Opinión

Guillermo Botero y la libertad de Colombia

Una sociedad civil indignada y con rabia, avergonzada también, llamó al gobierno a poner la cara por la muerte de los más débiles de todos, y al gobierno le tocó ceder

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noviembre 10, 2019
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Guillermo Botero y la libertad de Colombia
El debate se dio en el Congreso y en las redes sociales y se fue canalizando por medidas institucionales. Mindefensa renunció a su cargo. Foto:colombian.com.co

El asunto de la última columna era entonces una reflexión sobre el último libro de Acemoglu y Robinson y su relevancia para Colombia. La hipótesis con la que terminaba era, al menos para mí, sorpresiva: si Acemoglu y Robinson están lo cierto, y la libertad resulta de un balance de fuerzas entre un estado que tiene tendencia al despotismo y una sociedad civil que tiene tendencia a la anarquía, parecería que Colombia podría estar dando pasos en la dirección correcta, la de mayor libertad para su gente. La razón para sustentar la hipótesis era una mirada rápida a los resultados de las elecciones del domingo 27 de octubre. Ahí fue evidente que al menos en grandes ciudades -como Bogotá, Medellín, Cartagena, Bucaramanga, Cúcuta- fuerzas políticas por fuera de las estructuras tradicionales del poder derrotaron a grandes maquinarias.

Es importante explicar claramente por qué esas elecciones son razón para la esperanza: es justamente, a través de un momento fundamental de la democracia como las elecciones, que la sociedad civil en grandes números apoya un camino para que sea el propio estado el que se reforme. Es decir, la sociedad civil votando busca amarrar al estado despótico, representado en las maquinarias derrotadas, principalmente, máquinas de corrupción y clientelismo. Las razones del pesimismo serían otras señales -presentes sin duda en otras ciudades y departamentos del país-, las de una sociedad civil ausente y apática, o ya apabullada por la fuerza de la política tradicional que resulta invencible. Si los nuevos elegidos son capaces de canalizar con su acción el mensaje de la sociedad que los eligió, sus ciudades empezarán –y en algunos casos seguirán- recorriendo caminos de ruptura con la inercia del subdesarrollo.

En Colombia cualquier análisis puede ser obsoleto en una semana y, por supuesto, no tiene sentido hablar de libertad sin revisar lo ocurrido con el exministro de Defensa, Guillermo Botero. El asunto de las elecciones locales será otra vez aplazado para una próxima columna. Contrario a la probable intuición, creo que, en este caso también, hay razones para la esperanza. Veamos. El debate para la moción de censura convocado no generaba sino escepticismo. El mismo Botero y Alberto Carrasquilla ya se habían salvado de esas mociones. Además, el exministro, al fin y al cabo, ya había dicho que el asunto de la inseguridad en el Vichada era de robos de ropas extendidas y justificó de manera insólita el asesinato de Dimar Torres. No quedaba claro qué más podría hacer un ministro para probar su incapacidad, a todas luces algo irrelevante para Iván Duque.

Hasta que Roy Barreras tuvo su momento estelar: con claridad demostró que, en un bombardeo del ejército, habían muerto -por lo menos- 8 menores de edad. Duele escribirlo. La reacción inicial al ver el debate era que seguramente el ministro alguna explicación tendría, resulta que Iván Duque había declarado el día después del bombardeo que la operación que el mismo autorizó había sido “estratégica, meticulosa, e impecable”. Supondría uno que una operación estratégica, meticulosa e impecable contemplaría, como mínimo, una idea de a quién se estaba bombardeando. Pues no, acá fue quedando claro que no sabían, y que el asunto fue responder de afán a la declaración de guerra de Márquez y Santrich. Y quedaba también nuestra vergüenza con Angela Gaitán, Sandra Vargas, Diana Medina, José Rojas, Jhon Pinzón, Wilmer Castro y Abimiller Morales, algunos de los niños asesinados.

Increíblemente el ministro no respondió nada durante el debate. En la madrugada del día siguiente, cuando todos suponíamos que se venía una renuncia, lo que hizo el ministro fue dar una declaración unilateral en donde doblaba su apuesta y seguía defendiendo lo indefendible. El Estado colombiano no puede bombardear de la manera en la que lo hizo y, después de la tragedia, el paso urgente habría sido explicar y dar la cara. Ya para todos era evidente que el ministro había sellado su destino y era cuestión de tiempo su caída, tan claro era que hasta Cambio Radical, la U y los liberales se habían cambiado para el lado de las minorías que pedían, desde hace meses, la moción de censura. Cuando Cambio Radical, los Liberales y la U se van en contra de un ministro es que la cosa está grave.

 

 

Cuando puso la cara, después de tomarse una selfi alegre,
lamentablemente lo hizo para responder con un “¿de qué me hablas viejo?”
al periodista que lo interrogaba sobre el asunto

 

Vaya uno a saber qué se movía en Palacio de Nariño porque, como casi siempre, Duque naufragaba en medio de su insoportable levedad, y no daba señales de tener interés en, por lo menos, dar un abrazo de solidaridad a las familias de los niños asesinados en el bombardeo que ordenó. Es mezquino decir que Duque los asesinó, por supuesto, pero más mezquino es que no diera ninguna muestra de empatía y solidaridad con las familias a las que el estado colombiano, que el representa, ha olvidado desde siempre. Cuando puso la cara, después de tomarse una selfi alegre, lamentablemente lo hizo para responder con un “¿de qué me hablas viejo?” al periodista que lo interrogaba sobre el asunto. En su derecho a no responder, podría haber seguido caminando o dar algún gesto con la cabeza hacia abajo reconociendo el dolor sobre el que no ha querido hablar o, bien, coger el toro por los cachos y parar y responder, al fin y al cabo, ya había parado para la selfi. Nada de eso hubo, solo cinismo y arrogancia. Los gestos en el poder tienen consecuencias.

Ya con los hechos sobrepasando al presidente y su gobierno, se vino la renuncia del ministro y las posteriores declaraciones de Duque, sugiriendo homenajes y reivindicaciones. Está en su derecho de reivindicar una gestión desastrosa y desafiar con la propuesta de un homenaje justo en ese momento, pero, y ya parecía indolencia, ni una sola palabra para las familias víctimas del bombardeo. No notó Duque, ni su gobierno al parecer, que -en principio- el asunto no era contra él, ni contra el ejército, sino a favor de las voces de unos niños muertos, su región y su pobreza, que acá nunca escuchamos.

En medio del dolor, la esperanza resulta de la impresión de notar que, de nuevo, en este episodio el país puede haber recorrido unos pasos en el corredor de la libertad. Una sociedad civil indignada y con rabia, avergonzada también, llamó al gobierno a poner la cara por la muerte de los más débiles de todos. Y, aunque intentó resistir, al gobierno le tocó ceder. El debate se dio en el Congreso y en las redes sociales y se fue canalizando por medidas institucionales. Hubo vehemencia pero no violencia. Son pasos cortos, sin duda.

Las señales que de Iván Duque serán fundamentales para entender si lo que se viene es un retroceso más grande del incipiente avance. Quién nombre en el Ministerio de Defensa y en la terna para la Fiscalía marcarán el rumbo de su gobierno. Entiendo que, parecería, haber pocas razones para el optimismo: en el momento más bajo de su cortísima carrera política, Iván Duque no dio muestras de un solo milímetro de empatía. Esa no se puede fingir ni maquillar, infortunadamente para él. Anclado en su burbuja de escoltas que lo protegen, a lo mejor no nota que el debate, ahora sí, se va volviendo contra el mismo y lo que representa.

@afajardoa

 

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