Haciendo malabares con la vida

La historia de Miguel Angel, un cucuteño que lleva el arte a los semáforos

Por: Manuela De Filippis Franco
noviembre 04, 2014
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Haciendo malabares con la vida
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Son las ocho de la mañana. Miguel Ángel, el niño que a los nueve años fue descrestado por los trucos de magia y el malabarismo que se presentaban en aquel circo que por primera vez visitaba su barrio de la ciudadela la Libertad, hoy veintitrés años después, se prepara para presentar su rutina, muy similar a la que vio en el pequeño circo de barrio, frente a los transeúntes y conductores que se dirigen a sus diferentes lugares de trabajo.
Miguel Ángel saluda al sol que todos los días presencia sus trucos de magia y sus malabares, un sol que hoy calienta a la ciudad como nunca antes en la historia. Un sol al que todos le huyen, pero que para Miguel Ángel es imposible evitar.

El hombre no usa un uniforme como las muchas personas que se detienen en el semáforo en el cual Miguel es protagonista todos los días. A este malabarista nunca le gustó ser como los demás, mucho menos vestir como ellos; esto fue precisamente lo que le llamó la atención de la vida cirquera, y por ello con tan solo diez años de edad, tomo la decisión más importante de su vida: escogió su profesión, ser malabarista.

Se fue con el circo que había llegado a su barrio. Abandonó a su familia, a la escuela, y desde luego al uniforme que tanto detestaba. Su mamá se opuso por completo. Ella le decía que mientras estuviera en Cúcuta podía hacer lo que quisiera, pero que no se fuera a otra ciudad a aguantar frío, hambre y peligros, sin embargo Miguel hizo caso omiso a los consejos de su mamá.

Su vestimenta para trabajar está alejada de ser un elegante traje, por el contrario prefiere usar la camiseta de su equipo favorito de fútbol, el de su ciudad natal, el Cúcuta Deportivo, y la combina con una bermuda para lidiar con los calores que agobian por estos días a la ciudad. Pero, particularmente y como a su alrededor hay más compañeros de oficio, este malabarista prefiere distinguirse de todos los demás y añade a su vestimenta un sombrero de color lila, que para nada combina con su ropa, y maquilla su cara como lo hacen los profesionales en sacar risas, sus instrumentos: un lápiz delineador negro, una nariz roja, y unas pinturas un tanto antiguas con las que pinta una gran sonrisa en su rostro.
Miguel Ángel paso muchos años de circo en circo, hasta que un día se cansó de que cada uno de sus tantos empleadores lo quisieran explotar, así que decidió independizarse, y trabajar en un sitio al que muchos le temen, pero que para otros no es nada más que su hogar: la calle.

Así, el malabarista regresó a su ciudad y se encontró con una madre enferma que al poco tiempo falleció, para él, como para cualquier otro fue un golpe emocional muy fuerte, tuvo que recibir atención psicológica para poder superarlo; pero lo logró, y ahora solo está dedicado a su esposa, a su hijo y a su profesión, porque para él aunque muchos no lo piensen, el malabarismo además de ser toda una profesión es también sinónimo de arte y cultura.

Ahora este hombre, lejos del circo y la explotación de sus dueños, se lanza a los semáforos que hace aguardar a centenares de personas que transitan por toda la diagonal Santander. El sueldo que recibe no es nada más que la ayuda que sus espectadores momentáneos deseen darle. Un día bueno para Miguel, pueden ser cuarenta mil pesos, dinero que invierte para la construcción de su casa ubicada más allá del barrio Molinos, bastante lejos del perímetro urbano; y para el sustento de su señora esposa y su pequeño hijo.

Miguel Ángel es un hombre con sueños y metas grandes, encaminadas a ayudar a la sociedad. Él no es el típico hombre de la sociedad capitalista cuyo fin es producir y producir para ser cada vez más rico. Para ello, todos los días en su barrio se acerca a los niños y jóvenes para enseñarles sus trucos de magia y a hacer malabares, esto con el fin de que los más pequeños no se vayan a acercar a los vicios que unos amigos años atrás le ofrecieron.

El malabarista despierta todos los días a las cinco de la mañana, para poder estar a las ocho de la mañana en su esquina de trabajo, su jornada tiene un receso a las doce del día, tiempo que aprovecha para ir hasta su casa, compartir con su hijo y dar las pequeñas clases a los niños de su barrio. A las cinco de la tarde regresa a trabajar, y este es su horario favorito para hacer trucos con fuego. Todos los días repite su rutina.

Piensa crear algún día su propio circo y una escuela de malabarismo; para ello ha buscado el apoyo del ministerio de cultura, y hace unos días viajó a Bogotá para desarrollar unos talleres con niños de barrios marginados, ese día mientras subía al avino sus ojos brillaban, pues decía que estaba cumpliendo uno a uno sus sueños.

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