrilera, cuyo reinado se limitó a una canción popular muchos años atrás, que ya no canta, que no sabe actuar y protagonizó su propia telenovela, que no tiene los pergaminos intelectuales necesarios y que sin embargo es jurado en un programa musical, y que por obra y gracia de un desconocido pero evidente mecenas en un canal de televisión nacional, es innecesariamente reencauchada hasta el cansancio. Sus únicos logros conocidos se han limitado a ser la viuda de un oscuro oficial de la policía, a aparecer en una foto de dominio público fumándose un porro, o aparecer desnuda imitando personajes católicos.

Creo que cada vez más nos acercamos a esa modernidad líquida de la que hablaba Sigmund Bauman, una sociedad que inexcusablemente le da valor a lo vacuo, a lo fútil. Lo extraño de esta situación es precisamente que estamos en frente a una crisis mundial: El planeta está agotando sus últimos recursos para darle subsistencia a la raza humana, la economía generaliza la crisis mundial desde Grecia hasta China, la guerra por motivos religiosos se ha convertido en una amenaza planetaria, las dictaduras extremistas son una espada de Damocles sobre la humanidad, la educación se ha convertido en un mecanismo de reproducción social en todos los ámbitos, lo cual ha degenerado en una crisis de valores en todos los escenarios de la sociedad. Es decir, estamos en un mundo  con conflictos reales, con problemas que demandan soluciones, muchas de las cuales parten del compromiso colectivo, más que de políticas de los estados.

Al margen de esta realidad, las sociedades siguen desesperadamente en busca de paliativos emocionales, de distractores que les permitan seguir viviendo en una gran burbuja de irrealidad. Es en ese escenario en que la farándula, los deportes de aceptación masiva, los grandes espectáculos o los grandes escándalos convocan mucho más que la realidad. Colombia por ejemplo se une para protestar por un error en un concurso de belleza,   o para celebrar un triunfo futbolístico, pero no para evitar que un gobierno venda los activos más valiosos de los bienes públicos (caso Isagén), o para enfrentar decididamente la delincuencia, o para superar de  manera mancomunada los problemas de carencias alimenticias de las poblaciones más pobres, o peor aún, para defender y preservar lo poco que nos queda del planeta: El aire, el agua, los recursos no renovables, a pesar de que de ellos depende directamente nuestra supervivencia como especie.

Es bastante simpático ver al país vestido de amarillo, para los días en que juega la selección Colombia, pero no el 20 de Julio. O ver en los realitis, en que las presentadoras pregonan a voz en cuello: Colombia eligió al ganador, sobre todo en un país que no elige ni al presidente.

Es por eso que Morín planteaba la necesidad de una educación para la identidad planetaria,  postura que hemos rechazado tácitamente con nuestras acciones como sociedad. Seguimos pues en el laberinto tras las huellas de Marbelles y Kardashians, de modelos y reinas de belleza, de pobres figurines de la decadencia occidental, sin reconocer que vamos caminando hacia nuestra propia destrucción.

 

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