Expresidente Uribe, ¡que venga el 2022!

"Esos comicios pueden ser un punto de inflexión: en esa fecha el establecimiento puede perder el poder... ya el 2018 dio una campanada"  

Por: Emilio Lagos Cortés
octubre 16, 2020
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Expresidente Uribe, ¡que venga el 2022!
Foto: Facebook @CeDemocratico

El expresidente, exsenador y expresidiario Uribe ha regresado a la actividad política con un discurso agitador que tiene como principales elementos la propuesta abierta de eliminar a la Justicia Especial para la Paz (JEP) y el grito de miedo en torno a la supuesta amenaza castrochavista de cara a las venideras elecciones presidenciales del año 2022.

Es un hecho evidente que su oposición al proceso de paz con las Farc, más que con elementos de fondo, tiene que ver con el hecho de que fue Santos y no él quien logró materializarlo. Durante sus gobiernos Uribe trató varias veces de iniciar negociaciones con la entonces guerrilla; fue ésta la que se negó a negociar con Uribe; existen declaraciones públicas de Uribe donde expresa que era necesario entregarle participación política a la guerrilla que se desmovilizara; durante los acercamientos con esa guerrilla puso en libertad, sin ningún tipo de condicionamiento, a más de doscientos guerrilleros detenidos en las cárceles, entre ellos a Rodrigo Granda, entonces el guerrillero de mayor rango en manos del estado; Granda regresó a la clandestinidad y a las filas guerrilleras. De manera que la oposición de Uribe al proceso de paz es solo una cuestión de ego y de uso oportunista de un discurso que cala en parte de la población colombiana.

Otro aspecto que resaltó la más reciente aparición de Uribe es el miedo al coco del castrochavismo, reencauche del viejo coco del comunismo con el que han asustado a los colombianos desde el siglo pasado. El fantasma del comunismo mató a Gaitán, amenazó la democracia, invadió a los movimientos sociales, sean estudiantiles, sindicales, campesinos o indígenas. Luego el coco mudó ligeramente y fueron las guerrillas comunistas el nuevo fantasma con el que asustaron a Colombia. Con tal excusa legitimaron el paramilitarismo, y Uribe ascendió a las más altas posiciones del poder. El balance para Colombia fue nefasto, cientos de miles de muertos, millones de desplazados y despojados de sus tierras, millones ocupando los cinturones de miseria, y la sociedad en general desprovista de derechos sociales económicos y políticos.

Pero una minoría ha sacado provecho de esos fantasmas. Desde hace décadas unas pocas familias se consolidan como poseedoras absolutas del poder y la riqueza. Casi todo político en ejercicio o retirado, resulta propietario de grandes fortunas, de haciendas, y de casas de campo. Sus hijos, de un momento a otro, resultan millonarios a partir de modestos emprendimientos que se transforman en zonas francas y centros comerciales. Familias enteras se adueñan de la contratación estatal (esta semana se han conocido los múltiples contratos en cabeza de familiares y del entorno de la senadora Paloma Valencia).

El poder de la clase política colombiana se ha construido a la sombra de gritos contra fantasmas del comunismo, el castrochavismo y, ahora, el prechavismo. Hasta el momento les ha dado resultado. Ahora Uribe grita “cuidado con el 2022”. Tiene razón, el 2022 puede resultar un punto de inflexión; en esa fecha el establecimiento puede perder el poder. Ya el 2018 dio una campanada.

Pero Uribe engaña a Colombia. No es que en el 2022 se pueda perder la democracia colombiana, que, por demás, nunca ha existido, más allá de ser una forma de reparto del poder entre las elites políticas. Lo que puede pasar en el 2022 es que un proyecto progresista acceda al poder. Un proyecto que tenga conciencia de los problemas del país, y la voluntad política de intentar solucionarlos. Que se proponga desarrollar y proteger la producción nacional, reconocer derechos como salud y educación universales, que proteja el medio ambiente como la mayor riqueza del país para la presente generación y para las futuras, que restituya las tierras a los campesinos despojados y, mediante la reactivación de su producción, garantice la soberanía alimentaria, al tiempo que la convierta en base para la generación de empleo y de una industria ligera orientada a los mercados interno y externo.

Uribe, ese culebrero experto en vender humo, intenta convencer a los colombianos de que si él pierde, Colombia pierde. Falso, desde hace décadas el destino de la clase política ha estado divorciado del destino de la mayoría de colombianos; por eso, a esas élites les ha ido muy bien, aunque al país le haya ido muy mal. Los colombianos deben entender que su futuro está relacionado con la satisfacción de sus necesidades y el reconocimiento de sus derechos, no con la apropiación de los discursos de derecha y estigmatizadores que ocultan la realidad y solo benefician a los que comercian con lo público.

Uribe, habiendo pasado un par de meses bajo la condición de reo, está aterrorizado ante la posibilidad de que, perdiendo el poder, y con el ascenso de fuerzas políticas progresistas, sea llevado a rendir cuentas ante la justicia por episodios pendientes de su pasado, que se remontan a sus días de la Aerocivil, sus tiempos de gobernador y los muchos episodios oscuros de sus dos presidencias. En su mente resulta incomprensible que sea él y no Iván Cepeda quien sea sentado en el banquillo de los acusados.

Por todo lo anterior, él grita “cuidado con el 2022”; pero los colombianos tienen razones de sobra para decir “venga el 2022”.

Adenda. De cuando en cuando a un periodista se le queda el micrófono abierto y se evidencia que están para tapar ciertas verdades de los poderosos, hay cosas que “no se pueden decir”.

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