Opinión

Gritarle ¡rata!, ¡cucaracha! o ¡sabandija!

Siente uno deseos de gritar, así sea ¡arracacha!, a muchos políticos en Cartagena por sus actos en contra de la población, por su corrupción que debería castigarse en las urnas

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septiembre 18, 2019
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Gritarle ¡rata!, ¡cucaracha! o ¡sabandija!
Simancas, Cáceres, Merlano, se encuentra uno a esta clase de corruptos por todos lados

Escribe el cronista Martín Caparrós que el actor Ernesto Imas, y la novelista Liliana Heker le contaron sobre la presencia del dictador Jorge Rafael Videla, por las calles de Buenos Aires. “Queríamos que se supiera, nos parecía terrible que este hombre anduviera trotando por acá como si nada hubiera pasado”. Fue el pedido al cronista.

La historia completa está en el texto titulado Videla boca abajo, publicada en 1991, momento en que Videla disfrutaba de un indulto concedido durante la presidencia de Carlos Menem, a pesar de haber sido condenado a cadena perpetua en 1985.

“Cuando lo vi por primera vez no lo pude creer”, cuenta Caparrós que Imas le dijo.

Aunque la frase suene a lugar común, fue la primera que al actor se le vino a la mente cuando estuvo frente a ese asesino, autor de crímenes de lesa humanidad, desapariciones, apropiación de menores, fusilamientos, homicidios selectivos y otras atrocidades, trotaba con la serenidad de los cínicos.

“En realidad no lo vi —aclara Imas— lo escuché. Estaba haciendo flexiones y de pronto escuché una voz muy seca, muy cortante, que me dice: ‘Buenos días, señor’. Ahí levanté la cabeza y lo vi, y creo que todavía me dura la impresión”.

Caparrós, con la curiosidad del periodista y la ironía que caracteriza algunos de sus textos, va en busca de “El ex general, ex presidente, ex salvador de la patria, ex convicto y ex asesino Jorge Rafael Videla”, escribe.

Ese único encuentro lo resume así: “Hacía rato que yo caminaba a su lado. Él forzaba el paso y fingía no escucharme. Yo gritaba:

—¿Pero no le preocupa estar así en un lugar público?

—¿Usted tendría miedo?

Yo no he hecho lo que usted ha hecho.

—Son cuestiones de criterio.

Dice ahora, tajante, sin haberme mirado ni una vez, y se larga a correr, revoloteando las piernas flacas”.

Más adelante Caparrós describe: “Usa un short azul, una camiseta celeste y en la mano tiene una toalla que se pasa de tanto en tanto por la frente. Para un señor de sus años y sus muertes, su estado físico es notable. Aunque el sudor y la agitación le marcan las venas de las sienes, que palpitan como si prometiera un estallido”.

El final de la crónica, luego de comentar una variedad de visiones sobre cómo lo ve la gente  que se encuentra con el dictador en Cangallo y Costanera, Caparrós remata la crónica de la siguiente manera. Dice que lo espera, y lo ve llegar por una glorieta y vuelve a retomar las ideas inconclusas del primer diálogo. Hay nuevas evasivas y Videla huye. Caparrós afirma que “por respeto me parece que debería gritarle algo” y lo hace: ¡Asesino!

Esa crónica de Caparrós, la he tenido en la cabeza desde que vi por primera vez a Libardo Simancas caminar campante, moviendo sus muñecas de forma circular, rodeados de amigos, en los senderos peatonales de la bahía de Manga, con una bermuda blanca de tenista y un suéter con cuello.

Simancas fue condenado a tres años y siete meses por sus alianzas y pactos con los jefes paramilitares del Bloque Héroes de los Montes de María, para llegar a la Gobernación de Bolívar en 2003. Hechos que se originaron en el denominado pacto de Barranco de Loba, municipio de cantos de tambora, ubicado al sur del departamento de Bolívar, en la depresión Momposina.

Como detalle final y solo para tener claro la calidad de ser humano de Simancas, en 2011, durante las audiencias ante la jurisdicción de justicia y paz, Uber Banquez, alias Juancho Dique, quien lideró la masacre de Chengue, entre otras atrocidades, confesó que Simancas le suplicó que le permitiera hacer política en sus territorios. Juancho Dique fue condenado por la masacre de Chengue, ocurrida la madrugada del 17 de enero de 2001. Fueron 28 personas asesinadas, más de 100 familias desplazadas y un pueblo que jamás recuperó sus dinámicas familiares y laborares.

En la sentencia proferida por la Corte Suprema, que condenó a Libardo Simancas, sobresale el testimonio de un líder comunal que narró detalles sobre cómo se realizó aquella reunión. Ocurrió en cercanías de Pueblito Mejía, corregimiento de Barranco de Loba, reconocido territorio de sus extensos cultivos de coca, y que cambió la música de acordeón por los llamados corridos prohibidos, que impuso (a muerte y fuerza) la estética paramilitar. En el testimonio, el líder aseguró que en la reunión estuvieron también, entre otros nefastos, Vicente Blel, William Montes y Miguel Ángel Rangel, líderes hoy del partido conservador, al parecer, con intereses en la candidatura de William García a la alcaldía de Cartagena.

 

Es gente, que como a William Montes, se puede uno encontrar trotando,
en cercanías del Muelle de la Bodegita, sonriente,
con la esperanza de llegar a la alcaldía y retomar sus caminos perdidos

 

Es gente, que como a William Montes, se puede uno encontrar trotando, en cercanías del Muelle de la Bodegita, con una bermuda marrón un suéter cremita, sonriente, con la esperanza de llegar a la alcaldía y retomar sus caminos perdidos.

Puede uno caminar por la calle de La Moneda y ver cruzar en trote desarticulado a Javier Cáceres Leal. La sala penal de la Corte Suprena de Justicia encontró que promovió grupos paramilitares a cambio de que lo respaldaran con sus amenazas e intimidaciones a la población para que votaran por él.

Siente uno deseos de gritarle algo, así sea ¡arracacha! por sus actos en contra de la población, porque está claro que en las maneras de hacer política lo que menos importa son las necesidades de la gente.

Gritarles ¡asesino!, porque promovieron el mal, alentaron la corrupción y se fermentaron en el poder hasta corromperse de la manera más baja, y con una vileza que no tiene par.

Se encuentra uno a esa clase de corruptos por todos lados.

Hijos de corruptos y de parapolíticos…

Chicos con nombre como Andresito, Miguelito, Vicentico o Yamilito se pueden ver comiendo chicharrón en la subida de Turbaco, o en los altos de San Cayetano, hablando por teléfono de votos y dineros, pero nunca sobre la manera de servir a la gente.

Las últimas investigaciones del columnista y politólogo Ariel Ávila y la Fundación Paz y reconciliación demuestran que la peor forma de hacer política está de regreso. Alianzas criminales con delincuentes sin rostro y estructuras legendarias están retomando sus poderes, aquellos adquiridos en los tiempos del paramilitarismo, respaldado por el discurso de “los buenos muertos”.

Es ese panorama, siente uno que de nada vale gritarles ¡rata! ¡Cucaracha! o ¡sabandija! Porque nada pasa. Si condenas como la proferida contra Aida Merlano son una excepción, no la constante.

Las recientes proclamas en medios sobre el historial de la calidad de los corruptos, debería castigarse y sentirse en las urnas, por lo menos en  Cartagena, en donde las candidaturas son tan nefastas que sería mejor dejar las urnas solas en respuesta a sus torcidas prácticas, quizá sea esa la mejor forma de gritarles.

 

 

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