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Opinión

Eso de ganarse un premio sin proponérselo

A Pablo Montoya hay que leerlo con la razón y con el corazón, dejarse atrapar por la poesía de sus frases

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Septiembre 02, 2015
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Hace algún tiempo, cuando le fue otorgado el Premio Alfaguara al escritor Jorge Franco, comentaba un amigo muy querido y perfecto despistado en cuanto a la literatura se refiere, que “ese señor no es para nada importante, nadie lo conoce en Bogotá”.

Sin duda habría pensado lo mismo de Pablo Montoya. Por lo menos hasta el 4 de junio, cuando se ganó el Rómulo Gallegos con su novela Tríptico de la infamia. Con mayor razón, pues a Pablo (que siempre ha sido importante), casi nadie lo conocía en Bogotá, algunos en Medellín, ninguno por fuera del país. La suya es una literatura exigente, ajena al mercadeo. Hay que leerlo con la razón y con el corazón, dejarse atrapar por la poesía de sus frases, disfrutar de la excelente investigación cuando se trata de una novela histórica como en este caso, y olvidar que no está ante ningún famoso, sino ante un magnífico escritor.

No hace mucho Juan Goytisolo, en su discurso de aceptación al premio Cervantes, afirmó que para él los escritores se reparten en dos categorías: los “literatos”, aquellos que buscan triunfar, que cortejan la visibilidad mediática y realizan grandes esfuerzos para ser tenidos en cuenta, y los “adictos”, aquellos que en lugar de correr tras un reportero o una cámara de televisión, luchan cada día por superarse, por cumplir consigo mismos y encontrar el sentido de la vida en su trabajo, sin importar los aplausos. Pablo Montoya pertenece a esta segunda categoría, la de los verdaderos artistas. Es difícil conocer a un escritor menos protagónico que él. De su vida se sabe que pertenece a muchas partes y a ninguna en especial. Nació en Barranca, creció en Medellín, se educó en Bogotá, en Tunja y en París. Además de escritor, es músico. Elegantemente discreto, al verlo se entiende que no busca imponerse. Trabaja en la Universidad de Antioquia como profesor de literatura, y por las noches en su casa, como eterno aprendiz de escritor.

Hasta ahora lo hizo entre las sombras, sin descorazonarse por el modesto número de lectores, ante el rechazo de las grandes editoriales que a veces publicaban sus libros, y otras devolvían el manuscrito elogiando la calidad pero lamentando no poder publicarlo por no tener un mínimo de ventas garantizado, o incluso las que le hacían llegar una corta frase de rechazo, quizás sin haberlo leído. Satisfecho con tener un público de  amigos, académicos, importantes críticos, estudiantes y personas de esas que con buen instinto toman un libro del estante de una librería y lo llevan consigo después de hojearlo, sabiendo que allí encontrarán más de lo esperado.

Hace un año tuve la oportunidad de presentar el Tríptico de la infamia en la Biblioteca Pública Piloto en Medellín, lo cual exigió una lectura rigurosa. Me embarqué en el relato sobre tres pintores franceses del Renacimiento que enfrentan terribles masacres en Europa, o en la recién descubierta América, padeciendo la más violenta representación de la infamia, lo cual transforma su alma y por ende la orientación de su trabajo. Al completar las primeras cien páginas tuve que interrumpir la lectura para escribirle a Pablo felicitándolo por haber alcanzado su madurez literaria. De sus libros, buenos todos, este sobresale. Más adelante, cuando se conoció que se había ganado el premio en el cual figuraban como finalistas otros tres colombianos, Piedad Bonnett, Héctor Abad y el fallecido Óscar Collazos, quienes habíamos leído la novela celebramos la objetividad del jurado al reconocer la extraordinaria calidad de su trabajo, pese a que “nadie lo conociera en Bogotá”, ni en ninguna otra parte por fuera del estrecho círculo de sus fans.

Mucha gente quedó sorprendida, pero el más sorprendido de todos fue el mismo Pablo, quien aseguró en varias entrevistas que el veredicto lo había dejado perplejo. Sin duda lo que ocurre cuando se gana un premio sin proponérselo. En más de una ocasión me ha dicho, como disculpándose, que él no mandó el libro al concurso. Lo hizo su editor en Random House, con acierto y contra todo pronóstico, teniendo en cuenta su trayectoria tan poco visible, el hecho de no ser leído en el extranjero.

También ha repetido en público y en privado, que espera que el premio no se le suba a la cabeza. Me atrevo a asegurar que así será. Continuará con su bajo perfil y su alta calidad literaria. No está en su naturaleza correr en pos de la fama, halagar a la prensa, hacer uso de ella para promoverse, desgranar una retahíla de nombres famosos para convencerse y convencer sobre lo que no es, echarle incienso a quien pueda ayudarle a hacer carrera para que luego le pague con la misma moneda. Seguirá persiguiendo la excelencia en cada frase que escriba, como si se tratara de la primera. No buscará convertirse en leyenda, soportará indiferente la envida de algunos de sus colegas, y el dinero del premio le permitirá concretar el sueño de construir una casita en un lote en las afueras de la ciudad con monte, quebrada, neblina, y pájaros cantores.

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