Ética y estética política en la Universidad del Magdalena

'Este es el debate con más urgencia en la institución'

Por: Stalin Ballesteros García
julio 08, 2016
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Ética y estética política en la Universidad del Magdalena
Foto: elinformador.com.co

Desconectar a la Universidad del Magdalena --el alma mater del departamento-- de la política no solo es inocente sino espurio. Es por ello que con el inicio de las precampañas rectorales me vea motivado a plantear el debate ético y estético de la política en la universidad, como debate político urgente en este momento.

Invocando los orígenes de la Universidad en el ágora y su papel en la construcción de la democracia e inicio de la civilización occidental, tal como la conocemos, la institución  tiene vínculos originarios con la polis, ciudades-Estado que en su autonomía ofrecieron los pilares de lo que hoy conocemos como política. La política como ejercicio del poder es inherente a nuestro actuar cotidiano, más en una casa de estudios, lo que en consecuencia es propio también (más aún por su carácter público) en nuestra casa de estudios del Magdalena.

Es en la polis, donde se debate que la política debe ser ética y estética, de no ser así, no es política, sino barbarie o salvajismo. La ética ha de enaltecer lo más elevado de la virtud, la expresión más sublime de la nobleza, en concordancia o complemento con ello, la estética es la búsqueda de la belleza en su más alta expresión. Ergo, la política debe ser ética y estética, tanto que ennoblecedora del bien común, como hermosa en sus formas y maneras de ser ejercida.

En la Universidad del Magdalena hace mucho que desviamos la ética del ejercicio del poder hasta arrastrar a sus estamentos al nepotismo en su estado puro, donde fácilmente se confunde amistad con amiguismo; la permisividad al acoso político y laboral en una lógica de amigo-enemigo; la desproporción de los destinos de la inversión de los recursos públicos y la ausencia del servicio a los menos favorecidos, son algunas de las razones que motivan mi planteamiento.

Sin embargo,  la primicia en este caso es que ya ni la estética se salva, la constante agresión a las maneras, a la forma y el grotesco trato a la democracia se hace perenne en nuestra alma matter y parece ser ya habitus de la comunidad universitaria. La estética ha sido reducida al maquillaje de las formas más burdas y hasta chabacanas de poder tapar lo que ha sido evidentemente un ataque a lo que es el ejercicio  ético de la política, la democracia y los derechos en la Universidad.

Frente a las precampañas rectorales que han salido a la luz pública, invito a que reflexionemos si la solución es alguno de  los candidatos que han servido y se han servido  de la administración, que hoy uno defiende (no sé cómo lo hace) y que el otro hoy ataca.

En mi criterio, no es ético ser el candidato, en cuerpo ajeno, del rector que quiso perpetuarse en el poder, como tampoco es ético ser el candidato que dice ser diferente del continuismo que promovió, defendió y le benefició durante 8 años y respecto al cual no tuvo la gallardía de enfrentar públicamente lo que pretendía entre sombras, impedir la reelección del actual rector.

Tampoco es estético valerse de los privilegios que otorga el poder de los cargos directivos para impulsar sus campañas, no ennoblece en nada la belleza de la política el actuar canallesco, estigmatizador y perseguidor que ambos, desde el gobierno de “la excelencia y la autonomía siempre lo primero” no solo coparticiparon y permitieron, sino, que por acción u omisión promovieron. No es ético, pero si repugnante y por ende nada estético, que aquellos que fungieron como victimarios hoy posen de víctimas.

Sin ética ni estética, no habrá imperativo categórico en el ejercicio político en función de solventar la crisis que se enfrenta, una crisis de credibilidad política en cuanto a la ausencia de garantías y de libre ejercicio de derechos y libertades en la casa de pensamiento de nuestro departamento. La misma que fue agredida por las fuerzas paramilitares, que en estos vientos de paz, su transición  a un mejor devenir  veo esfumarse.

 

 

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