Europa en efervescencia: prima la inestabilidad y las ideas equívocas

El futuro es incierto, la recesión amenaza y no hay líderes políticos capaces. Son tiempos de caos, donde la gente aguarda entre incrédula y ansiosa

Por: Francisco Henao
agosto 26, 2019
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Europa en efervescencia: prima la inestabilidad y las ideas equívocas
Foto: Pixabay

Para Hubert Védrine, exministro de Asuntos Exteriores de Francia: “Occidente ha sido tan arrogante los últimos 30 años, imponiendo con tanta arrogancia sus valores al resto del mundo, que es necesario reexplicar el abecé de las relaciones internacionales” (Le Figaro, 16 agosto). Ese puede ser el problema de Europa, su arrogancia, hasta el punto de perder su visión, que la lleva a encerrarse en sí misma. Es desviarse del pragmatismo para caer en el idealismo. Se fija el pensamiento en el cielo y olvidamos tener los pies en la tierra. Se pierde el contacto con las cosas, los objetivos se desdibujan, los demás se transforman en vagas sombras brumosas. El tú es abandonado y se da prevalencia al yo, que crece omnipresente, estableciéndose en todos los rangos de la existencia. Esto se puede presentar a nivel individual, social, comunal, societario, elitista, nacional. El arrogante vive para él, los demás son sus satélites. La arrogancia europea, teniendo en cuenta que eso que llaman ‘Occidente’ se identifica con ‘Europa’, viene de presumir un pasado glorioso repleto de claroscuros, donde lo bello y lo deplorable se imbrica, a esa idea hermosa le sucede una refriega bárbara. La historia europea está plagada de lo mejor y de lo peor. Que si se sopesaran en una misma balanza, lo apropiado sería hacer a un lado la arrogancia, considerando su improductividad que la convierte en un estado existencial desvalorizado. No aporta nada, estorba. Es un peso que debilita. Es un impedimento no un activo.

Los 30 años de Védrine nos ponen frente a dos hechos históricos que cambiaron la historia: la desaparición de la Unión Soviética de Lenin, Stalin, Brézhnev y Gorbachov, y el final de ese monumento que marchitó y entristeció a Europa, el Muro de Berlín. Nunca debió haber sido, pero fue. Aquellos momentos le dejaron al mundo un planteamiento inútil e inconsecuente por haberse incubado en las desaconsejables aguas de la arrogancia, el capitalismo aplastó al socialismo. Fue la idea jubilosa lanzada a los cuatro vientos, más como un acto de soberbia, y como una toma de posición de lo que vendría, es decir, yo soy el ganador y los demás a callar. Que se sepa, el triunfalismo más bien aporta poco, puede alejar de lo razonable y desorientar a sus acólitos.

Mucho antes de la caída del muro, Europa se dedicó a construir su sueño forjado al calor de la necesidad, era imposible no realizarlo después de los escombros sangrantes que 1945 dejó al descubierto, la única vía posible era la integración. Sus mentores eran hombres que habían aprendido la lección extraída de las ruinas humeantes que las bombas habían provocado: las cenizas son el fracaso del hombre, hablan de estupidez, arrogancia, obstinación, inclemencia; nunca más cenizas. No había otra alternativa si se quería ser consecuente: aquello que nos desunió y nos condujo al odio y la destrucción, debe ser lo mismo que ahora nos debe unir y lanzarnos a vivir en un mundo dialogante. La idea cristalizó, se expandió y echó a volar. Hacer y construir la actual Unión Europea ha costado tiempo, trabajo, dinero. Llegar a juntar 28 naciones en un proyecto común implicó un camino largo, arduo, nada fácil crear una arquitectura jurídica, institucional, filosófica, programática, financiera donde el euro se constituyó en el núcleo del proyecto que, para bien o para mal, usan unos 350 millones de europeos de 19 países.

El euro, como en general todo el conjunto europeo, es un proceso inacabado, no lo han querido abordar y su implementación para que tenga en cuenta las diferencias de gobernabilidad de la zona, se posponen una y otra vez, los bancos centrales no tienen autonomía sobre sus políticas monetarias y por ello algunos países hablan de recuperar la moneda propia, hay que bajar los déficits de armonización. Las tareas se acumulan, se dejan pendientes, a los más de 700 eurodiputados no les alcanza el tiempo para su resolución, o se aplazan porque el nivel de incompetencia no les permite visualizar la urgencia de poner fin a esa idea perniciosa de una inoperante burocracia, formada por 33.000 funcionarios que a lo mejor no saben exactamente cuál es su función y se interfieren unos a otros, generando el desconcierto que lleva a la parálisis. Así problemas tan vitales como el euro continúan sin ser determinado en sus alcances y límites y produciendo sospechas de que algunos países salen más favorecidos que otros por su uso.

