Opinión

John McCain, el halcón respetuoso

Su brillo y liderazgo no se refieren a sus posturas ideológicas, sino a instantes estelares que son ejemplo de cómo se puede actuar con decencia y sentido crítico

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Agosto 27, 2018
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John McCain, el halcón respetuoso
La gran huella de McCain fue su postura frente a los métodos de interrogatorio aplicados por las fuerzas de seguridad de los EE. UU. dentro y fuera del país. Foto: Twitter/John McCain

La muerte del senador John McCain deja un vacío, no tanto por sus posturas conservadoras, como por el respeto, sin condiciones, a sus adversarios. Por su independencia y su rechazo a las prácticas de tortura aplicadas por los Estados Unidos, particularmente después del 2001 en Guantánamo y otras latitudes, en la llamada guerra contra el terrorismo.

En uno de sus cuentos, Borges dice que una noche, un instante en ella, pueden definir la vida de una persona (biografía de Tadeo Isidoro Cruz). De McCain puede decirse que brilló por el coraje al asumir, en casos puntuales estratégicos, posiciones que chocaban contra la institucionalidad y las expectativas del Partido Republicano.

John McCain era, sin duda, un halcón, de manera que defendió, de manera encarnizada, las invasiones a Irak y Afganistán después del 11 de septiembre. Votó en contra, en su momento, de la reforma sanitaria, más conocida como Obamacare; respaldó a Gorsuch, el candidato del presidente actual para la Corte Suprema y apoyó la reforma tributaria de Trump. Sin embargo, su brillo y liderazgo no se refieren a sus posturas ideológicas, sino a instantes estelares que son ejemplo de cómo, desde cualquier lado del espectro político, se puede actuar con decencia y sentido crítico.

Está en el recuerdo, durante la campaña presidencial del 2008, como rival de Obama, la forma inmediata como reaccionó frente a vociferaciones de seguidores suyos. Refiriéndose a Obama, algún racista tomó el micrófono: “Es un negro”. Otro: “Es un árabe”, a lo que McCain respondió que admiraba al senador Obama, que era un hombre íntegro, que tenían desacuerdos sobre grandes temas y que, justamente de eso se trataba la campaña, de discutir las diferencias.

Quizás, una de las mayores huellas que deja McCain, tanto en el Congreso como en la campaña del 2007/08, fue su postura frente a los métodos de interrogatorio aplicados por las fuerzas de seguridad de los EEUU dentro y fuera del país. A sus rivales por la nominación presidencial del PR les dijo, aludiendo al “submarino”, la práctica aceptada de sumergir en agua a los prisioneros hasta casi ahogarlos: “Ellos, los demás candidatos, deberían saber lo que tal práctica es. No es difícil. Es tortura”.

MCCain, prisionero por casi seis años en Vietnam del Norte entre el 67 y el 73, torturado, tenía un argumento, en este caso, referido al radicalismo islámico: el enemigo es brutal; sin embargo, los Estados Unidos no pueden actuar al mismo nivel, degradándose a través del trato indigno a los prisioneros de guerra.

Su independencia la manifestó de sobra, especialmente en su rechazo a las bellaquerías de Trump, comenzando por su vergüenza ajena por la grabación aquella en la que Trump aconsejaba mandarle la mano, de una, a las mujeres.

La última comunicación, en julio pasado, después de la arrodillada de Trump en Helsinki frente a Putin fue de antología: jamás un presidente de los Estados Unidos se había rebajado tan abyectamente frente a un tirano, enemigo, además, de los EE. UU., dijo. Todavía puede leerse la andanada de McCain contra Trump en Twitter.

 

Llegó al recinto del Senado, con las huellas de la cosedura
por la intervención quirúrgica paralela a una de sus cejas,
bajó su dedo pulgar y sonoramente dijo: ”No”, a la revocatoria del Obamacare

 

En diciembre, ya convaleciente de un tumor cerebral maligno, se le esperaba ansiosamente en el Capitolio para votar a favor de la revocatoria del Obamacare impulsada por el PR. Llegó al recinto del Senado, con las huellas de la cosedura por la intervención quirúrgica paralela a una de sus cejas, bajó su dedo pulgar y sonoramente dijo, en rechazo:”No”. Por convicción, por considerar que se trataba de un proyecto legislativo sin la suficiente preparación y discusión.

Después de un desaire de Trump al primer ministro canadiense, Trudeau, en junio pasado: “EE.UU.  está con usted, así nuestro presidente no lo esté”.

Un rasgo que también incidió en su vida fue el de la retractación, especie de contrición, frente a actos bochornosos propios. Hacia finales de los 80 terminó envuelto, como senador, en una censura ética por acolitar prácticas indeseables de cabildeo. Como reacción se le midió a proponer leyes que endurecieron los controles al financiamiento de campañas electorales (la ley McCain-Feingold,  demócrata, es un ejemplo).

La embarró poniendo a Sarah Palin de fórmula vicepresidencial y lo reconoció, como también reconoció la falsedad del cuento de las armas de destrucción masiva que dieron pie a la invasión a Irak.
Por acá han aparecido, con la muerte de McCain, trinos de líderes criollos, ellos y ellas,  que dicen ser sus amigos por el apoyo suyo en la lucha contra el narcotráfico y por el Plan Colombia. Algunos de ellos han callado o se han mofado frente a los falsos positivos, una de las barbaridades mayores en el mundo actual. De ahí que no exalten de McCain lo que el mundo le está reconociendo hoy en forma póstuma: su respeto por los demás, su código de honor, su inclinación al trabajo concertado, su independencia y su batalla por el respeto a los derechos humanos por parte del estado.

La decencia y el respeto no son de derecha o de izquierda. McCain, un halcón, da el ejemplo.

 

 

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