Guía para convertirse en un profesor exitoso

'No se ponga de meta solo ser especializado en la docencia'

Por: Gustavo Yepes Londoño
julio 13, 2015
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Guía para convertirse en un profesor exitoso
Foto: tomada de internet

"Según me refiere un profesor amigo, en aquellas universidades públicas colombianas donde el salario permanece atado al número de publicaciones (fórmula infalible para el desastre) no es extraño encontrar profesores con salarios astronómicos sin más méritos que la capacidad para maquinar alianzas o la habilidad para saber explotar la producción sistemática de artículos de fabricación en serie. Y cuando de inflar el salario o el prestigio se trata, el proceso puede hacerse de manera expedita si la investigación se lleva a cabo entre grandes grupos de colegas para quienes el término “colaborar” pueda entenderse como la posibilidad de ser incluido como coautor de un determinado artículo en retribución por un favor equivalente". (Ziegler, Klaus, 'La ciencia en apuros'. El Espectador, Colombia, agosto 27 de 2014).

Principio fundamental:

Ha sido derrocado el orden imperante anterior según el cual unos pocos científicos dedicados y altamente dotados hacían investigación de verdad, es decir, que aportara nuevos conocimientos, mientras que un número bastante mayor de profesores universitarios que no pretendían ser investigadores en el sentido riguroso de la palabra, procuraba mantenerse actualizado en la frontera accesible de esos conocimientos, tenía real amor por el ejercicio de la docencia y se dedicaba a él asumiendo las múltiples y exigentes tareas que aquella implica. Ya no más: de ahora en adelante, todos los profesores universitarios aceptables para la academia-empresa hodierna, deben ser investigadores, gústeles o no. Ahora bien, como eso no es asequible en verdad, bastará con que todos ellos sigan procedimientos y formatos de informe -preferiblemente artículos, ponencias o patentes- estandarizados, de tal suerte que el criterio para validar esos aportes sea su conformidad o no con los dichos estándares y no necesariamente el examen de la originalidad de sus contenidos. Más aún, si alguien hace aportes auténticos a las ciencias o a las artes en verdadera ciencia paradigmática (como la llama Thomas Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas) pero no conforma su producto intelectual con las citadas normas estandarizadas ni supera las evaluaciones de los investigadores unidos en mayoría defensora de sus privilegios, será rechazado por la ciencia ordinaria (Kuhn de nuevo) como investigador.

Normas prácticas inferidas del nuevo estado de cosas:

No se ponga la meta de ser solo especializado en la docencia. Ese tal profesor que se proponía transmitir a los estudiantes el estado contemporáneo del conocimiento en su área y ayudarlos a formarse como buenos ciudadanos y profesionales e, incluso, potenciales investigadores auténticos, ya no será reconocido como profesor universitario aceptable y será ciudadano académico de segunda clase. El mejor ejemplo lo ha dado Colombia, donde tales enseñantes no pueden estar en una universidad sino como docentes de cátedra que trabajan a destajo y sin reconocimiento alguno en materia de escalafones permanentes y, claro está, sin tiempo para dedicar a sus estudiantes por fuera de las limitadas horas de clase, ni a su estudio personal para lograr mantenerse al día en el avance del conocimiento.

Dedíquese a acumular grados-diplomas, artículos, capítulos, ponencias, patentes y citas pero, ¡atención!: debe recordar siempre que no importan sus aportes en materia de originalidad y creación de conocimiento sino la posibilidad de añadirles adjetivos como internacionales, reconocidos en los índices dominantes, indizados (ahora se usa, entre nosotros, una mezcla de idiomas: indexados). Ante la dificultad práctica (para los administradores, nó para los académicos verdaderos) de determinar el verdadero valor y nivel de conocimientos de los profesores, la academia universitaria lo decidirá por medio de índices o instrumentos fijos: los diplomas de pregrado, maestría, doctorado o postdoctorado y el número de artículos, ponencias y citaciones o patentes. Todo ello implica que usted debe acometer un plan de relaciones de élite sine quo non: cartas de recomendación de investigadores ya reconocidos, para los directores de revistas bien aprestigiadas y puestas en listas oficiales, además de componendas de mutua cooperación con otros investigadores: yo te invito, tú me invitas a tu importante congreso; yo te cito, tú me citas en los artículos que escribamos en las revistas indizadas; yo evalúo tu artículo con benevolencia y, si fuere necesario, lo aceptaré contra la evidencia intelectual objetiva de su demérito, para que tú obres recíprocamente; yo seré coautor de tu artículo y lo serás del mío. Y si alguien viniera a tratar de cambiar el paradigma al que tú y yo damos vuelta con tan pingües resultados honoríficos y contantes-sonantes, ya nos encargaremos ambos de apartarlos del camino de la mayoría impositiva que representamos. Porque, como podemos leer enseguida:

“Algunos duplicaban su salario en apenas un lustro. También se conformaron carruseles, como en política: un profesor ponía como coautor intelectual de un artículo a un colega y éste le retribuía poniéndolo como autor de los propios, de tal modo que ambos recibían el premio. La tentación de aumentar el sueldo mediante publicaciones era tan grande que algunos no aguantaron: hubo plagios descarados e impunes. Aún hoy, trabajan en la Universidad de .... profesores que fueron denunciados por plagiar un libro entero, lo que no les ha impedido ser decanos y tener registrados en Colciencias dos grupos de investigación clasificados por esta institución en las más altas categorías de calidad.” (p. 3. Arango, Pablo. 'La farsa de las publicaciones universitarias'. Revista El Malpensante. No. 97, Mayo de 2009, Bogotá).