Hoy la idea que se trata de vender e imponer en Europa es la de su unidad, que camina maltrecha y va bien aporreada. El arribo a la presidencia de Francia de Emmanuel Macron le dio preeminencia, la puso en el candelero de la opinión pública. Su disputa con Marine Le Pen —quien primero habló de salir de la UE, y luego de la necesidad de su reforma— lo llevó a erigirse como el defensor de lo que amenaza zozobrar. Los populistas no terminan convencidos de su utilidad y la usan para desprestigiarla y así favorecer sus intenciones políticas. La abrupta salida del Reino Unido fue un golpe de gracia, no sorpresivo sino largamente anunciado, pero que al concretarse hizo sonar todas las alarmas. Bruselas sabe muy bien que esto se podría convertir en el comienzo del fin. En cualquier caso, quitó la respiración a todos los europeístas. Abrió un enorme boquete en el barco que afectó la línea de flotación, sus capitanes, quizás como Edward Smith, se confiaron y se durmieron en los laureles pensando que ya conocían mejor que nadie la ruta de navegación. Se dio por hecho que la Unión Europea era una panacea en sí misma, la arrogancia se apoderó de sus estructuras, los objetivos se perdieron en los cajones, olvidó que lo más fácil, cuando se acumula tanto poder, es evadirse de la realidad. La política se reduce a ser sierva de sus egoísmos y el ciudadano queda convertido en una disfunción que perjudica sus ambiciones.

Al llegar a los 60 años, una edad ya definitivamente respetable, no terminada sino en expansión, la Unión Europea celebró su cumpleaños con bombos y platillos en Roma, 2017, el Papa inició la fiesta con un discurso en la Capilla Sixtina. Era para celebrar la unidad, motivo de júbilo, pero mesurado porque a este encuentro no acudió Theresa May, que con su ausencia recordaba el dolor y la tristeza del brexit, pero Juncker obvió la situación y se declaró optimista. Dijo a los 27 jefes de Estado que si la nueva declaración se firmaba con el bolígrafo correcto, Europa estaría unida los siguientes 100 años. La declaración final se firmó con el mismo bolígrafo ‘correcto’, traído de Bruselas, con que se firmó el tratado inicial en 1957, también en Roma y en la misma Sala de los Horacios y los Curacios. La nueva Declaración de Roma consignaba que todos avanzarían juntos.

Juntos pero con matizaciones, puesto que el mismo Juncker había declarado los días previos a Roma, que se trataba de caminar juntos, “pero a velocidades distintas”, esto no estaba contemplado seis décadas atrás. Las diferencias han establecido una nueva realidad, la praxis imprime otra dinámica. Lo que antes unía hoy aleja. Si la moneda única era saludada como un advenimiento brillante, ahora provoca fricciones, despierta la nostalgia de la moneda nacional. Reino Unido no renunció a la libra, lo que la liberó de un peso gravoso. La corona sueca siguió vigente. ¿Croacia haría bien en adoptar el euro? La libre circulación de personas se volvió un arma arrojadiza, se configuró de tal modo que empujó al Reino Unido a recuperar sus fronteras. Orbán ha colocado las suyas. Salvini no deja llegar barcos con refugiados a las costas italianas. Si la migración se acentúa, Schengen podría tener los días contados. El libre movimiento de mercancías y servicios, que eran dos de las cuatro grandes libertades que aportó la UE, siembra perplejidad al provocar desempleo en Polonia y en las repúblicas del Báltico, su producción es incapaz de competir con las grandes marcas europeas.

