Opinión

Estar en Berlín del 2 al 3 de octubre de 1990

Viví en Berlín la reunificación alemana, el comunismo cayó, y 30 años después, la que está en peligro en el mundo es la democracia, con Merkel como su defensora

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octubre 05, 2020
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Estar en Berlín del 2 al 3 de octubre de 1990
Es difícil saber cuánta gente había entre la puerta de Branbdenburgo y el parlamento, espacio de talvez unos trescientos metros, que se iba llenando por minutos

Tuve la oportunidad de estar en Berlín cuando se selló la reunificación alemana. Inolvidable hecho ocurrido hace treinta años.

El 2 de octubre de 1990, Wolfgang, mi tío político, que vivía en Mannheim, cerca de Frankfurt, me ofreció recogerme en su carro en una de las sedes de la facultad de economía de la Universidad de Göttingen, donde había culminado mis estudios, para dirigirnos a Berlín. Imposible no ir a la reunificación alemana que se sellaría a medianoche, entre el 2 y el 3 de octubre.

El tío me había confirmado por la mañana que calculaba que hacia la una de la tarde estaría en el Ibero-Amerika Institut, en la Gosslerstrasse de Göttingen, donde yo le aguardaría. De ahí, por Hannover y luego por la ruta Helmstedt - Marienborn, estimábamos que estaríamos llegando a Berlín hacia las seis de la tarde. Sin embargo, como a medio día, desde alguna  estación de gasolina, me llamó por teléfono a contarme que estaba retrasado dos horas, que el trancón era impresionante. “Todo el mundo va para Berlín”, me dijo.

La entrada a Berlín Occidental por autopista, cuando uno venía de la República Federal, solía ser complicada y demorada. Había que presupuestar dos o tres horas horas más en la jornada, gracias al papeleo impuesto por las autoridades de la antigua RDA y la insoportable parsimonia de los guardias fronterizos. Era difícil saber si las demoras en Marienborn eran las propias de las burocracias orientales de entonces o, simplemente, una manera de decirle a la gente: “Señoras y señores, están en territorio nuestro y nosotros decidimos...”

En las ocasiones que había ido a Berlín, al hacer las interminables colas en los puestos de frontera,  pensaba que esa mancha que era Berlín Occidental iba a ser tragada, en algún momento, por la marea del bloque soviético . Por eso, aunque era de suponerse que las cosas habían cambiado desde la caída del muro , para mí, acostumbrado al cruce en cámara lenta en la frontera, fue sorprendente que, después del tráfico pesado en la autopista, la entrada a Berlín aquel dos de octubre de 1990 fuera fluída, signo obvio de disolución de la RDA.

Después de acomodarnos, recuerdo que caminamos un buen trecho desde la zona de Charlottenburg hasta el parlamento, el famoso Reichstag incendiado apenas subió Hitler al poder en el 33, el mismo de la famosa foto con la bandera soviética de mayo del 45  izada por el Ejército Rojo, declarando la caída del Imperio de los 1000 años en una Berlin destruida.

Es difícil saber cuánta gente había entre la puerta de Branbdenburgo y el parlamento, espacio de talvez unos trescientos metros, o menos, que se iba llenando por minutos. Leí  después que más de un millon de personas; en esos días la cifra no me pareció exagerada. Unos días antes de la caída del muro, en noviembre del 89, se hablaba también de un millón de alemanes orientales manifestando en Alexanderplatz. ¿Por qué no ahora, en la reunificación?

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Horas memorables, extrañas, de gente coreando consignas (”somos un pueblo”), mientras una pantalla gigante transmitía el concierto que se daba dentro del edificio del Reichstag

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Nos metimos en la muchedumbre enfrente del parlamento con dos botellas de Sekt, especie de vino espumoso y champaña con que se suele celebrar en Alemania que, por supuesto, nos bebimos con Wolfgang durante las horas siguientes.  Horas memorables, extrañas, de gente coreando consignas (”somos un pueblo”), mientras una pantalla gigante transmitía el concierto que se daba dentro del edificio del Reichstag, ni más ni menos que la novena sinfonía de Beethoven, interpretada por la filarmónica de Berlín, dirigida en esa ocasión por Kurt Masur, director en Leipzig, un alemán oriental de nacimiento y ejercicio artístico. Sin ser alemán, sentí la profunda emoción de esas irrepetibles horas.

Las palabras del canciller Kohl a medianoche declarando la unidad alemana y con ella el cierre formal de una época, los fuegos artificiales, remataron, pasada la medianoche, la jornada. A pesar de la solemnidad y la trascendencia de la ocasión, tuve la impresión de que la aplanadora oficial había pasado por encima de los movimientos ciudadanos que en Leipzig y otros lugares habían puesto la cara y arriesgado el pellejo en las protestas  del 89 y que, de alguna manera, eran ignorados.

El 3 de octubre fue de paseo a lo que había sido Berlín Oriental con sus íconos: caminar por la avenida Unter den Linden, Alexanderplatz,  el Lustgarten, en el que Hitler organizaba paradas militares... Recuerdo, en el Lustgarten, por la tarde del 3 de octubre, orquestas y grupos de las potencias que ocupaban Alemania desde 1945, en una especie de despedida. La que más me llamó la atención fue la del Ejército Rojo con coros y coreografía, con las clásicas rusas y soviéticas y alguna gente de Berlín Oriental nostálgica.

También, otro signo inequívoco del fin de una guerra: soldados soviéticos vendiendo condecoraciones y prendas militares, gorros, escudos, supuestamente para financiar su regreso a casa, señal de un ejército que perdía la guerra sin derramamiento de sangre.

El comunismo cayó. Treinta años después, quién lo hubiera creído, la que está en peligro en el mundo es la democracia, aunque la canciller Angela Merkel, conservadora, es una defensora incansable de ella. La reuinificación ha valido la pena.

 

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