Hitler nunca conoció Bogotá ni Colombia: esta es la verdadera historia de su muerte

Hitler nunca conoció Bogotá ni Colombia: esta es la verdadera historia de su muerte

La tesis del argentino Abel Basti sobre la visita del Fuhrer al país, la desvirtúa la documentación histórica. Este es relato de su muerte el 30 de abril de 1945

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noviembre 02, 2017
Hitler nunca conoció Bogotá ni Colombia: esta es la verdadera historia de su muerte
Foto: ilustración

El 29 de abril de 1945, un día antes de su muerte, Hitler tuvo la certeza de que los rusos nunca lo dejarían salir vivo del Búnker en donde se refugiaba él y lo que quedaba del naufragio del Tercer Reich debajo de la cancillería.  A las 10 de la noche se quedó con él y con su cúpula de oficiales y funcionarios conformada por Joseph Goebbels, ministro de la propaganda, su secretario personal, el maquiavélico Martin Bormann, los generales Krebs, Burgdogf, Hewel, Voss Von Below y el general Weidling, comandante de la ciudad. En un plano se daban cuenta de como la ofensiva rusa había destrozado las maltrechas tropas alemanas conformadas, en su gran mayoría, por los niños que componían las juventudes hitlerianas.

El aspecto de Hitler no podía ser peor. Las provisiones de anfetaminas que Theodor Morell, su siniestro médico, le inyectaba se habían acabado. Los ojos hundidos y el temblor incesante en sus manos y mandíbula, sumada a una profunda depresión, revelaba que Hitler era un adicto que tenía síndrome de abstinencia que podía sufrir cualquier adicto a las drogas. Esa noche previa a su suicidio ya no se escucharon los gritos delirantes enfurecidos,  o la exaltación histérica de una victoria que el sólo creía. La guerra estaba perdida y Alemania, tal y como el mismo lohabía advertido, se convertía en ruinas y escombros por no haber sido lo suficientemente grande como para derrotar a las huestes bárbaras que ahora avanzaban por la Saarlandstrasse y la Whilhelmstrasse y por otras de las principales calles de Madrid. Los rusos, con toda su sed de venganza, estarían en el búnker a más tardar en 48 horas. Hitler, resignado, convertido súbitamente en un deplorable anciano de 56 años –los acababa de cumplir- les dijo a los oficiales que aprovecharan en ese momento que todavía podían salir del búnker, la tenaza rusa todavía no se había cerrado completamente. De mala gana se fue despidiendo de su Estado Mayor. Adolfo Hitler, convencido de que era el protagonista de un drama wagneriano, no se dejaría atrapar vivo ni soportaría ver como su imperio se desmoronaba. Antes de huir como una paria quería un final digno del héroe mitológico que él creía encarnar.

En silencio le entregó un documento a Von Bellow para que se lo pasara al mariscal Keitel, en donde declaraba que la lucha de Berlín había terminado y expresaba como sus dos últimas voluntades nombrar al oficial de la armada Doenitz como su sucesor y su voluntad de suicidarse. El documento todavía se conserva. A Hitler le aterraba, además, que su destino se pareciera al de su admirado amigo Benito Mussolini quien, junto a su amante Clara Petacci, fue atrapado mientras intentaba huir y fue después linchado y su cadáver expuesto de la manera mas vulgar por las calles del Norte de Italia. Eso no le sucedería a él. Por eso, cuando Von Bellow se fue del búnker, vio a su Fuhrer preparando todo metódicamente para su gran final. Ordenó a unos jóvenes S.S que consiguieran, como fuera, al menos ochenta litros de gasolina para incinerar su cuerpo. Los muchachos tuvieron que desocupar el combustible de los pocos autos que aún quedaban en el parqueadero del búnker.

Ese 30 de abril Hitler almorzó tranquilo junto a su pareja Eva Braun quien sonreía como si no sucediera nada mientras cada vez se escuchaba más cerca la artillería del frente ruso. Sin moverse un músculo, según lo juraron testigos como el joven S.S Rochus Misch o Brunhilde Pomsel, la secretaria de Goebbles, Hitler ordenó envenenar a Blondi, su amado pastor alemán. Ellos mismos atestiguaron que en sus últimos días la única conversación que parecía animar a Hitler era la del suicidio. Se le iluminaba el rostro dando detalles de en qué parte de la cabeza debería dispararse para no sobrevivir. Además tenía que masticar una pastilla de cianuro justo antes de apretar el gatillo.

Después del almuerzo sombrío y de una despedida ceremonial en donde estuvieron Bormann y Goebbles – quien horas después se suicidaría junto a su esposa y sus cinco hijos-  Hitler y Eva Braun se encerraron en su cuarto. A las tres y cinco de la tarde oyó un solo disparo. Lo que quedaba del Tercer Reich esperó durante diez minutos. Luego se decidieron a entrar. Hitler estaba tendido en el sofá, empapado de sangre. Sentada, relajada, con la boca abierta y una pistola en la mano yacía Eva Braun. El cianuro la había matado fulminantemente. Dos S.S entre los que se contaba un muchacho de apellido Linge quien había sido criado por Hitler, envolvieron su cadáver y se lo llevaron al patio del búnker siguiendo el plan que había determinado su Fuhrer. Bormann se encargó del cuerpo de Eva Braun.

Además de no dejar evidencia, quemar los dos cuerpos haría parte de un ritual vikingo. A pocos metros de la salida del búnker pusieron, en un hueco, los dos cadáveres. La ceremonia se interrumpía cada momento por los constantes bombardeos rusos. Un oficial de apellido Guensche vertió la gasolina en los cuerpos y encendió el fósforo. Se despertó una llamarada de casi cuatro metros. En total se cuentan 15 los testigos que vieron arder los cuerpos y en ninguna de las versiones dadas hubo una sola contradicción. Cuando llegaron los rusos lo único que encontraron fueron cenizas y astillas de hueso: los cadáveres ardieron  durante 28 horas.

Son innumerables las teorías de conspiración, alentadas mayormente por entusiastas de derecha, que afirman que Hitler alcanzó a escapar, nunca se suicidó y vivió cómodamente en algún país de sudamerica. Ya dijeron que había vivido en Bolivia, Argentina o Paraguay. Hoy el delirio ha llegado a Colombia y, lo peor, es que muchos lo han creído

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