Opinión

El general Naranjo y su reto difícil

Está claro que en manos de la politiquería tradicional no tendremos futuro como sociedad, pero este hombre valioso tiene que cuidarse de quienes estén interesados en neutralizarlo

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abril 27, 2017
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El general Naranjo y su reto difícil
Óscar Naranjo, vicepresidente de la República

La designación de Óscar Naranjo como vicepresidente de la República, suscitó reacciones destempladas en sectores de la política tradicional. Algunos heliotropos de estirpe grecoquindiana pertenecientes al Centro Democrático, lo descalificaron por una supuesta actitud reprochable cuando siendo teniente de la Policía le tocó intervenir en los acontecimientos del Palacio de Justicia.

Otros oficiantes de la política pertenecientes a la gobiernista Unidad Nacional, descalificaron sotto voce el nombramiento usando argumentos confusos cuando no contradictorios. Unos y otros respiraban por esa herida incurable que es la envidia. No concebían que el segundo cargo más importante de la Nación pasara a ser desempeñado por un personaje ajeno a la politiquería tradicional, que es la causante de nuestras desgracias y la verdadera dueña de Colombia.

Óscar Naranjo tiene tres características que resulta oportuno recordar. La primera: se trata de un ciudadano cuya trayectoria militar lo ha mantenido alejado de los intereses y las marrullas de las miserias politiqueras. La segunda: ha demostrado ser un servidor público consagrado, con una hoja de servicios intachable y resultados ciertos en el desempeño de sus responsabilidades. La tercera: su trayectoria ha estado signada por el compromiso de construir confianza entre el Estado y los gobernados; entre los ciudadanos y la autoridad, aspecto este que debió gravitar de manera determinante para que el presidente Santos lo eligiera como su eventual reemplazo.

La construcción de relaciones de confianza no ha sido una simple pose en la vida de Naranjo. Recuerdo cuando siendo coronel llegó a dirigir la Policía Metropolitana de Cali. Eran momentos en que toda suerte de reclamos justificados llovían sobre el desempeño de la institución. La actitud del nuevo comandante fue la de actuar con sentido autocrítico y oír a la gente. Para esto decidió derribar las barreras que pudieran existir  con la ciudadanía. Naranjo abandonaba muy temprano su hogar para dirigirse sin escolta, como cualquier paisano, a las barriada de la ciudad. Obtenía información de primera mano sobre el desempeño de los mandos y efectivos a su cargo y con el tiempo se ganó la amistad y el respeto de los habitantes.

Más tarde como Director General repetiría constantemente que su propósito principal era el de lograr una policía nacional honorable, transparente, digna de credibilidad. Y es opinión aceptada que durante esa época aquel propósito se logró. Comenzamos a ver en los policiales servidores honestos, creíbles, comprometidos con el bienestar de los ciudadanos.

En el propósito de materializar la paz nunca como ahora  fue tan necesario contar con un gobierno digno de confianza. Un gobierno capaz de inspirar y liderar, de generar consensos y convergencias. Un gobierno respetuoso de las instituciones, coherente y eficaz en sus estrategias de gestión, libre de reparos al no permitir el uso de recursos públicos para comprar gobernabilidad. Pero lastimosamente ese no es el tipo de liderazgo que los colombianos perciben. Según la encuesta YanHaas de esta semana, solo el 16 % de la población aprueba la gestión del presidente Santos y su gabinete. El 90 % de los habitantes siente que la economía está estancada o en retroceso, y el 77 % piensa que en general vamos por mal camino.

Es precisamente esa dificultad para generar credibilidad y confianza la gran mácula de la administración actual. Cada día encontramos nuevos síntomas de que se quisiera cambiar la institucionalidad por la puerta de atrás. Cada día avanzamos por las arenas movedizas de la falta de claridad sobre las normas que nos rigen en lo fundamental. Esa es la excrecencia que a un patriota como Óscar Naranjo, han llamado a perfumar.

Pero Naranjo es un hombre auténtico, no se presta al maquillaje ni a los sahumerios. Por eso lo suyo es transformar realidades. Su camino debe ser lograr que el gobierno cambie la manera de conducirse, actúe en forma tal que los colombianos puedan volver a tener confianza, dejen de mirar con sospecha y reservas aquello que viene de los altos despachos. De paso esa transformación permitiría gestar el respaldo de opinión indispensable para consolidar el proceso de paz. Este no puede dejarase  languidecer  por cuenta de las incertidumbres y torpezas que cada día manan del alto mundo oficial.

 

La cuestión de fondo es si a Naranjo le van a dar juego verdadero,
si se va a aceptar su protagonismo para incidir
en la toma de medidas que impulsen la relegitimación de la administración

 

La cuestión de fondo es si a Naranjo le van a dar juego verdadero, si se va a aceptar su protagonismo para incidir en la toma de medidas que puedan impulsar esa relegitimación de la administración ¿O acaso lo convertirán en un elemento más en la decoración del escenario; un talismán inanimado del que solo importa su valor simbólico unido a un conveniente silencio? Quiera Dios que el vicepresidente pueda sacudirse de las rejas que quieran reducirlo a unas pocas tareas.

El trasiego de Óscar Naranjo por el escenario político apenas comienza. Más allá del actual período está llamado a grandes responsabilidades al lado de los ciudadanos. Estos cada día ven más claro que en manos de la politiquería tradicional no tendremos futuro como sociedad. Pero aquel hombre valioso tiene que cuidarse de quienes puedan estar interesados en  neutralizarlo. Podría terminar quemado para siempre, dejando el recuerdo de ser un buen tipo que terminó como perfumador fracasado.

 

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