Fernando Botero: 87 años, 70 de carrera artística y un documental maestro

“Botero, el provinciano que conquistó la historia del arte”, (JGCB)

Por: Ricardo Rondón Chamorro
Abril 20, 2019
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2Orillas.
Fernando Botero: 87 años, 70 de carrera artística y un documental maestro
Fotos: Wikimedia Commons. HitchHikersHandbook.com - C.C. 3.0 / Roel Wijnants - C.C. 2.0

El 19 de abril de 2019, el maestro Fernando Botero completó ochenta y siete años de vida, y setenta años de carrera artística, de cuando se inició, aún adolescente, como ilustrador en el periódico El Colombiano.

Y Botero, no obstante la gloria como el pintor vivo más conocido y admirado del mundo, sigue siendo el mismo: empezando por su desabrochado acento de paisa provinciano que no ha perdido, pese a haber vivido la mayor parte de su existencia fuera de Colombia, y esa naturalidad y sencillez que aturde en un artista de su dimensión y prestigio: el mismo que se escabulle de una pomposa inauguración en París, Londres o Pekín, para compartir en nicho aparte unos aguardientes con una pareja colombiana que ha ido a ver su obra.

Pero fundamentalmente el Botero que no para de trabajar con el rigor y la rutina de siempre. “Mi vida es pintar”, lo ha repetido muchas veces, con la justificación de que el noventa por ciento de su éxito como pintor tiene que ver con su férrea voluntad y disciplina, y el diez restante, con la inspiración.

No creo que haya un colombiano con uso de razón que desconozca a Botero. Cualquiera de a pie, a quien se le pregunte, en la región más remota de la geografía, responderá automáticamente: “Sí, el de las gordas”, aunque el maestro esté agotado de corregir que él no pinta gordas ni gordos, sino que su propuesta es una exaltación de la forma y la belleza a través del volumen, con la ironía y el sarcasmo que lo han caracterizado.

Así como hay Boteros en los museos y en la galerías más selectas del orbe, se pueden encontrar a granel sus reproducciones o imitaciones en lugares y espacios insospechados: en las moradas humildes de Antioquia siempre habrá un Botero en la sala, en medio del Sagrado Corazón, el afiche enmarcado del Nacional o del Medellín, y un carriel que pende de un clavo de acero con herradura de mula.

En los mercados artesanales aledaños al Museo del Oro, o en el Pasaje Rivas, en Bogotá, los ferian en lienzos de diferentes formatos, o en esculturas de barro cocido, resina o balastro. Una cuadra abajo del Museo que lleva su nombre, del Banco de la República, un artesano ambulante de años exhibe preciosos retablos de sus bañistas en bronce.

Ni se diga en Medellín, su plaza, por la avenida La Playa, en el parque Berrío, en Cisneros, en Bolívar, o en el Parque Lleras, donde hasta hace un tiempo se ubicaba un imitador especializado en Pedritos, el del soldadito, uno de los motivos de mayor demanda.

De ahí que Botero, en su mayestática universalidad,  sea el artista de todos, sin distingos sociales: en las cumbres inalcanzables para muchos donde lo ha llevado el arte y su obsesión por el trabajo, o en las veredas y montañas del terruño que lo vio nacer, las de sus ancestros arrieros, la de su madre costurera que se debatió con esfuerzos para ofrecerle una vida digna y un plato de comida a tiempo.

Por eso Botero sigue aferrado a su comarca, por más que lleve años viviendo al otro lado del océano, en ese tránsito itinerante de sus talleres de pintura o escultura, en Mónaco, en Pietrasanta, en la isla de Evia, en Grecia; en París o en Nueva York, o de regreso a Rionegro, Antioquia, en su casa campestre donde acostumbra sus retiros en la contemplación con el verde de sus montañas perfumadas de albahaca, y ese inevitable ejercicio que es recapitular en su pasado, en sus orígenes, en la raza.

Como lo atestigua el poeta y ensayista Juan Gustavo Cobo Borda en el apartado que le dedica a Botero en su libro Mis pintores:

“La pintura de Botero proviene de la tierra, de su provincia, de su terruño, de su región, pero ahora ha quedado allí, inmóvil y atemporal. El arte la volvió universal”.

