Jesús de Nazaret: el hombre más desconocido de la historia

"Él no fue religioso, sino una persona absolutamente espiritual. Él es verbo, no sustantivo, diría Ricardo Arjona. Además, fue un revolucionario, pero del amor"

Por: Juan Mario Sánchez Cuervo
marzo 27, 2018
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Jesús de Nazaret: el hombre más desconocido de la historia
Foto: La pasión de Cristo - Mel Gibson

Jesús divide la historia en dos: antes y después de él. Ese solo dato nos habla de su importancia y grandeza. No obstante, a pesar de su innegable influencia en el mundo de ayer, de hoy y de siempre, algunos niegan la existencia de ese hombre maravilloso y divino. En cambio, yo afirmo que no se puede concebir lo que llamamos mundo occidental sin la presencia de Cristo, al que denomino el-ser-por-excelencia y el único real existente: por ejemplo, si se elimina, en sentido hipotético, al personaje más trascendental de la historia de la humanidad, desaparece también Occidente, así de sencillo. El cristianismo está en las bases mismas de nuestra civilización.

No me interesa aquí la antigua y reciente discusión de su divinidad, o la tesis de los que sostienen que su esencia es exclusivamente humana. Aclaro, eso sí, como teólogo, que para mí Jesús es la encarnación de la divinidad, Jesús es el hijo de Dios y es el Dios vivo. En cambio, sí me interesa y mucho lo relacionado con su humanidad, que es lo que particularmente me enamora de Jesús: ese hombre humilde, sencillo, absolutamente conocedor de la naturaleza humana, y misericordioso, tolerante y paciente con ella. Sin embargo, Jesús de Nazaret, a mi modo de ver, sigue siendo no solo un desconocido, sino el más incomprendido y manipulado personaje de la historia.

Empecemos diciendo que él no fue religioso, sino una persona absolutamente espiritual: Jesús es verbo, no sustantivo, diría Ricardo Arjona. Algunos confunden religiosidad con espiritualidad y son realidades muy distintas, aunque conexas: la religión atrapa a través del miedo, la culpa, el rito, la remuneración (cielo o infierno), es más un método, o una escuela que impone criterios, normas, dogmas, etc.; por el contrario, la espiritualidad es un camino, que por medio de la conciencia interior, libera, despierta, y conduce al individuo al amor incondicional. Un hombre espiritual se relaciona con Dios, incluso a través del arte, la ciencia, la contemplación de un crepúsculo o de un amanecer, con el milagro de la vida, con la sonrisa de un niño, la caricia de una madre, o el despertar de una flor… incluso, y que me perdonen los puritanos, encuentra a Dios, en el acto bellísimo y espiritual de la unión entre dos cuerpos que se aman, se desean y se complementan. No niego la importancia de la religión, incluso no me molesta la belleza del rito y la necesidad del mismo en algunos casos, como tampoco niego la relevancia del fenómeno religioso en la historia y en el devenir de lo humano: muchas veces se llega a la espiritualidad por medio de la religión, y algunas personas atadas por vicios, angustias, desesperación y trastornos de todo tipo, necesitan la atención urgente de la religión. Lamentablemente esta suele unirse a la política para formar un binomio explosivo, que en forma muy particular me genera una alta dosis de desconfianza y prevención. De ejemplos de ese maridaje inconveniente y tan frecuentado están llenos los libros de historia.

Regresemos con el Maestro: los religiosos de la época y los que ostentaban el poder político vieron en él un peligro: se hacía necesario una conspiración para sacarlo del camino. Estaba despertando a muchas personas, hablaba demasiado sobre el amor, el perdón, la libertad interior y la verdad, y de la necesidad de no tener miedo. Era urgente pues eliminarlo a como diera lugar, buscando uno o varios motivos para llevarlo a la condena de muerte. Y Jesús les dio esos motivos. Por ejemplo, en una época machista del todo, donde la adúltera era apedreada hasta morir (no así el adúltero), dice la frase más compasiva de la antigüedad: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Siempre me he preguntado por qué el apedreado no fue él, ya que cuestionaba una tradición antiquísima y, de paso, ponía en ridículo la intolerancia religiosa y el machismo. Sí, porque Jesús era feminista, fue y es el más feminista de la historia: defendió a la mujer, dignificó como nadie a la mujer, de hecho vivía rodeado de mujeres, incluso de prostitutas, a quienes observaba con los ojos de la pureza, misericordia y compasión infinita, y a quienes consideraba cerca del Reino de los Cielos, y no así a los fariseos y puritanos de esa misma época, y también a los de hoy, que viven pendientes de la vida de los demás para juzgar y señalar. Jesús, aunque varón, y Hombre por excelencia, tenía la dulzura de lo femenino y el amor incondicional de una madre: Jesús era la misma dulzura, y me atrevo a afirmar de paso, que Dios es más que padre, una madre, si bien lo uno no anula lo otro, y ambas características se complementan en forma perfecta. Sostengo esa tesis, así algún Caifás contemporáneo se rasgue las vestiduras.

