‘Hay que matar al afgano’

Acostumbrado a ser discriminado desde pequeño, al asesino de Orlando no le quedó de otra que borrar diferencias a punta de balas

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junio 13, 2016
‘Hay que matar al afgano’

¿De dónde nos ha venido la especie de que los humanos tenemos que ser iguales, pensar igual, actuar igual? ¿Por qué nos da por creer que nuestra ser particular es el modo de ser que deben adoptar todos los demás?

Alfred Kinsey, un entomólogo norteamericano de principios del siglo XX hizo uno de los más sorprendentes y al mismo tiempo ignorado descubrimientos del conocimiento humano acerca de la vida.

Kinsey había alcanzado notoriedad en la academia por una extensísima investigación sobre un  género específico de avispas que descubrió que no existían dos individuos idénticos de estas avispas entre sí,en una colección que alcanzó los 800 mil especímenes. En 1938, la Fundación Rockefeller lo contrató para abordar un tema absolutamente distinto: la sexualidad humana

Con un estricto protocolo de entrevistas y encuestas el estudio encontró, muy a pesar de lo que la sociedad esperaba, que la sexualidad, un poco como las avispas del primer estudio, no se ajusta al menos en términos estadísticos, al concepto de “normalidad”, es decir, no logra definirse en patrones idénticos en lo individuos.

A pesar de que los géneros estén casi –recalco el “casi”- limitados a hombre y mujer, ni las relaciones heterosexuales, que hasta entonces se consideraban moralmente aceptables y por tanto “normales” están limitadas a la cópula en posición de misionero, ni había forma estadística de considerar que existía la heterosexualidad o la homosexualidad pura ¡¡ padrenuestroqueestásenloscielos!!

Según los estudios, que se extendieron por más de 20 años, solo el 4% de la población resultaban ser estrictamente hetero u homosexuales. El resto de los humanos, con pequeñas variaciones por género, resultaban estar ubicados en el sector intermedio de las escala de 7 niveles que intentaban describir las conductas sexuales humanas. Un 47% de los hombres encuestados había reaccionado sexualmente ante personas de ambos sexos y un 37% habían tenido una experiencia homosexual en algún momento de su vida adulta. Ni qué decir de las cifras de fantasías o de experiencias infantiles.

El escándalo que generó en la puritana sociedad norteamericana fue de proporciones bíblicas y gracias a ella el Informe Kinsey, a pesar de sus corte académico, fue un éxito en ventas. Curiosamente, a pesar de su extraordinaria aceptación comercial, sus lectores solían guardarlo con fundas de otros libros, manteniendo de esta forma su carácter de tabú.

Y es que el sexo, muy en particular en las sociedades construidas sobre las religiones monoteístas, es una asunto que pasa por el control de la moral que dictan sus dioses y por  tanto se mantiene –aun hoy- más cerca de la divinidad que de la humanidad, al menos en el plano público, lo cual, obviamente, lo pone a la hora de las discusiones en el sector imaginario y no en el real del asunto.

El tema de por dónde, cómo, con quién o en qué lugar te gusta darte besos y estimular tus genitales para tener el más democrático de los placeres, no llega a ser del todo un asunto privado, sino que está mediado por los mandatos del ser invisible, recordados a todo pulmón por los muy visibles y fundamentalistas sacerdotes que dicen representarlo. Las razones para esta intervención divina las describe la antropología en tratados que van desde la economía hasta el control social. Sea cuál sea la razón, lo cierto es que los dioses tan dados a copular con vírgenes, son los que les dictan a las personas que los oyen qué hacer con su ingle.

Sin embargo, como con casi todos los imaginarios en los que se mueve la humanidad (las fronteras, el dinero, la clase, el destino, la superioridad racial o moral) los mandamientos de los dioses adquieren unos matices de trágica realidad en las manos de los más celosos y extraviados miembros de los muy reales humanos.

La masacre cometida en Orlando tiene ribetes trágicos y no solo por la cantidad de víctimas caídas –cuya cifra se posibilita al ilimitado poder de fuego al que tiene derecho un ciudadano norteamericano-, sino también en la paradójica discriminación que puede ejercer un discriminado. Un hijo de afganos, discriminados por su piel y su religión, que mata a 50 homosexuales latinos, discriminados por su piel y su preferencia sexual. Su padre no se explica de dónde salió su hijo así, si siempre le enseñó que “a los pervertidos solo los debe castigar Dios”…

De alguna forma a los humanos se nos ha enseñado a pensar más en nuestras diferencias superficiales –y muchas veces artificiales- como un factor que nos aleja y no que nos enriquece. Vemos nuestras diferencias como amenazas y no como una increíble fortuna, e incluso como nuestra más acentuada igualdad, pues todos, sin distingo, somos diferentes y en eso somos iguales. Iguales en la medida de nuestra impureza, de nuestra mezcla. Somos hijos del revoltijo de la sempiterna migración humana. Nuestras purezas son hijas de nadie y de todos.

La fotos de Spencer Tunick  es un poco una prueba de ello. Empelotos, sin distingos de ropas o etiquetas de identificación, no tenemos forma de saber de alcurnias, poderes, saberes o estilos. Solo humanos, todos tan lejos de los estereotipos, todos tan únicos y tan iguales en su singularidad.

Sin embargo el caso norteamericano es especial. En un documental de Michael Moore de 2002, Bowling for Columbine, sobre una masacre cometida por dos adolescentes en su propia escuela secundaria, llega a la conclusión de que la razón de que esas matanzas se presenten en esa nación no se hallan en la venta de armas libre, o en su historia bélica, o en su mezcla racial, sino en algo más profundo y más difícil de transformar y es en su modelo social fundamentado en el miedo, el consumo y en su ciega percepción de ser un país excepcional destinado por Dios a salvar al mundo aun a pesar del mundo mismo. La espada de un dios hecha país, hecha sociedad.

“No hay nada más peligroso que un estúpido con iniciativa”, reza un refrán moderno. Tal vez haya que adaptarlo al tenor de nuestros tiempos y dejarlo en “no hay nada más peligroso que un  fundamentalista con iniciativa y armas” y dejarle un adicional optativo para los profesionales del asunto que diga “y poder político”.

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