Y así lo atestiguan innumerables libros, ensayos y catálogos que se han escrito y difundido de su magna obra, en sus setenta años de trayectoria artística. Botero es el pintor congénito de la aldea de su nacencia, el gran cronista de su realidad, el mentor inagotable de su espíritu lúdico,  pero también el notario silente frente al lienzo de su destino violento, de sus guerras y masacres, de sus bandidos y cuatreros alucinados de poder y riqueza.

“Como si se trata de comics sangrientos, con su hilo narrativo bien explícito, a Fernando Botero le encanta narrar su novela por entregas. La de los obispos en viaje a remotos concilios, con sombrilla para pasear por bosques encantados. La del hombre al borde de la piscina desde donde verá desfilar las pesadas musas de su deseo. Gigantas y enanos, putas y oficinistas, reyes y pintores, bufones, músicos, alcahuetas y borrachos que duermen debajo de las camas de hierro o apuran con ojo bizco el último trago de la última botella de ron o aguardiente, como se encarga de precisarlo el pintor con todas sus letras”, apunta Cobo Borda.

Como si se tratara de una matrioshka con toda su fuerza y esplendor volumétrico, sería interminable nombrar la cantidad de Boteros que han iluminado por décadas la idiosincrasia y los tópicos sociales de sus pinturas: desde un llano desayuno de enamorados en el césped, pasando por sus salones de bailes, sus sensuales bañistas, los toros, toreros y muletillas de su aplaudida serie, sus dulces y conmovedores Pedritos, sus cargueros de flores, sus curas y obispos que en procesiones ascienden con sus cristos y santos por calles  adoquinadas y estrechas; la golosa policromía de sus bodegones y frutas, sus alegres y coloridos burdeles, y sus eternos funerales en gris plomo, todo en su conjunto humano y geométrico, sin proponérselo, como una parodia macondiana.

“Color de pueblo -continúa el poeta y ensayista-, de desfile de silleteros en Medellín, bajados de las montañas con sus cargas de flores, o de acuático mercado floral en Xochimilco. Colores en los que el mal gusto es elevado a detonante explosivo que, sin embargo, se atempera dentro de la sobriedad de una estricta composición. Con esa claridad arquitectónica que lo distingue logra que sus azules y sus rosas, sus grises y sus naranjas terminen por ceñir un mundo que ya le es propio: el del provinciano que conquistó la historia del arte”.

Botero el hombre, el amoroso padre y esposo, el provinciano universal, el pintor, el escultor, el inagotable narrador desde la potestad del volumen, el carismático filántropo, el generoso donante de arte -de su propio arte- y de los grandes pinceles en la historia del arte en museos de Bogotá, Medellín, en Santiago de Chile; el dadivoso maestro en la enseñanza con sus discípulos del taller de Pietrasanta. Botero, el artista que ha perfilado su inmortalidad con su paleta básica de colores.

“Desde hace muchos años trabajo con cuatro colores que son el amarillo ocre, el azul cobalto, el rojo cadmio y el verde esmeralda. Y el blanco y el negro. Punto. No más. Y todo sale de ahí”.

“Emerge de ahí esa Antioquia aislada entre montañas de donde salió Fernando Botero, y como lo dice Carlos Jiménez Gómez en su libro Notas de pueblo en pueblo (1976): ‘De  Medellín se sale siempre para volver, y como a una periferia concéntrica’. Por ello quizás su escenario más feliz y más jocundo lo constituyen, sin lugar a dudas, esos viejos burdeles del barrio Lovaina en Medellín, en donde se amontonan sus figuras al hacer que el espacio se vea invadido por cuerpos en constante expansión. Un cabal ejemplo, la Casa de Amanda Ramírez, en donde el fortachón de pantalones marrones y chaqueta verde sostiene al hombro, como figura de circo, a la redonda mujercita de medias grises y sexo diminuto”, reseña el poeta.