Ay, señor Juncker, usted pensando en “100 años” y la casa ardiendo. Esto exaspera la efervescencia en Europa, que hierve a más de 2.000°C, derrite las ideas tanto sublimes como viles, lleva a los más bellos sueños y a los más macabros planes. Nada se resiste al destino imprevisible. Mire al señor Juncker, estaba feliz de vacaciones en Austria hace una semana y, cataplán, de pronto resultó en Luxemburgo: una operación de urgencia para extirparle la vesícula biliar. Y aún no ha entregado oficialmente la presidencia de la Comisión. Sería muy arriesgado apostar a que en 20 años la UE sigue en pie, como está hoy. Priman los intereses disímiles, se libran distintos pulsos por el poder, el narcisismo es la principal virtud de los líderes de hoy. Los Boris, los Emmanueles, los Matteos, los Viktors, los Pedros —en otro momento hablaremos del rey de reyes, adivinen adivinanza— rezuman de sí mismos, dan su vida por brillar en las portadas, acarician las adulaciones a tutiplén. Son los protagonistas de The Wolf of Wall Street, el poder no los colma, se esconden de lo anónimo, quieren dominar y atar con sus hilos todo lo que huela a movimiento autónomo, piensan macabramente que nada se les resiste. Scorsese los mira y se regocija de que su cámara capte ese fermento de pasiones oscuras, díscolas, grandiosas. Es el yo en un sempiterno in crescendo, y piensa, lo humano es así, hoy y siempre, una hoguera de incoherencias.

Europa está en efervescencia, que se ha convertido en la naturaleza de su política, donde la estabilidad carece de bases sólidas, gobiernos que se deshacen, por corrupción, por sus propios errores, porque los electores andan desesperados buscando otros derroteros, ya están cansados de salir siempre de perdedores mientras los sectores financieros y tecnológicos no dejan de ver crecer sus ganancias. Frans Timmermans, vicepresidente de la Comisión Europea resalta con precisión los desajustes eurocomunitarios: "Tenemos que asegurarnos de que las mayores corporaciones que ganan mucho dinero en Europa empiecen a pagar impuestos, lo que no están haciendo ahora. Y para eso se necesita a Europa, no se puede hacer eso por estados miembros individuales". Esto exaspera el ánimo del elector, que no es tonto, ve que las cosas no cambian y por ello la ultraderecha encuentra cabida en sus alterados ánimos, sus mensajes carecen de receptor porque los líderes se pierden en los vericuetos de la politiquería empeñados en perseguir intereses ilegítimos e innobles. De ahí esa frase tan coloquial, tan diciente que algunos ponen de relieve para expresar el profundo desprecio hacia la política en su conjunto: “Todos los políticos son iguales”. Las habas hierven por doquier.

Austria una nación culta, muy asentada, dada al estudio, a cultivar el espíritu, la inmortal Marcha Radetzky, es el despertar feliz del mundo, todos los 1 de enero en Viena. Su gobierno cayó hace tres meses, estaba formado por conservadores y ultraderechistas. Una mezcla imposible hace un decenio, en la patria de lo clásico, pero que deja ver el cansancio de los votantes con las ideas vetustas que se alejan de la realidad. Hasta la apacible Viena sufre los coletazos de la corrupción que es insobornable en su tarea por poner fin a la decencia y la probidad. Si la mala fe no se castiga siempre estará menoscabando la credibilidad de la política. La crisis se desató por la publicación de un vídeo inquietante donde el vicecanciller austríaco, Heinz-Christian Strache, ofrece favores políticos y contratos públicos a una sobrina de un oligarca ruso, a cambio de dinero para su campaña política. El vídeo deja ver a un Strache borracho y soltando procacidades a diestra y siniestra, perdido en la estupidez. El escándalo fue mayúsculo, el político se disculpó diciendo que fue una “idiotez” provocada por el alcohol, y dimitió. Strache era del FPÖ —el mismo de Jörg Haider—, partido nacionalista, islamófobo y euroescéptico. ¿Saldrá el FPÖ escaldado en las próximas elecciones de septiembre? ¿El joven Sebastian Kurs hace parte del paisaje prehistórico, que es ese ostracismo que quita las ganas de sonreír y hace perder el habla?