No se dedique a campos como las ciencias puras. Los grandes descubrimientos y creaciones no han comenzado como anteproyectos sometidos a la aprobación de comités de investigación: no los habrían entendido ni considerado pertinentes o útiles y habrían sido rechazados.

"A medida que el neoliberalismo va tomando por asalto cada una de las dimensiones de la vida humana, en palabras de Chomsky, la devastación del sistema educativo se hace cada día más evidente. Tampoco se escapan del desastre las denominadas ciencias básicas o 'puras', cuyo menoscabo se ve reflejado en la disminución progresiva de los estímulos destinados a la investigación, especialmente en aquellos campos del conocimiento alejados de la realidad más inmediata." (Ziegler, El Espectador, ibidem)

Si usted ya es directivo universitario, debe buscar imponer este sistema en su universidad. Déje el romanticismo a un lado: la investigación no es la herramienta para ensanchar el reino del acercamiento a la verdad: se trata de un negocio para las universidades, que deben tratar de escalar en el escalafón o ranking internacional de la academia dominante; y también es un negocio para los profesores que se acojan, dócilmente pero con provecho, al sistema imperante.

Si usted ya es director de revista "científica" especializada, debe intentar llegar al corazón de las agencias nacionales e internacionales dominantes, que hacen los índices o listas de las publicaciones periódicas aceptadas por ellos y, en consecuencia, por las universidades mismas dominadas por el debido respeto al lucrativo negocio de la investigación internacional y de los rankings, en un status dominante en nombre, me imagino, de la Realpolitik.

Si asiste a congresos científicos, no olvide que ellos son parte del juego moderno de la cienciometría prevaleciente. Hay, por lo menos, dos clases de ponencias: las de aquéllos que pertenecen a la cima o al penúltimo piso del sistema, que hablarán ex cathedra sin ser verdaderamente cuestionados; y los demás, de edades juveniles o maduras y hasta provectas, que tendrán veinte minutos para exponer asuntos supuestamente complejos y diez minutos para responder preguntas, en unas sesiones harto menguadas, tanto en duración como en asistencia de oyentes supuestamente pares, sesiones por las que han pagado una inscripción y que no servirán otro propósito que dar derecho a recibir un diploma de asistencia y a que su ponencia o el resumen de ella sea publicado en una edición física o digital que, si no tuviere asignado un número de ISBN o ISSN, no tendrá aceptación en el club de los académicos privilegiados ni producirá efectos en el escalafón de la universidad respectiva.

Las universidades saben muy bien -podemos suponerlas sagaces y avisadas- cómo es este juego pero, como ninguna tiene vocación de suicida, sería impensable suponer que se opondrán a una máquina demoledora universalmente concertada ante la cual son poca cosa, si no del todo insignificantes. Por otra parte, las universidades que ocupan los primeros puestos de la lista y que podrían poner en apuros el sistema no van a renunciar a tan altos honores para asumir una causa de muy dudoso éxito después de todo el camino recorrido bajo la aceptación de las premisas y criterios a los que se han plegado y en cuya confección han participado.

Gene Bunin, estudiante de doctorado de la prestigiosa Escuela Politécnica Federal de Lausane, en un artículo-carta titulado "He perdido la fe en el mundo académico", afirma:

Mientras que podría dar una multitud de razones para abandonar mis estudios - algunos más concretos, otros más abstractos - la motivación esencial surge de mi conclusión personal de que he perdido la fe en el mundo académico de hoy como algo que trae un beneficio positivo para el mundo o para las sociedades en las que vivimos. En cambio, estoy empezando a pensar en él como una gran aspiradora de dinero que se lleva subvenciones y escupe resultados nebulosos, impulsada por personas cuya principal preocupación no es avanzar en el conocimiento y lograr un cambio positivo, aunque pueden hablar de tales cosas, sino agrandar su currículum y propulsar/mantener sus posiciones académicas.

¡Adelante entonces con el mercadeo de su condición de profesor universitario forzosamente investigador! Ánimo y a la conquista de las listas de privilegiados por medio de las relaciones públicas y privada. ¡Publicar o perecer! Sí, pero solo aquello que pueda ser calificado como investigativo a la luz de la ciencia ordinaria dominante y bajo sus precisos estándares.

Recuerde que el contenido es mucho menos importante que el formato.A quienes no estén de acuerdo con el sistema, arguménteles que el proyecto investigativo de hoy dejó de ser individual y ya no es posible sino colectivamente y, si le responden que los grupos de investigación deberían tener cabezas que efectiva, arriesgada y autorizadamente dirijan el proceso de pesquisa de un colectivo, dígales que está de acuerdo y que, justamente, así es como debe ser, mientras piensa para sus adentros que ello tiene como fin el que ellos trabajen, no para apoyarlo ordenadamente en la búsqueda de acercarse a la verdad científica sino para hacer el trabajo por usted, la cabeza; la misma que se llevará los méritos, los puntos en el escalafón y los consiguientes mejores salarios y asignaciones presupuestales y, con buena suerte, algún descubrimiento auténtico de algún subordinado, que pasará a ser suyo de usted.

Ya que llegaste al doctorado, no vas a echarte atrás por pamplinas como la honradez intelectual y la coherencia académica, ¡vamos!

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