El maestro llega a los 87 años con la volumétrica satisfacción del deber cumplido, lúcido y por sus propios medios, con una memoria admirable de añoranzas, de cuadros de infancia, de registros, nombres y fechas precisos en el transcurrir de sus provechosos días, desde mucho antes que su amor por el arte, su esfuerzo y su talento le confirieran la consagración temprana. Botero, piedra angular del arte colombiano, y como tal, el pintor colombiano más reconocido y admirado en el mundo.

Botero, el documental

Qué mejor y oportuno regalo en su efemérides que el de su documental: Botero: una mirada íntima a la vida y a la obra del maestro, del director canadiense Don Millar, una cuidadosa y reveladora pieza cinematográfica, que a manera de diario en minucias, resalta algunos de los momentos claves de un rodaje que se extendió a lo largo de diecinueve meses en diez ciudades relacionadas con el genio, el trabajo y la grandeza del pintor antioqueño.

Como fotógrafo, pintor y escritor, pero también como miembro directivo de la Galería de Arte Contemporánea de Vancouver, Millar -reconocido por documentales como Oil slick (2016), en el que hace una profunda crítica a un tema candente como el cambio climático; y Full force (2016), un biopic sobre la estrella del rugby Harry Jones, entre decenas de proyectos- hace un paneo intimista alrededor de los aspectos más significativos de la vida y obra de Botero, ligado a más de veinte años de apego con el artista y su prole.

Bitácora del documental
Por: Don Millar
Mayo 2017 – Roma

“Fue una lucha reunir a nuestro equipo en Roma, la primera parada de la que sería una maratón por carretera. Sin embargo, lo conseguimos… Fue mi oportunidad de ver de cerca por primera vez algunas de las cosas más improbables que había escuchado sobre Botero.

Descubrí que, como a muchas familias, a los Botero les encanta pasar el rato juntos, excepto que este día lo hicieron rodeados por el caos de una gran exposición organizada. Antes del espectáculo, vi el entusiasmo juvenil que el maestro le imprime a su trabajo, mientras decía cosas como mira este verde que tengo que usar.

Necesitábamos capturar esta energía y entusiasmo… (después de inaugurar la exposición y cortar) la cinta, se dirigió hacia el interior, donde fue acosado y sometido a selfie tras selfie tras selfie.

Fue allí donde supe que uno de los cuentos populares que había escuchado era, de hecho, cierto: se quedó cinco o diez minutos y se dirigió a una destartalada oficina para disfrutar de un whisky o dos con algunos colombianos visitantes”.

Mayo 2017 – París

“Viajé a París a planear el documental con Lina (su hija). No lo sabía entonces, pero esos dos días de trabajo resultaron críticos para nuestro éxito. Lina había recolectado veinte piezas de video: un par de décadas en cintas de VHS y DVDs de noticias, películas y otros que habían sumado polvo en un estudio del maestro en el que durante años no había trabajado. “Los cargamos en bolsas de lona y nos dirigimos a través de un tráfico miserable, con un taxista aún más miserable, a un estudio de digitalización suburbano”.

Deseé haber llevado una cámara a este lugar viejo y en mal estado mientras Lina fotografiaba obsesivamente cada parte del contenido y le recordaba al gerente escéptico una y otra vez lo importante que era realmente este material.

Yo no lo sabía en ese momento, ¡pero ella tenía toda la razón! Este contenido, junto con otro similar en Nueva York, proporcionó la mayoría de nuestro material de archivo”.

Julio 2017 – Florencia y Pietrasanta

“Lo más destacado para mí fue la instalación donde Botero almacena cientos de modelos de yeso para sus estatuas… Deambulé por el lugar en un estado de ensueño. Simplemente no podía creer nuestra buena fortuna. Yesos blancos, paredes blancas y Lina en un traje blanco. Si hubiera un lugar mejor para contar la historia de la transición de Botero a la escultura, simplemente no podría haberlo imaginado”.

Octubre 2017 – Nueva York

Lina y Juan Carlos nos invitaron a unirnos a ellos en Nueva York mientras preparaban un inventario de las obras de Botero en su estudio de Nueva York y en una bodega. Tuve problemas para dormir la noche anterior. Luego vi con asombro cómo hijo e hija abrían carpetas que contenían material en bruto que su papá había cerrado en 1960 o 1961.

