¿Es mejor ser temido que amado?

"Celebro la decisión de Francia de prohibir el castigo físico a los menores. Espero que su ejemplo redunde en naciones como la nuestra, no por decreto sino por convicción"

Por: Jonathan Rincón Prieto
julio 04, 2019
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¿Es mejor ser temido que amado?
Foto: Pixabay

En estos días Francia aprobó una ley en la cual se prohíbe el castigo físico a los menores. Con esta prohibición Francia se convierte en la nación número 56 de la Unión Europea en dictaminar leyes de este tipo para proteger la integridad de los infantes. Las reacciones ante la medida no se han hecho esperar entre quienes apoyan o critican la medida. En su mayoría, partiendo de la experiencia, del conocimiento empírico, de la forma en la cual fuimos educados o estamos educando a nuestros hijos. Soy hijo y padre, por tanto, me uno al debate.

De mi niñez recuerdo dos o tres ocasiones en las cuales mi papá me castigó físicamente, sin excederse y con argumentos sólidos, por faltas que aún recuerdo y me llenan de vergüenza. Diría entonces que el castigo no fue solo merecido, también fue oportuno. No obstante, no fueron tales castigos los que hicieron del niño que fui el adulto que soy, un ciudadano no tan malo (tampoco un buen muchacho, no exageremos); fue el ejemplo, el tiempo dedicado y la apabullante autoridad moral de mi papá lo que me hizo querer ser una mejor persona. De esa manera, no guardo el recuerdo de mi señor progenitor como “el que me pegaba”, sino como” el que me educó”.  Y de ahí surge uno de los argumentos falaces de quienes están en contra de la medida francesa, aduciendo que solamente mediante el castigo físico se puede formar a una persona. Tal argumento, con las debidas proporciones, ha justificado muchos de los peores abusos de la historia contra los más débiles. El castigo físico no es garantía de que el niño será una persona de bien, así como la ausencia de este no implica que el niño sea un delincuente cuando sea mayor, como se ha afirmado en muchos casos.

Al golpear a un niño como método de educación le estamos enseñando que la violencia se justifica en ciertos casos en los cuales se persigue un bien mayor; lo cual suena más a anacronismo guerrillero que a pedagogía en contexto, pues evidentemente el niño entenderá que ejercer violencia puede ser provechoso, y justificará violencias mayores en el futuro o peor aún, aceptará con pasividad las diferentes formas de violencia que contra él se ejerzan y las cuales no necesariamente serán físicas. De igual manera, la violencia no fomenta respeto; fomenta el miedo, y así convertimos el proceso educativo en casa en un maquiavelismo fiel a la máxima: “es mejor ser temido que amado”, y tendremos a un niño temeroso de equivocarse so pena de ser castigado físicamente, con lo cual tendremos adolescentes incapaces de abrirse a sus padres frente a las problemáticas cotidianas que deben enfrentar y para las cuales sería muy oportuna la experiencia de los viejos que no todo lo han aprendido en los libros.

Por último, golpear a alguien más débil es una de las peores arbitrariedades que se pueden cometer. El profesor Julián de Zubiría insiste al respecto: “si golpeamos a otro adulto es violencia pero, ¿Si golpeo a un niño es educación? Evidentemente, golpear a otro no funciona en medio de las comunidades humanas, pues la violencia solo engendra violencia, la cual suele ser justificada bajo el argumento más falaz de todos: “es mi hijo y yo lo educo como quiera”. Como si las personas fueran objetos para ser moldeados según mis criterios y mis bajezas. Por más pequeño que sea, tiene derechos y necesidades de aprendizaje en una sociedad harta de violencia y de masacres justificadas hasta por nuestros dirigentes, los “padres” de la patria quienes aprendieron seguramente desde niños que la violencia es buena y necesaria en medio de tantas equivocaciones infantiles.

A mi hijo le doy una palmada cada día y él se ríe, pues está desprovista de toda violencia, hace parte de nuestro ritual de juegos y él ha comprendido que las manos de sus padres no serán utilizadas para violentarlo, sino para protegerlo y formarlo. Para golpearlo está la vida que acaba dándonos duro a todos y yo no le voy a ayudar, como diría Héctor Abad Gómez. Celebro la decisión de Francia y espero que su ejemplo redunde en naciones como la nuestra, no por decreto sino por convicción de la necesidad de erradicar todo tipo de violencia.

 

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