Golpe certero en el Parque La Estancia de Yopal

Un relato que toma lugar en las calles de la capital de Casanare

Por: Juan Carlos Niño Niño
mayo 18, 2021
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Golpe certero en el Parque La Estancia de Yopal
Foto: Street View

Entre las décadas de los setenta y los noventa, el Parque La Estancia fue el inolvidable Terminal de Transporte de Yopal, en donde los universitarios a altas horas de la noche aguardábamos la salida de los buses de Autoboy y la Flota Sugamuxi para Bogotá, más exactamente en un kiosco que quedaba contiguo a la humilde construcción.

Esta última —iluminada por dos bombillos de 20 vatios— contaba con dos ventanillas para los pasajes, y otra que entregaba y recibía las famosas “encomiendas”, sin faltar una pequeña caja abierta de madera que estaba expuesta al público –sobre el mostrador de las ventanillas— en donde cualquiera podía escarbar un cúmulo de cartas y entonces verificar si era uno de los afortunados destinatarios.

El kiosco era casi el último coletazo de la parranda decembrina, en donde un par de cervezas era el cierre del Festival El Cimarrón de Oro y las verbenas populares en el Parque Ramón Nonato Pérez –con la presencia de la agrupación sogamoseña “Los brujos de Colombia”, que interpretaba los temas bailables de las grandes orquestas a nivel nacional e internacional— para entonces asumir el síndrome post vacacional y prepararse para iniciar la agotadora jornada universitaria en Bogotá.

Esa jornada iniciaba con ese interminable viaje nocturno de casi doce horas en el bus, en donde despertábamos al amanecer con los pies helados entre Tocancipá y La Caro, sin quedar otro camino que arroparnos aún más con la gruesa cobija roja que prestaba generosamente la empresa Autoboy.

En una de esas esperas de la salida del bus en el kiosco, presencié una corta pero impactante escena, que ha quedado registrada durante estos treinta años de manera cinematográfica en mi mente —en cámara lenta—, que conviene contarla dentro de lo que he llamado “la identidad y sentido de pertenencia” por nuestro entrañable Yopal.

A las 10 de la noche en el kiosko, un par de cervezas disipaba entonces el malestar por la partida de mi pueblo y la efectiva comprobación de haber perdido para siempre a mi “primer amor” –una bella colegiala del Centro Social, que ahora andaba con un profesor del Colegio Juan Pablo II—, cuando al frente, en la esquina del Banco Colmena, donde estacionaban los taxis, un “criollo” en estado de embriaguez alzaba los brazos y desafiaba a la pelea a uno de los conductores.

El criollo era diminuto y enclenque, pata al suelo, con tez trigueña, ojos café y un singular “bigote” de Cantinflas, quien lucía un desgastado sombrero de fieltro, camisa corta y pantalón de dril escalzurriado; mientras que su eventual contendor era de estatura mediana, con una camiseta blanca ajustada que denotaba su descomunal musculatura —una papaya en cada brazo— quien tenía facciones de ecuatoriano –ojos medianos rasgados y un pelo negro aplanado, con una partitura en la mitad— quien parado de manera distraída al lado de su taxi, trataba de ignorar los contantes empujones del criollo.

El insistente reto del hombre pata al suelo no era suficiente para convencer al taxista, quien se alejó unos metros, abrió la puerta del conductor y se recostó sobre esa parte del vehículo —con los brazos cruzados— a lo que el criollo corrió tambaleante, agarró la punta de la puerta y se la tiró con todas sus fuerzas, logrando lastimar de manera considerable al conductor, quien se repuso casi de inmediato, se acercó aún más al criollo y le propinó un golpe rápido y contundente en el rostro.

El criollo se desplomó al instante, totalmente inconsciente en el trayecto de la caída —como un bebé dormido— hasta tal punto que no debió sentir el tremendo totazo cuando llegó al suelo, quedando tendido boca arriba, bajo el escrutinio de ese cielo estrellado que aún se podía observar en la población de piedemonte.

El compañero de juerga —otro criollo— se le acercó tambaleante y para despertarlo le echó sin piedad toda su cerveza en la cara, mientras los labios del criollo hacían burbujas y sus ojos se abrían de manera lenta y desconcertada, sin saber en dónde estaba ni mucho menos lo que le había pasado.

Al cabo de unos minutos, recobró totalmente el conocimiento y cayó en cuenta que había sido derrotado de manera fulminante por nocaut, a lo que se incorporó tan rápido como pudo, se subió su escalzurriado pantalón y se reacomodó el desgastado sombrero de fieltro, para alzar de nuevo los brazos en señal de pelea y gritarle al conductor que la contienda apenas comenzaba:

¡Acomódese, cuñado!

El otro criollo entendió la locura del perdedor, lo cogió del cuello de la camisa y se lo llevó como una marioneta por el callejón destapado y oscuro, que llevaba al ahora desaparecido y mítico “Caño Bollero”, en donde muchos jugamos a los pistoleros, en los lejanos y maravillosos años de nuestra infancia.

Coletilla. La estruendosa bocina del bus de Autoboy me apresuró a montar al vehículo y buscar el respectivo puesto, sin poder evitar la constante risa por la pelea del criollo con el taxista, hasta tal punto que olvidé la tristeza por la partida de Yopal y la pérdida de la bella colegial del Centro Social, para después caer en un profundo y agradable sueño, hasta cuando sentí los pies helados al amanecer entre Tocancipá y La Caro.

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