Piénsalo: un padre de treinta años hace dibujos, bocetos y notas, los guarda ¡y sus hijos mayores lo descubren más de 50 años después, con las cámaras rodando! Fue un momento increíblemente emotivo para ellos, y también para nuestro equipo y para mí”.

Octubre 2017 – Nueva York

“Me encanta filmar en Nueva York porque las personas tienen opiniones firmes y no son tímidas al compartirlas. La doctora Rosalind Krauss es una de las voces académicas más importantes del mundo sobre arte contemporáneo y nuestro equipo la había visto destrozando el arte de Botero en la década de 1990.

La rastreamos para ver si algo había cambiado; la respuesta fue enfáticamente “no”. En la película, sus opiniones son duras, pero en persona no podría haber sido más amigable; incluso trajo una presentación de PowerPoint sobre el escultor Richard Serra para educarme sobre “un verdadero artista”. (Por otro lado) habíamos intentado ubicar al galerista italiano Sandro Manzo sin éxito. Lo llamé y me dijo que podía hacer la entrevista, pero solo en ese momento. Reveló una historia divertida tras otra, frente a una hermosa pintura al óleo de 400 años y habló sobre el lugar de Botero en la historia. Casi nos lo perdimos”.

Abril 2018 – Colombia

“Un día duró una expedición para encontrar la casa de la infancia de Botero en el Barrio Boston de Medellín. La dirección que buscamos resultó ser una clínica veterinaria. Estaba cerrada. Finalmente, nos dimos por vencidos y volvimos al autobús con nuestros guardaespaldas.

Dos horas sin nada que mostrar excepto una mirada interesante en una parte de la clase trabajadora de la ciudad. Aunque no encontramos la casa de Botero, Medellín es un lugar donde puedes encontrar su presencia en muchos rincones, incluso en el periódico El Colombiano, donde fuimos recompensados ​​con bocetos que dibujó Botero a sus 18 años para ayudar a su familia a llegar a fin de mes.

También en Medellín descubrimos un hermoso mural horizontal pintado por Botero en la década del 50, escondido en el segundo piso de un edificio en ruinas, rodeado de vidrios rotos, a pocas cuadras de un archivo de recortes de prensa meticulosamente mantenidos y fotografías que documentan la estrecha conexión del maestro con su ciudad natal, incluso cuando alcanzó la fama”.

Julio 2018 – Botero reacciona a BOTERO

“El maestro Botero no vio la cinta sino hasta finales de julio, cuando Lina se lo envió a Sophia en una memoria. Sabedor de lo perfeccionista que es, estábamos nerviosos como el infierno. El día se volvió dos y luego tres y no supimos nada.

Mantenía los dedos lejos de WhatsApp y de la tentación de chequear los seguimientos. Por fin recibí un correo electrónico de “Fernando Botero” lleno de cumplidos y pensamientos amables. Pensé que era Fernando, el hijo, y no entendí por qué me decía tantas cosas. Hasta que entendí quién era”.

Botero, el hombre y el maestro al cine, en sus 70 años de vida artística

Este 19 de abril el maestro Fernando Botero, pintor, escultor, filántropo y el artista colombiano más grande de todos los tiempos, cumple 87 años de nacido y 70 de vida artística.

Para celebrarlo, llega a las pantallas de Cine Colombia la cinta documental, Botero: una mirada íntima a la vida y obra del maestro, pactada en salas de Cine Colombia entre 11 y el 19 de abril, dirigida por Don Millar y producida por Lina Botero, hija del artista, con una duración de ochenta y dos minutos, resultado de diecinueve meses de rodaje por una decena de capitales, tiempo en el que se recopilaron enormes horas de grabación, que sumadas a material inédito y de archivo, bordan el documento más interesante y valioso que se haya hecho con el genial artista.

“Queremos ofrecer una visión íntima de la vida y obra de Fernando Botero y compartir con el público una historia conmovedora inspiradora, de una persona que empezó de la nada, con la única claridad de que quería ser artista”, expresa Lina Botero sobre el contenido del documental.