Sí, Jesús fue un revolucionario, pero del amor, porque nunca apoyó las vías de hecho o cualquier asomo de violencia, como la vez en que le ordenó a Pedro guardar la espada. Por el contrario, pronunció una frase que hasta la fecha pocos entienden y practican: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen”. Afirma que amar a los amigos, a los que piensan igual que uno, a los que nos aplauden y quieren, no tiene ningún mérito, pues es lo que hace todo el mundo, incluso los peores asesinos. La verdadera grandeza en la caridad consiste en tolerar al que nos resulta molesto, en amar al que nos odia y en perdonar al que nos hace daño. No conozco una revolución más extraordinaria que esa, y nos la enseñó con su ejemplo de vida. No tiene ningún asidero sustentar que Jesús fue, en términos políticos, un revolucionario: cae en una falacia terrible y en un error gravísimo los que pretenden justificar la lucha armada tomando a Jesús como modelo de rebeldía o de revolución. Repito: su revolución tiene que ver con el amor y jamás con la violencia. Por otra parte, y en detrimento del cristianismo, en distintos periodos de la historia sanguinaria de la humanidad, se usó y se usa perversamente el nombre de Jesús para imponer la verdad, x religión o determinado sistema político. Gandhi, que adoraba a Cristo, dijo alguna vez: yo sería cristiano de no ser por los cristianos. Sobra decir, quizás, que la verdad no se debe imponer, la verdad brilla por sí sola, y ninguna religión tiene la última palabra, y todo sistema político se sustenta no en el amor, sino en la gula insaciable de poder, y en la mentira, y Jesús es la verdad, la verdad que hace libre al ser humano, como él mismo lo dijo.

Jesús fue, hasta su muerte, auténtico y digno. Si dijo algo, lo sostuvo; si hizo algo, lo reconoció; si predicó mensajes hermosos, los coronó con su ejemplo. Ser digno y ser auténtico son dos virtudes que hacen a un verdadero ser humano. Hoy por hoy, pocos son dignos y auténticos, pues ponen por escudo a la mentira. Pocos hombres reconocen que han robado, que han cometido un delito o crimen, que se han degradado como seres humanos al matar a un semejante. Todo es mentira y engaño en un mundo que no valora la verdad. Jesús es la Verdad misma. Y su dignidad, autenticidad y Verdad fueron extendidas en la cruz del calvario: nunca huyó cobardemente de su compromiso y responsabilidad, ni le pidió compasión a los poderosos, como los sumos sacerdotes y Pilato: por el contrario, dio testimonio de todo lo que había dicho y hecho, y de lo que él realmente era y es. La pregunta de Pilato fue estúpida: “¿Y qué es la verdad?”. Tenía la verdad delante de él y no la reconoció, por eso el Maestro guardó silencio. La verdad tiene luz propia.

Debemos redescubrir a Jesús de Nazaret, o mejor dicho, conocerlo por primera vez: el que tiene miedo, no lo conoce; el que es devorado por el cáncer del odio, no lo conoce; el que es cobarde, no lo conoce; el que va a misa y comulga, y sale después a matar y a robar y a destruir al prójimo, no lo conoce; el católico rezandero y camandulero que con una mano pasa las pepitas del rosario y con la otra empuña un revólver, no lo conoce; el que lleva escapularios para que la Virgen lo proteja cuando comete sus fechorías, no lo conoce; el que es amigo de la venganza, no lo conoce; el que siente envidia, no lo conoce; el hipócrita, no lo conoce; el que practica la doble moral, no lo conoce; el que lo busca solo para pedirle favores, no lo conoce; el que lo sigue para escapar de las llamas del supuesto infierno, no lo conoce; el que cumple los mandamientos tan solo por la ambición del cielo, no lo conoce; el mentiroso y el injusto y el soberbio y el opresor, no lo conocen; la mojigata, el puritano, el moralista a ultranza que en todo ve pecado e impureza, no lo conocen.

Empieza a conocerlo el hombre humilde y sencillo; el hombre justo, el misericordioso, y el sincero; el que ama a los enemigos, el tolerante y paciente, el amoroso, el hombre sereno y ecuánime; el que defiende y respeta a los animales; el que en toda criatura ve a Dios y cuida y protege la naturaleza. Empieza a conocerlo también el que siempre perdona al hermano (si es necesario setecientas mil veces siete)… Jesús de Nazaret quiso decir con la metáfora del setenta veces siete, que siempre había que perdonar a nuestros hermanos, y no juzgarlos y más bien ponernos, así sea por un instante, en los zapatos del otro. Que en esta Semana Santa Jesús les conceda la gracia suprema de experimentar la paz, a través del perdón y la tolerancia, en un país cuajado de odios y apasionamientos enfermos. Si el anhelo de la paz para Colombia no ha logrado unirnos; sino, por el contrario dividirnos cada día más, que Jesús el Señor y Divino Maestro realice el milagro de sentirnos hermanos a través de su inmenso Amor demostrado en la cruz. Y que Dios les conceda, y me conceda, el regalo inefable de empezar a conocerlo, pues solo el que conoce en espíritu y en verdad a Jesús de Nazaret puede afirmar sin mentir que lo ama, amén.

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