Opinión

Humberto de La Calle peca

El pecado es la condescendencia. El tema: el lugar de las artes en el proceso de paz y en lo que sigue

Por:
junio 18, 2016
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Es un tipo serio. Se le nota cuando escoge las palabras con cuidado y delicadeza, cuando en su rol de vocero principal de la suma y las muchas restas de intereses públicos y privados, evade la peligrosa tentación que traen las promesas exageradas de paz. Pero peca por condescendiente. La condescendencia ese pecado de los buenos y los consejeros. Ese vicio que se incuba entre la dudosa virtud del que creyó entender o al menos, lo supuso; el sino del que sabe y le gusta acertar.

Me refiero particularmente a una columna que hace ya un buen rato escribió para la revista Arcadia pero que hoy en día, en las horas definitivas del proceso, cobra sentido y gravedad. Un importante asunto en el que vale la pena insistir y redundar. El tema central de su reflexión busca aproximarse  y concluir sobre el papel y el lugar de las artes en el proceso de paz y en lo que sigue.

No debe desconocerse que De la Calle subraya la importancia de las artes y la cultura en el escrito, y que acierta en varios puntos como por ejemplo la llamada “lucha de la narrativa” que se avecina: el mito ajeno de la paz versus la taquillera película de la guerra. También acierta al reflexionar con solvencia sobre la necesidad del arte como alternativa para “mitigar las relaciones antagónicas” que, paradójicamente, nos atan como sociedad.

No obstante, en un breve párrafo refleja su pecado. Su condescendencia. De la Calle afirma que “Aunque el tema del arte en el conflicto no es enteramente nuevo, todavía es un tanto balbuceante. Está en construcción. No hay una sola metodología probada y muchas de sus aplicaciones son experimentales” y es ahí donde todo el justo y medido entusiasmo de sus palabras se diluye.

Imposible juzgar a de La Calle como responsable único de esta concepción, arraigada con el tiempo, sobre el arte y la cultura en nuestro país. La cultura accesorio, el arte apéndice. El artista como complemento nunca como estructura. La comunidad como una entidad incapaz de reflexionar sobre lo bello, lo bueno y lo apropiado, salvo en escenarios lúdicos preparados que remedan al niño y que en esa preparación pierden la espontaneidad, pierden al niño.

Se señala al arte y a la cultura como escenarios de experimentación, de caminos no comprobados o imposibles de comprobar. Pero de eso se trata, y eso que el jefe negociador anota como defecto es su principal virtud, su mayor fortaleza. Una oportunidad para ver, sentir y apreciar lo que solo la experiencia artística y cultural puede aferrar con el tiempo: lo nuevo y lo desconocido. Sin duda, el arte no es una solución inmediata, es una alternativa que solo con el pasar de los años y la consistencia, sobre todo la consistencia —aún la “balbuceante”— rinde frutos y siembra semillas.

El arte y la cultura son escenarios que demandan sumergir al país,
sus decisiones, sus consensos y políticas
en marcos simbólicos, expresivos y reflexivos
que partan de un pensamiento urgente: el creativo

El arte y la cultura son escenarios que demandan sumergir al país, sus decisiones, sus consensos y políticas en marcos simbólicos, expresivos y reflexivos que partan de un pensamiento urgente: el creativo. Entendible la búsqueda de resultados pero en esa búsqueda se puede hallar el extravío, al desconocer y menospreciar lo que no se conmueve con los resultados o las cifras, ese desarme de las opiniones y ese malabarismo de tanta tristeza sin aparente caducidad. Ese mundo inmedible que nos define como personas y sociedades.

Un primer avance será una reestructuración del modelo educativo, sus énfasis e incentivos, la paz verdadera tomará generaciones, es por esto que el modelo de enseñanza debe, desde ya, premiar y primar la formación de estudiantes integrales, a quienes no solo se les reconozcan sus esforzados promedios sino también se les celebre y promueva, como principal recurso e insumo de paz, la creatividad, la expresión y el gesto artístico profesional o espontáneo.

Cuando las sombras de la guerra se avecinan son los artistas quienes en plena capacidad de su sensibilidad y de cierta y necesaria irresponsabilidad con el establecimiento, denuncian la mala hora. Abundan en la historia ejemplos de persecuciones de tiranos y tiranías a poetas, músicos y actores. Inmensos cementerios se han abarrotado de artistas que no creyeron en cifras o resultados, que se ilusionaron y sufriendo, intentaron despertar a los ciudadanos ante el avance silencioso de la bruma de la guerra y la vanidad política.

El arte incomoda a la guerra cuando no se le encarcela en esa celda invisible de su externo, y a veces interno, desprecio, cuando no se le condena a un segundo lugar, cuando, sin solemnidades o protocolos, se le toma en serio. Sin condescendencias.

@CamiloFidel

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