La captura de Maduro parece una película de acción, pero detrás hay un giro pragmático: petróleo para Israel, archivos cerrados y una estrategia contra Irán

 - Esta es la razón por la que Trump primero tenía que dominar a Venezuela antes de atacar a Irán

Estados Unidos llevó a cabo lo que muchos en América Latina describieron como una intervención de facto contra un presidente electo, que culminó con la extracción de Nicolás Maduro y su esposa. Washington justificó sus acciones con acusaciones de narcotráfico, defensa de la democracia y seguridad nacional. La operación fue presentada como un éxito de inteligencia por parte del ejército norteamericano, casi como si hubiera salido de Hollywood —quizá no una superproducción de taquilla, pero sí una película de acción tipo B, llena de explosiones y poses heroicas.

Sin embargo, detrás del espectáculo parecía haber algo mucho más pragmático: un posible entendimiento silencioso entre el chavismo y la administración estadounidense. Más allá de si hubo coerción, negociación o traición interna, el resultado fue claro: la estructura de poder en Caracas permaneció intacta. Los hombres fuertes del régimen no fueron desplazados y no hubo un colapso institucional profundo; lo que cambió fueron las reglas del juego.

Si el objetivo era la democracia, el desenlace es difícil de explicar. Pero si el propósito era reconfigurar intereses estratégicos, especialmente energéticos, la lógica cambia. Poco después de la operación ocurrieron hechos llamativos:

  • Desaparecieron los reportes sobre “lanchas del narcotráfico” en el Caribe.
  • El caso del “Cartel de los Soles” fue discretamente archivado por el Departamento de Justicia de EE. UU., según informó el New York Times.
  • Empresas como Shell y BP recibieron autorización para operar en Venezuela.
  • El país comenzó a exportar petróleo a Israel, rompiendo años de retórica antiisraelí.

De Caracas a Teherán: el tablero mayor

El episodio venezolano pudo haber sido apenas una pieza dentro de un tablero geopolítico mucho más amplio. Durante su primer mandato, Donald Trump se retiró del acuerdo nuclear con Irán y autorizó la eliminación del general Qassem Soleimani. Irán ya estaba en su radar estratégico por su confrontación directa con Israel.

Si el país persa cae, Israel —con el respaldo de Occidente— podría consolidarse como la potencia dominante en la región. Tras varios intentos fallidos de negociación, Trump lanzó una operación militar bajo la doctrina “Shock and Awe” (Choque y Pavor): decapitar el liderazgo político y militar para generar un cambio de régimen rápido.

Sin embargo, Irán no es Caracas. Teherán activó sus capacidades y advirtió que podría cerrar el Estrecho de Ormuz, una arteria vital para la economía mundial. Un movimiento así dispararía los precios del crudo, pero Washington podría amortiguar el impacto mediante suministros alternativos, incluidos los venezolanos. Asegurar fuentes energéticas antes de una confrontación mayor no es improvisación, es prevención.

La variable china

Irán es un proveedor energético clave para China y un socio estratégico en Eurasia. Si Teherán es desestabilizado, el acceso de Pekín al petróleo se vería seriamente afectado. La presión sobre Irán es, por tanto, una maniobra indirecta dentro de la competencia estructural entre Estados Unidos y China.

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La llamada “primera cadena de islas” (Japón, Taiwán y Filipinas) ya limita la proyección marítima china. Si a esa presión geográfica se suma una tensión energética derivada de un conflicto en Irán, las líneas de suministro de China quedarían comprometidas. En ese marco, la reconfiguración energética en Venezuela adquiere un nuevo y profundo significado global. Los jugadores ya movieron sus fichas; queda por ver si esto es una crisis regional más o el inicio de una disputa sistémica mayor.

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