“Esta pasión tan absoluta fue la que le permitió aferrarse a sus convicciones artísticas y lograr sobresalir en el mundo del arte, a pesar de que muchas veces tuvo en contra las corrientes predominantes de su tiempo”, agrega.

¿Cómo fue el proceso de rodaje?

“Esta película es el fruto de más de dos años y medio de trabajo. Filmamos durante diecinueve meses en diez ciudades del mundo y acompañamos a mi papá en algunos de los momentos más importantes de su carrera reciente, como lo fue su exposición en China, a la que asistieron más de un millón y medio de espectadores y en la exposición Botero dialoga con Picasso, en Aix-en-Provence en el sur de Francia. Después del largo recorrido nos metimos a la sala de edición que es donde realmente nace un documental.

¿Cómo fue el trabajo con el director Don Millar?

Admirable. Tiene un gran talento, visión, inteligencia y sobre todo flexibilidad, porque como decía antes, un documental requiere mucho trabajo en la sala de edición y después de una primera versión de la cinta viene la crítica, los comentarios y volvernos a meter en la sala, hasta que finalmente logramos esta versión que creemos que realmente capta la esencia de lo que es mi papá como persona y como artista.

Háblenos del balance del documental entre la vida personal y artística del maestro

La película es muy comprensiva, aparecen más de 305 obras en la pantalla, de esculturas, oleos, pasteles, acuarelas, dibujos a tinta china, lápiz y más. Muestra todas las facetas de él como artista y su maestría en esta gran cantidad de técnicas, lo que es inusual entre los artistas contemporáneos. La película también lo muestra a él como ser humano, en familia, a nivel profesional, en público, en inauguraciones, en la intimidad de sus diferentes estudios. Creo que el espectador va a descubrir muchas facetas de Fernando Botero, que no conocía.

¿Cuál fue la opinión del maestro sobre el documental?

Mi papá inicialmente no quería hacer parte del documental, le parecía una pérdida de tiempo, y aparte de eso, como todos los grandes artistas, es muy pudoroso a nivel personal y prefiere expresarse a través de su obra. Fue todo un trabajo de convencimiento pero logramos que nos colaborara en todos los momentos que le pedimos. Al final quedó muy contento con el resultado, le parece que sí recoge la esencia de su trabajo y lo que es él como persona: modesto, accesible y muy sencillo.

Este es Botero, un colombiano universal, en diez pinceladas:

  1. Nació el 19 de abril de 1932 en Medellín. A los 4 años muere su padre. A los 12 se acerca al mundo de la tauromaquia, pero su vocación artística predomina. A los 16 años empieza a trabajar en el periódico El Colombiano como ilustrador de la edición dominical.
  2. Como si estuviera signado por la estrella de la buena fortuna, en 1951 realiza su primera exposición individual en la Galería Leo Matiz, de Bogotá. Apenas tenía 19 años. A los 20 años obtiene el segundo lugar en el Salón de Artistas Colombianos por su pintura Frente al mar, una obra poderosa que ya da muestras de sus temáticas y de su futura paleta de colores.
  3. Con la vocación clara, viaja a Madrid (España), ese mismo año. Cursa estudios en la Academia de San Fernando y en la Academia de San Marcos, en Florencia. En 1953 se muda a París y pasa la mayoría de su tiempo en el Museo del Louvre, donde aprende de los grandes. Al año siguiente viaja a Italia para estudiar las obras de los maestros del Renacimiento.
  4. Con 24 años llega a vivir a Ciudad de México. Un año después pinta una mandolina que se convierte en el génesis de su estilo volumétrico. Ese año pinta tres acuarelas con el mismo estilo, basadas en las ideas de Bernard Berenson y su elogio del volumen.
  5. En 1957 presenta en Washington su primera exposición individual. Lo hace en la Pan-American Union, y la crítica lo acoge. Hay rasgos expresionistas, figurativos y cubistas en esos trabajos de entonces, así como un uso de una paleta más oscura.
  6. Un año después pasa a ser profesor de pintura en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Colombia, gana el Salón Nacional de Artistas con Camera degli Sposi (Homenaje a Andrea Mantegna), una interpretación libre del trabajo del artista italiano. En 1960 se muda a Nueva York y su buena racha no para: gana el Guggenheim National Prize. La mejor noticia de su vida llega en 1961, cuando el Museo de Arte Moderno de Nueva York compra su obra La Mona Lisa de doce años.
  7. En Nueva York, Botero se consagra. En la década de los sesenta hace la primera exposición en Europa, en Baden-Baden (Alemania), y realiza, en el Museo de Arte Moderno, la exposición Inflated images con el estilo volumétrico que lo haría un ícono en el mundo: Ahí están presentes casi todos los rasgos de su obra posterior.
  8. En 1974, la muerte de Pedro, su hijo, a los 4 años, marca su vida y su obra. Botero pinta bodegones, cuadros religiosos, temáticas taurinas, flores, frutas, retratos, temas políticos, imágenes costumbristas, entre muchas temáticas más. Su producción comienza a ser prolífica y su obra cobra más color.
  9. En la década de los noventa, sus esculturas monumentales copan los espacios públicos de las principales ciudades del mundo. Es invitado a exponer en los museos más importantes. Dona 203 obras al Banco de la República (123 de ellas, suyas) y 114 obras suyas al Museo de Antioquia. También hizo donaciones de obras al Museo Nacional y Museo de Arte Contemporáneo de Chile.
  10. Cuando cumple 80 años, en 2012, el Ministerio de Cultura lo celebra en todo el país y declara sus obras como “bienes de interés cultural”. Poco después Botero conquista un país que se le resistía: China, con 96 obras de gran formato en Beijing y 150 obras en Shanghái. Más de 30 millones de aficionados visitaron la exposición.

