Antes de conocer a la magistrada, conocí a la maestra. Fui alumno de Julieta Lemaitre y sus enseñanzas cambiaron para siempre mi manera de mirar al otro

 - Julieta Lemaitre: yo conocí a la mujer detrás de la magistrada
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Yo fui alumno de Julieta Lemaitre. La conocí en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes, en una clase sobre paz territorial. No la conocí detrás de una toga, en una audiencia ni a través de un video que años después circularía por las redes sociales. La conocí como profesora. Y aquella mujer modificó una parte importante de mi manera de comprender el conflicto colombiano.

Llevaba entonces 22 años como oficial del Ejército. Mi formación profesional me había llevado a entender la guerra desde una lógica concreta: frente a un adversario armado que amenaza al Estado y a la población, hay que enfrentarlo y neutralizarlo. Esa era mi responsabilidad. No reniego de ella. Pero Julieta consiguió que me hiciera una pregunta que hasta entonces no había ocupado suficiente espacio en mi pensamiento: ¿qué ocurre después de neutralizar al adversario?

¿Qué pasa con quien deja las armas? ¿Qué posibilidades tiene de reconstruir su vida? ¿Qué ocurre con las comunidades que han vivido durante décadas bajo la violencia? ¿Cómo se transforma un territorio si quienes lo habitan no son escuchados?

Julieta no intentó convertirme en otra persona. Hizo algo mucho más importante: consiguió que revisara algunas de mis certezas.

Eso, para mí, es enseñar. Un buen profesor no fabrica seguidores. Despierta pensamiento. La enseñanza tiene sentido cuando transforma al estudiante y lo obliga a pensar por cuenta propia. 

Eso fue lo que ocurrió conmigo.

Aprendí de Julieta a acercarme a las comunidades, a escuchar antes de intervenir y a comprender que detrás de cada territorio hay personas, historias, heridas y expectativas. Entendí que la paz no podía reducirse a la ausencia de disparos. También exigía preguntarse qué hacer con las personas y los territorios cuando la guerra termina.

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Por eso me resulta imposible aceptar la imagen que algunos pretenden construir hoy de Julieta Lemaitre.

Yo no necesito un video para saber quién es la mujer que conocí.

No me interesa convertir unas imágenes, en una prueba definitiva de su identidad política. Tampoco voy a interpretar una sonrisa, un gesto o unos minutos de una audiencia para construir sobre ellos una teoría acerca de quién es Julieta. Ese ejercicio puede alimentar una pelea política, pero no describe a la persona que yo conocí.

Vi a una mujer preocupada por la violencia colombiana, por las comunidades, por la reconciliación, por la justicia y por la posibilidad de que el país encontrara una salida diferente a la guerra.

Y yo defiendo a Julieta Lemaitre.

La defiendo como mujer, como profesora, como intelectual, como profesional y como servidora pública. No necesito compartir cada una de sus decisiones para hacerlo. La defiendo porque conocí una dimensión de ella que no cabe en un fragmento audiovisual.

Pensar antes de juzgar debería ser una exigencia mínima en una sociedad democrática. Juzgar supone tomar distancia de nuestras certezas, considerar aquello que contradice nuestras primeras impresiones y aceptar que podemos estar equivocados. 

Podemos tomar una conducta y convertirla en una definición de la persona. Podemos tomar una relación profesional y transformarla en complicidad ideológica. Podemos observar un momento y utilizarlo para borrar una trayectoria completa. El problema aparece cuando esa interpretación deja de ser una hipótesis y se convierte en una identidad definitiva. 

Eso es lo que rechazo.

Rechazo que Julieta sea presentada como una militante disfrazada de magistrada. Rechazo que su trabajo profesional con antiguos integrantes de las FARC sea convertido automáticamente en una prueba de simpatía política. Y rechazo que una mujer dedicada al estudio de la violencia, los derechos y la paz sea reducida a una caricatura porque algunos no comparten sus posiciones.

Discrepar de Julieta Lemaitre no convierte a Julieta Lemaitre en otra persona.

También debemos distinguir responsabilidades. Una cosa es cuestionar las decisiones de una funcionaria pública y otra atribuirle responsabilidades jurídicas, políticas o morales que no corresponden. La culpabilidad por asociación puede resultar cómoda en una discusión política, pero difícilmente puede llamarse justicia. 

Y existe una frontera todavía más elemental: la dignidad.

Podemos cuestionar una decisión o considerar equivocada una posición. Eso forma parte de la democracia. Lo que no podemos hacer es convertir la crítica en una forma de degradación. Hay una diferencia enorme entre decir “estoy en desacuerdo con lo que hizo” y afirmar que un fragmento demuestra quién es realmente una persona. En el segundo caso ya no estamos juzgando un acto: estamos haciendo menos al otro. 

No necesito saberlo todo sobre Julieta Lemaitre para reconocer la injusticia de convertirla en una caricatura.

Escribo como alumno. Mi testimonio no pretende impedir la crítica. Pretende recordar que una persona tiene una historia mucho más grande que el fragmento con el que otros intentan definirla.

Yo fui su alumno. La vi enseñar. Y sé lo que esa profesora produjo en mí.

Después de 22 años de servicio militar, Julieta consiguió que entendiera algo que todavía considero fundamental: neutralizar a un adversario puede ser una necesidad de la guerra, pero construir un país exige algo más difícil. Exige reconocer al ser humano que existe al otro lado y preguntarse qué hacemos con él cuando el combate termina.

La profesora que me enseñó a reconocer al otro está siendo convertida hoy, por algunos de sus críticos, precisamente en ese otro al que ya no quieren comprender.

Antes de la magistrada estuvo la profesora. Y yo fui su alumno. Por eso sé a quién estoy defendiendo.

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Por Germán Alberto Bermúdez Ordoñez

Soy escritor, educador y veterano de guerra colombiano. Mi trayectoria integra liderazgo militar, pedagogía humanista y reflexión filosófica, orientada a comprender y transformar los procesos humanos y sociales en contextos de conflicto, posconflicto y construcción de paz.