Si Viena hizo ese acuerdo improbable entre los conservadores y la ultraderecha —que dejó a Bruselas sin sentido, en su momento—, dos fuerzas antagónicas, tan virulentas como las riñas que provocaban Montescos y Capuletos; Roma no se quedó atrás, hace 18 meses, forzó una alianza imposible entre la Liga y el Movimiento 5 Estrellas. La Liga era un movimiento marginal del norte que quería salvar a la Lombardía de las fauces del ‘ogro’ de la UE y de la voracidad de Roma, cuyas riendas agarró Salvini para transformarlo en la fuerza política más poderosa de hoy en Italia. M5E parecía un cuento de hadas, Beppe Grillo, su fundador, se convirtió en mago, inventó y sacó de la crisis de incredulidad, que atenaza a los electores europeos, un partido que iba contra todo: un sistema opresor, una clase política nauseabunda, unas instituciones carcomidas por el óxido y la dejadez, una globalización ansiosa por exterminar a los pobres, unos medios jugando el juego de la casta, una justicia desajustada y un pueblo olvidado por el Altísimo. M5E es hijo de la ausencia de modelo, como dijo el sociólogo Domenico De Masi, el destino desnortado al vaivén de los vientos. Beppe no duró porque era “un marinero que no sabía a dónde quería ir” (Séneca); pero M5E se encontró en el trono del poder en junio de 2018.

¿Qué es la política? Lo impensable. Lo recóndito. Lo indescifrable. El acertijo irredento. La implosión de lo detestable. Lo imposible hecho anexión.

Muy en los comienzos, pocas personas pensaban seriamente que Donald Trump pudiera llegar a presidente. Ni siquiera pasaba por la mente de su madre, que Barack Obama pisara la Casa Blanca. Lo de Nelson Mandela es la tapa. Mauricio Macri cuando despertó el 11 de agosto veía adorable el mundo, se acostó con las mayores pesadillas de su vida. Jamás pudo imaginar la cárcel Luiz Inácio Lula da Silva, después de haber convertido a Brasil en la octava potencia del mundo.

Matteo Salvini es el chivo expiatorio de lo indescifrable. De ese concepto vienés y freudiano de ver cómo el inconsciente rige los actos cerebrales. Calculó que disolviendo el gobierno con su socio M5E encontraría la gloria. Los arúspices le cantaban a sus oídos bellas odas sobre el poder. Hace 10 días subía como un Apolo 13, su popularidad era imparable. No parecía haber cometido errores tácticos al frente de la Liga, su partido, nacionalista, euroescéptico, antiinmigración, secesionista, soberanista. Lo dirige hace casi 6 años.

El martes 20 agosto renuncia el primer ministro de Italia, Giuseppe Conte.

Salvini sonríe. Conte empieza a hablar en el Parlamento. Cuando Conte lo llamó en rápida sucesión “irresponsable”, “preocupante”, “descuidado”, “temerario”, “Salvini persigue intereses personales”, “el Moscopoli —dinero ruso a la Liga— deberías haberlo aclarado en la Cámara”, “Matteo, los lemas políticos no se combinan con signos religiosos”. La sonrisa de Salvini dio paso a un rostro desencajado. La 7 transmitía el discurso de Conte en directo —quizás el papa lo vio—, su locutora Ambrosina della Riporta, describía el rostro de Salvini: “Parece el de un boxeador sonado”. Después del varapalo, el tembloroso Matteo pronunció un discurso desestructurado, incoherente. De Falco mientras Salvini hablaba, le gritaba: “Vete a casa bufón”.

Al día siguiente, Matteo asumió el papel de víctima. “Todos están contra mí”, dijo. Parecía derrumbarse como las Torres Gemelas. Sorpresa, el número 2 de la Liga, Giancarlo Giorgetti, habló: “En la Liga no hay diálogo, no hay democracia, solo decide el jefe”. Colofón, il capo no es infalible. Qué viene. Un posible acuerdo entre M5E y Pd, que sería la sepultura de Matteo. En Italia la política es flor de un día, son 65 gobiernos en 70 años, porque es un país de ritmo acelerado, donde la firmeza es efímera y la tierra está sometida a continuos temblores. Salvini se sustrajo a esta realidad, que podría pagar caro. Si Pd y M5E no acuerdan nada, se va al voto, la vía kamikaze. El populismo es una respuesta ilusoria y peligrosa que agrava los fracasos económicos e institucionales de Italia y la desliza hacia la profundización de su declive en lugar de detenerlo. ¿No hay más alternativas? ¿es imposible imaginar otras opciones, otras conductas, otros estilos, otras convicciones, otros ideales? ¿están todos cumpliendo una cita con el caos?

