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Gabito tenía mucho de mi abuelito

“Gabo me recuerda a Tulio Ramón Caro Herrera. Aquel hombre que me enseñó que el caballo blanco de Simón Bolívar era blanco, que este comía yerba como una vaca”

Por: Andrea Caro Martinez
Noviembre 17, 2017
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Gabito tenía mucho de mi abuelito

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y como la recuerda para contarla”

Gabriel García Márquez, en su libro Vivir para contarla, nos transporta al pasado para revivir con él aquellas anécdotas que construyeron al nobel colombiano de literatura.

El primer lugar a visitar en el libro, la barranquilla de colores. Allí recuerda quién es su madre, de dónde viene y en qué punto de su vida está. Aquel hombre de veintidós años con bigote silvestre, cabellos alborotados, pantalones de vaquero, camisas de flores equivocas y sandalias de peregrino. Salió a la casa en donde su vida y el propósito de esta, surgió.

En la casa de los abuelos aprendió que el vivir es más que respirar, comer y dormir… sino que es recordar lo que hacemos y contarla de la manera más real posible, porque así, los demás podrán revivir nuestras aventura con la ayuda de la imaginación.

No voy a relatar el libro, espero que lo compren o lo presten o lo descarguen y se lo lean, porque es un libro para vivir y recordar.

“Los abuelos son magos que crean recuerdos maravillosos para sus nietos” —Desconocido.

Este libro me transportó a la Colombia bipartidista, al plomo incesante, a los café con debates, a la lectura de majestuosos poemas, de amigos íntimos pero lejanos, de ricos humildes y de colombianos generosa, leal y amorosa. Esa Colombia que muchos desechan por el plomo y otros añoran por la belleza de su historia. Además, me llevó a las historias de mi abuelo, esas anécdotas locas que revivimos en la sala de su casa, en el carro, en los viajes y en cualquier lugar que estemos juntos.

Gabo me recuerda a Tulio Ramón Caro Herrera. Aquel hombre que me enseñó que el caballo blanco de Simón Bolívar era blanco, que este comía yerba como una vaca en Caracas y que era un líder más que libertador. El que no solo arregla carros por profesión sino todo lo que encuentre dañado. El que me canta boleros, porros y rancheras, cada vez que me lleva en su carro y que me recita poemas aprendido en los años de juventud. El que regaña fuerte pero con sinceridad y verdad; quien me alcahuetea cada cosa y que me reprende con sermones sobre la importancia de las verduras. Quien me enseñó que la perseverancia y el amor son claves en la vida…

Tulio no se rinde sino que busca una solución. El que se baila una fiesta de principio a fin, solo, con pareja o con muchas parejas. Ese hombre que a todos les grita “pollo” para saludarlos. Que ayuda al más necesitado. El que con su carácter fuerte, ama con intensidad a cada miembro de la familia; al que muchos llaman papi pero yo lo llamo abuelito y el a mí, la belleza de abuelo.

La historia de Gabo nace en un pueblo, Aracataca y Tulio en Bajo Grande. Dos hombres amantes de la buena lectura, de las historias que esconden los pueblos, de un buen café en compañía de bueno conversador y parrandero de sangre; amigos incondicionales y familiares en todo momento. Asimismo, con un carácter del carajo (como diría el señor Tulio).

Narradores del pasado, vividores del presente y creadores del futuro. Con una imaginación capaz de crear y reencarnar historias con realismo mágico. Sin embargo, humanos cometedores de errores y a veces errores garrafales; pero siempre buscando con la ayuda de los demás esa salida triunfal.

Colombianos de sangre y huesos, de realismo, de magia, de historia, aprendizaje, de música, café, alegría, parrandas, de luchas, caídas y triunfos; de familia…

Hombres así, el tiempo los crea y el tiempo se encarga de descontinuarlos. Hoy en día los jóvenes no tienen aventuras, porque no salen a buscarlas, no le cantan al amor, a los amigos, a la vida, sino que le cantan agraviando a la mujer, a las drogas, a la vida sin sentido. No disfrutan de un buen café, que es placer de la vida sino que lo toman como energizarte para soportal el día a día. Esos días que se tienen que vivir como si no hubiera un ayer. No conversan sino que discuten y gritan falacias. No cantan…

/Para la gallina el maíz, pa los pollos el arroz/

//Para las viejas los viejos, para las muchachas yo//
/Una vieja me dio un beso, que me supo a cucaracha/
//que vieja tan atrevida donde había tanta muchacha//

/Yo Salí de Cartagena, directo pa barranquilla/
//a comprarte una cadena que te llegue a la rodilla//

Sino que cantan… “Yo nunca olvido la primera vez que yo te llegué a comer
Y sigo recorriendo tu piel
Fumando y bebiendo rosé
Y ahora que…
Te tengo de espalda tú mirándome la cara mojándote
Sigo recorriendo tu piel
Fumando y bebiendo rosé
Ie e eee”

Entre gustos no hay disgusto y eso no se puede discutir. Pero como dice el maestro Rubén Blades…

“¿a dónde van los desaparecidos?
busca en agua y en los matorrales
y ¿por qué es que se desaparecen?
por qué no todos somos iguales
y ¿cuándo vuelve el desaparecido?
cada vez que lo trae el pensamiento
¿cómo se le habla al desaparecido?
con la emoción apretando por dentro”

Nosotros somos los responsables que nuestra historia y tradición, no desaparezcan hasta el punto de morir. Recordemos quienes somos, de dónde venimos y para dónde vamos. Así como Gabo recuerda:

Mi madre me pidió que la acompañara a vender la casa. Había llegado a Barranquilla esa mañana desde el pueblo distante donde vivía la familia y no tenía la menor idea de cómo encontrarme. Preguntando por aquí y por allá entre los conocidos, le indicaron que me buscara en la librería Mundo o en los cafés vecinos, donde iba dos veces al día a conversas con mis amigos escritores. El que se lo dijo le advirtió: “vaya con cuidado porque son locos de remate”. Llego a las doce en punto. Se abrió paso con su andar ligero por entre las mesas de libros en exhibición. Se me planto enfrente, mirándome a los ojos con la sonrisa pícara de sus días mejores, y antes que yo pudiera reaccionar, me dijo; “Soy tu madre”.

Algo había cambiado en ella que me impidió reconocerla a primera vista. Tenía cuarenta y cinco años. Sumando sus once partos, había pasado diez años en cinta y por lo menos otros tantos amamantando a sus hijos. Había encanecido por completo antes de tiempo, los ojos se le veían más grandes y atónitos detrás de sus primero lentes bifocales, y guardaba un luto cerrado y serio por la muerte de su madre, pero conservaba todavía a belleza romana de su retrato de bodas, ahora dignificaba por un aura otoñal. Antes de nada, aun antes de abrazarme, me dijo con su estilo ceremonial de costumbre: “Vengo a pedirte el favor de que me acompañes a vender la casa”.

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