Las cinco claves de la obra de Botero

La idea popularizada del artista que pinta ‘gordas’ es simplista: Botero se la ha jugado por expresar el volumen como parte de la sensualidad y la monumentalidad. En pocas líneas, esta es la apuesta del artista y la razón por la que su obra impactó en el planeta.

A sus casi 87 años, Fernando Botero cree, con la firmeza de los arrieros que forjaron su carácter antioqueño y con el empuje heredado de su madre costurera que sacó la familia adelante en una época de pobreza absoluta, que el 90 por ciento de su talento viene de su fuerza de voluntad y de su consagración obsesiva a la pintura, y apenas un 10 por ciento de su inspiración.

No es una frase de cajón en él. Lo cree realmente, y para demostrarse a sí mismo que es cierto, da ejemplo de ello noche y día: no para de trabajar con sus pinceles.

  1. Botero cree en la importancia de ir contra el orden establecido y apuesta por la rebeldía. Sus figuras volumétricas, o ‘gordos’, son una ruptura en el arte convencional que han definido un estilo y han marcado una época.
  2. Su uso del volumen representa también el espíritu expansivo de los antioqueños y de las familias grandes, como la suya, que se reúnen para departir y dialogar.
  3. Cree, asimismo, en la sensualidad del volumen como una forma de expandirse hacia los otros. El volumen, adicionalmente, refleja la amplitud de un hombre que no tiene límites en su generosidad: entre 1990 y 2000 donó más de 300 obras suyas y de otros grandes artistas al Museo de Antioquia y al Museo del Banco de la República (hoy Museo Botero) en Bogotá.
  4. Fernando Botero ha trabajado muy duro. Empezó vendiendo cuadros en un almacén cuando aún era un adolescente y sus primeras ilustraciones las hizo para el diario El Colombiano. Sobrevivió vendiendo copias de grandes artistas a las afueras del Museo del Prado, en Madrid. Hoy calcula en más de 3.000 pinturas y 300 esculturas sus obras realizadas.
  5. Ha tocado todo tipo de temáticas, buena parte de ellas de forma crítica, como su mirada sobre la Iglesia, las guerras o el país. La tauromaquia, los bodegones, las referencias a sus autores favoritos, como Goya, Velásquez, da Vinci, Van Gogh o Raphael han quedado plasmadas en sus cuadros.

“Botero, el provinciano que conquistó la historia del arte” (Juan Gustavo Cobo Borda)

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