La vieja Europa, con gobiernos en el aire como Bélgica, España, Austria, Italia, señales agoreras de inestabilidad, no tiene por qué caminar en la vía contraria al optimismo. “Mirar el mundo tal como es hoy en día”, la recomendación de Nehru, es un rasgo de valentía para asumir honestamente los riesgos necesarios para enfrentar los desafíos. La Unión Europea es un desafío del que se debe poner fuera de sus fronteras a la mezquindad. Es ventajoso saber que lo fácil es irrisorio, te da fuerza para acudir a la cita con el sacrificio. Lo que hace grande a las personas y a los países es emprender una labor constructora, construir con el mismo espíritu de los fundadores de la década de 1950 que habían sido domeñados por la crueldad de la guerra. La mística en lo que tú haces con convicción, compromiso, habilidad e idoneidad, que son especificidades que se echan de ver en los líderes políticos que hoy rigen el destino de millones de seres. Aquí podría estar la causa de la parálisis, que tiene anclada a la Unión Europea, que corre el peligro de quedarse rezagada de los desafíos del siglo XXI, muy por detrás de los nuevos imperios emergentes que parecen manadas de búfalos que piden paso, debido a una visión y a un conservadurismo corto de miras, no hay una política audaz que saque del estancamiento al sector industrial, cada día más desmantelado y con fábricas que ponen fin a su ciclo productivo delante de empresarios y políticos de brazos cruzados. Optimismo es honestidad, compromiso con la verdad, hacer realidad las palabras, dar la puntada final a los hechos. Hay que pasar de las palabras bonitas —refugios para hipócritas— a los actos. Europa no aguanta más cenas suntuosas de sus dirigentes, el lujo desbordante de sus esposas. Tanta palabrería rimbombante.

Es un hombre siempre optimista, un eurófilo convencido. Ha vivido las guerras mundiales en carne propia. Atravesado las diez mil crisis económicas por las que la economía mundial se repite cíclicamente. Es uno de los gurúes financieros, capaz de predecir burbujas, de vislumbrar cual acción se va arriba, de mirar si la luz solar tendrá influencia en Wall Street. Habla, escribe, discursea. Lo rechazan porque monopoliza, según sus críticos. Practica la filantropía, cosa apropiada para un hombre que maneja un patrimonio de 8.000 millones de dólares. Se involucra en las causas políticas. Es inquieto, George Soros, ese húngaro con quien el presidente de su país, Viktor Orbán, mantiene una relación pésima, muy cerca del enfrentamiento, se llena de pesimismo cuando observa la situación de la UE. Soros ataca los populismos, la inacción, la pasividad, la irresolución. En una de sus columnas en Market Watch, expresa que los europeos deben despertar antes de que la Unión Europea se desmorone. “Si no despierta, la UE seguirá el camino de la Unión Soviética en 1991”, escribe. Ve a la UE rodeada de enemigos, señala que “el sistema de partidos obsoletos” prevalece en la mayoría de los países, decía el 12 febrero de 2019. Soros es optimista pero invita a ver la realidad, “desde la crisis de 2008 parece que la UE hubiera perdido el rumbo”, la eurozona se convirtió en una relación “entre acreedores y deudores”, se estableció una relación que no era ni voluntaria ni igualitaria, “todo lo opuesto al credo en que se basó la UE inicial”.

En efervescencia y en crisis, el modelo económico y social necesita ser zamarreado. Como va no llegará a ninguna parte. Simplemente seguirá igual a su estado actual. Sus representantes políticos soltando palabras equívocas, en lo cual son diestros, pero sin comprometerse a nada concreto. Manejando la demagogia, mientras el caos no para en su accionar. Mañana llegará y Europa no está preparada. Por la arrogancia de sus instituciones, el padrinazgo y el clientelismo corren parejos por los despachos de Bruselas y Estrasburgo, empeñados en hacer proliferar las normas y directivas, que impiden el progreso. Macron habla en Biarritz de restablecer “el crecimiento económico”, pero no dice cómo y habla del objetivo del G7, “luchar contra las desigualdades”, e incluso se atrevió a decir lo que se repite como loros hace décadas: Se debe poner a África en el centro. Es el colmo del cinismo. ¿Para cuándo se dejan pendientes todo lo irresuelto de la Unión Europea? Una Unión Europea dialogante con el ciudadano, ¿apenas fue un sueño soñado algún día? Las miradas puestas en el Palacio del Quirinal romano y Palacio de Westminster londinense. Todo podría saltar por los aires… Sería Troya. Urge salvar a Italia, a la Gran Bretaña, a la Unión Europea.

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