Historia de confinamiento: Carlos colgó la bata de profesor para salvar su vida

Una semana antes de que se decretara la cuarentena y tras un episodio que a pesar de lo aterrador resultó esclarecedor, este docente decidió abandonar las aulas

Por: Gina Paola Herrera Ramírez
septiembre 15, 2020
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Historia de confinamiento: Carlos colgó la bata de profesor para salvar su vida
Foto: Pixabay

Esta es la historia de confinamiento de mi amigo Carlos, un profesor de matemáticas que colgó la bata de educación en plena pandemia. Un relato en primera persona en el que me apropio de la voz del protagonista para narrar las circunstancias que lo llevaron a desertar de las aulas una semana antes que iniciara el confinamiento.

Mi historia de confinamiento empezó un poco antes del inicio oficial de la cuarentena el 25 de marzo del 2020, para entonces era yo un estudiante un programa de maestría en matemáticas y un desertor de la educación, al menos momentáneamente, esto mientras encontraba las fuerzas para tomar un segundo aire. Antes de profundizar en mi condición de prófugo de las aulas necesito contarles quién soy yo y cuáles eran las circunstancias que paulatinamente condujeron a la decisión que algunos lectores estimarán cobarde, pero que yo creí necesaria para recuperar la salud y dar sentido a mi vida.

Mi nombre es Carlos Linares, tengo 32 años y he sido docente de matemáticas en educación básica y secundaria por casi 7 años; lo sé, poco tiempo, pero el suficiente para socavar mi vitalidad. No tengo hijos, ni deudas, ni responsabilidades que me signifiquen sacrificar tiempo o dinero de más, lo que sí tengo es una alta tendencia a sufrir de ansiedad; condición cuyos detonantes pueden ser mínimos a los ojos de algunos, pero que para mí representan verdaderos Goliats. No entraré en detalle acerca de los estragos que la escuela acusó en mí, no les revelaré mi kryptonita, prefiero referirme puntualmente a los hechos cúspide que definieron mi abdicación momentánea al título de docente.

Una mañana mientras me preparaba para ir a trabajar noté una leve alergia en los brazos y el cuello, mi piel estaba enrojecida y un tímido y picoso brote se asomaba en mis manos como constelaciones que forman figuras en el cielo. Paulatinamente la alergia se convirtió en una urticaria insoportable que invadió mi cuerpo amenazando con irrumpir en mi rostro; estúpidamente pensé que no se trataba de nada grave y que los menjurjes caseros de mi mamá y las cremas de farmacias harían lo suyo, pero no lo hicieron. También estaba muy cansado, Morfeo y yo no nos entendíamos, el trabajo y la universidad me estaban chupando el sueño, la vida y la paz al punto en que empecé a plantearme la idea de descasar; iniciativa inconcebible para el antiguo Carlos, pero que el nuevo y escuálido descubría muy atractiva.

Llevaba varios meses preguntándole al de arriba qué debía hacer, como respuesta recibí silencio. Yo no quería renunciar, sentía que abandonar mi empleo era una salida cobarde, sobre todo cuando apenas iniciaba el año escolar; no obstante, mi ánimo y mi cuerpo, que no querían darme tregua y no entendían de razones, me exigían un doloroso auto exilio que ahora veo como el evento que salvo mi vida.

Pasaron varias semanas hasta que, finalmente, una noche Dios respondió. Mientras dormitaba en el bus que me llevaba de regreso a mi hogar, habito que tenemos los que no logramos dormir en nuestras propias camas, viví un episodio que me espantó y me obligó a despertar del letargo en el que me hallaba. A pesar de que había recobrado la conciencia, una parte de mi humanidad no quiso reaccionar conmigo; mis manos permanecían impávidas, rígidas como troncos, se reusaban a ponerse en acción. A mi alrededor había pocas personas que parecían no percatarse de mi situación, no me quedó más remedio que recurrir a él, al sempiterno que todo lo ve. Esos angustiantes minutos fueron suficientes para darme cuenta que mi salud está por encima de cualquier responsabilidad. Al recobrar la movilidad supe lo que tenía que hacer, renuncié a mi trabajo sin culpas y con la convicción de que estaba lo correcto.

Una semana después de mi ingreso a la deshonrosa lista de desempleados de este país, hizo también su entrada la maldita peste a la que los más gráciles llaman COVID-19. El virus logró que una promesa de un nuevo trabajo se viera cada vez más lejana, además de forzarme a estar en un estado de alerta constante.

Poco a poco vi retornar las ganas de innovar, de dormir, volvió el apetito, mi vida adoptó un estado de sosiego capaz de curar las llagas del pasado y los dolores del alma sin intervención médica. Cierto es que esta época, que para muchos colombianos ha sido insostenible financiara, personal o profesionalmente, para mí ha sido regeneradora; a veces me siento infame por ser capaz de encontrar placer en medio de la hecatombe; no puedo negarlo.

En conclusión, no hay conclusión, solo sé que debo ponerme en marcha, el asueto es agradable, pero no deseo adoptarlo, además los ahorros no durarán para siempre y no es bueno abusar de la generosidad de mi familia. Esta es una comodidad limitada y pasajera, me pregunto una y otra vez: ¿acaso debo descolgar la bata y cargar los marcadores?, ¿debo buscar otros caminos?, ¿puedo hacer de mi hobby un modus vivendi? No lo sé. A pesar de no tener certeza de nada, y de la amenaza latente de enfermedad, siento en mi interior una convicción que me anima a andar sin miedo y me exhorta a dar saltos de fe.

Nota. Creo que Colombia no está preparada para retornar a las aulas, al menos no a nivel primaria y secundaria. No se ha hecho pedagogía necesaria, la infraestructura de la mayoría de salones de clase y colegios cuya población es estrato 1, 2 y 3 no da para mantener la distancia o medidas adecuadas; los niños y profesores corren un gran riesgo. Espero equivocarme.

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