El tío de James Rodríguez, futbolista del DIM, que mataron en la comuna

Con 20 años apenas empezaba su carrera. Conozca la historia

Por: Andres Correa-Lugos
junio 26, 2014
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El tío de James Rodríguez, futbolista del DIM, que mataron en la comuna
Foto: Archivo ElTiempo

Todos conocemos a James Rodríguez, el niño prodigio de la selección. En su espalda lleva el 10 –una responsabilidad histórica al compartir numeración con personajes como el pibe Valderrama- lo que poco conocemos es que este joven de 23 años por cumplir, tiene mucho en común con la gran mayoría de colombianos. La violencia como fenómeno trasversal de la cotidianidad colombiana noventera. Arley Antonio Rodríguez (tío de James Rodríguez) se desempeñó como futbolista (para ser más específicos defensa) del Deportivo Independiente Medellín DIM. Quienes lo vieron jugar lo describen como un defensa sólido, de una pegada prodigiosa con un empalme rastrero que pondría en problemas a más de un arquero. En su porvenir se veía una carrera llena de alegrías, copas y mundo. Pero la vida de Arley de 19 años –cerca de los 20- se vio interrumpida el 10 de julio de 1995 por unos vándalos que le propinaron 6 tiros a él y su acompañante a la salida de un hospital en el barrio Castilla al Noroccidente de Medellín. Exactamente un año y una semana después del asesinato de Andrés Escobar (2 de julio de 1994)

Los hechos son un misterio. Arley llegó con su acompañante al centro asistencial con heridas hechas por arma blanca y correa. Lo más factible es que hayan tratado de robarle su motocicleta. Ambos se defendieron y luego fueron en búsqueda de asistencia médica. Cuando salían fueron abordados por los sujetos que le propinaron seis balazos a cada uno. Su padre Aureliano Rodríguez (abuelo de James Rodríguez) al mejor estilo de un sobreviviente macondiano narró con sencillez la escala tempórea del fin de su hijo: “El salió de la casa a las cinco de la tarde y sólo volvimos a tener noticia de Arley hasta que nos llamaron a decir que estaba herido, pero cuando llegamos al centro de salud ya estaba muerto”*

La historia de la violencia urbana es hija de la brutalidad y el desarraigo de la violencia política a los comienzos del XX en el campo. La ciudad no se queda con nada al igual que las violentas guerrillas políticas no dejaban nada vivo a su paso. El asesinato como un evento simbólico y brutal pero a la vez cotidiano marcó los tabloides de la violencia en la segunda mitad del siglo XX. Matar era la causa y solución de todos los problemas. Las bandas criminales emulan las cuadrillas de guerrillas, tienen una zona determinada y ejercen su dominación entre quienes viven allí y quienes pasan, creyéndose dueños y ejerciendo el poder sobre el vacío gubernamental.

El fútbol en los noventa pasó por una etapa obscura. Sus cercanías con el narcotráfico y dudosas amistades en los ochentas le pasaron la cuenta de cobro. Los principales perjudicados fueron los futbolistas y el deporte. Tal y como lo dice el mismo Juan Pablo Ángel refiriéndose al asesinato de Arley – “Este es un vacío más que deja la violencia en Medellín. Lo único que pienso en este momento es qué va a ser de uno, primero Andrés, ahora Arley, quién sabe quién sigue.” *

Después de continuas decepciones en todos los aspectos (políticos, deportivos, económicos) los colombianos fueron generando una coraza. Lastres como el narcotráfico hacen que ahora se burlen los demás países de las grandiosas actuaciones de los colombianos. Múltiples “bromas” se han generado en las redes sociales por la fenomenal campaña de la selección Colombia en el mundial de Brasil 2014. Pero es el comienzo de un duro trabajo de la recuperación de la concepción del colombiano frente al otro. Es trabajo de todos hacer que esta imagen cambie. La alteridad no es un proceso mental común en el ser humano.

El deporte nacional está lleno de historias de desplazamiento forzado, violencia y pobreza. Pero las nuevas generaciones han sacado fuerza de estas dificultades y de la misma manera que pedalean más fuerte cuando se acerca la meta, juegan un balón como si fuera el último o se sobreponen al cansancio muscular. Su naturaleza superviviente los hace los mejores pues ya conocen el miedo de la muerte y la soledad del hambre, de ahí en adelante es todo o nada.

Es una constante por estos días el hecho que todos vibremos por la selección. En un evento aglutinante como es el mundial los días pasan entre goles bonitos, críticas a las súper estrellas del balompié y uno que otro mordisco. Pero así como hay quienes lo amamos con la pasión de un amor visceral -un día con decepción y odio, al otro con ternura- hay quienes repudian el fútbol por ser una distracción más a una realidad latente: inequidad y violencia conforman la dupla que nos ha vencido en cada uno de los intentos por hacer de esto un verdadero país y no la finca de algún solapado ex dirigente.

Entre ese grupo de quienes no comparten la alegría del fútbol están quienes en verdad no les gusta ver el fútbol y prefieren ver un partido de ultimate, los que por desarraigo genético no le ven gracia y por ultimo quienes creen que odiar el fútbol (o cualquier otro espectáculo de masas) los hace ver intelectuales, distinguidos e importantes. Este texto va dirigido en especial a ese último grupo.

Pensar que el fútbol (en el caso colombiano) es una distracción de los fenómenos sociales apremiantes es tan apresurado y pretencioso como quienes pensaban que Costa Rica iba a ser el trapito de los pies de selecciones como Italia, Uruguay e Inglaterra. El fútbol tiene una cualidad especial y es que en 22 jugadores frente a un espacio común reúne una variedad de realidades sociales, símbolos y ritos tan rica que bajo ningún otro espacio común podemos encontrar. (El paraíso del teórico social)

@Andres_Lugos

*Cortesía: Periódico EL TIEMPO. Archivo Histórico, julio de 1995.

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