¿Erdogán, un sultán en el siglo XXI?

Para entender las circunstancias creadas por este gobernante que está al mando desde 2002 conviene hacer un breve recuento de la historia del pueblo turco

Por: Luis Guillermo Perez Casas
enero 12, 2021
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¿Erdogán, un sultán en el siglo XXI?
Foto: Kremlin.ru - CC BY 4.0

“Nuestras latitudes se cruzan en la misma estrella, y miramos el mismo cielo en la eternidad, sin embargo, no podemos vernos el uno al otro” (Fazil Hüsnü Daglarca).

La figura autoritaria del régimen de  Recep Tayyip Erdogan volvió a quedar en evidencia con la condena del periodista Can Dündar a 18 años y medio de prisión, jefe de redacción de Cumhuriyet, por dar a conocer la venta de armas por parte de Turquía a la oposición armada en Siria, la denuncia fue considerada como “espionaje y ayuda a una organización terrorista”, la utilización de la justicia con fines políticos para reprimir voces contrarias al poder es una de las formas utilizadas por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), que creó Erdogan y que gobierna Turquía desde el año 2002.

Visité Turquía en mayo de 2013, siendo Erdogan primer ministro, interesado en dar una buena imagen internacional para facilitar el proceso de admisión a la Unión Europea, permitió que celebráramos en Estambul el XXXVIII Congreso de la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH), nos congregamos más de 400 defensores de derechos humanos de distintas latitudes del orbe. Llegué a Estambul con la expectativa de conocer a una de las ciudades más ricas del mundo por su historia, por sus tradiciones, por su cultura, por su posición geográfica. También como candidato a la presidencia de la FIDH.

Mientras debatíamos sobre los problemas de derechos humanos en el mundo, reclamábamos en particular la libertad de nuestros amigos y colegas defensores de derechos humanos Ales Bialiatski y Nabeel Rajab, encarcelados respectivamente en Belarusia y en Bahrein, reclamando también a las autoridades turcas la liberación de todos los periodistas, abogados, sindicalistas y políticos de oposición, demandábamos igualmente que cesara la represión contra la población kurda y que se avanzara en una solución negociada al alzamiento armado del PKK (Partido de los Trabajadores Kurdos) en rebelión por la independencia del Kurdistán.

Recorrimos en la historia la ciudad de Bizancio, la inmortal Constantinopla, el Imperio Romano, la gloria y ocaso del Imperio Otomano, todo concentrado allí en la  ciudad trascontinental, una de las más importantes en la historia universal,  que conecta a Europa con Asia en el Estrecho del Bósforo, entre el Mar de Mármara y el Mar Negro. Recorriendo el Gran Bazar en las tardes libres, el Bazar de las Especias, la mezquita Azul, la mezquita del Sultán Solimán, la Basílica de Santofía —convertida en Mezquita por voluntad de Erdogan desde el 1º de agosto de 2020—. En Estambul se mezclan todas las historias y todos los sabores, te pueden vender desde alfombras voladoras, tapetes mágicos, hasta historias de amor y martirios por la voluntad del profeta, cualquiera que este sea.

En este irresistible encanto de Estambul la ciudad de 27 siglos llegamos al 27 de mayo de ese 2013 a la elección en la magna asamblea de quien sería electo presidente de la FIDH, era tambié candidato Karim Lahidji, defensor de derechos humanos iraní, nacido en Teherán, y refugiado en París desde 1982. Para sorpresa de él y la mía, igualamos en votación, acudimos a los estatutos, vigentes desde 1922, que establecen la circunstancia excepcional de que en caso de empate, queda electa la persona de mayor edad, en este caso Karim Lahidji por aventajarme en 22 años. Karim regresó a París y yo a Bogotá.

El día de nuestra partida, el 28 de mayo, más de 50 ecologistas se manifestaron para salvar el Parque Taksim Gezi, una de las pocas zonas verdes de Estambul, que iba a ser transformado en un centro comercial, tras ser violentamente reprimidos por la policía, la manifestaciones de repudio al gobierno se extendieron por todo el país y duraron más de un mes.

En un país poco interesado en los asuntos internacionales, la visita a Colombia efectuada en febrero de 2015 por el presidente de Turquía, Recep Tayip Erdogan, a Colombia en el marco de una gira que lo llevó a México y Cuba pasó casi inadvertida. Erdogan ha desplegado una activa diplomacia internacional que le llevó a apoyar los estallidos de la llamada “Primavera Árabe”, la causa Palestina, a involucrarse en la guerra en Siria contra el régimen de Bashar al-Assad convirtiéndose en aliado de Trump al tiempo que mantiene buena relaciones con Putin quien defiende al gobierno Sirio, pretendiendo aún ingresar a la Unión Europea.

Es a partir de las revueltas árabes iniciada el 17 de diciembre de  2010 en Túnez cuando un vendedor ambulante se inmoló en la ciudad de Sidi Bouzid, que se involucró en los conflictos de Medio Oriente, el Norte de Africa y luego en el Cáucaso, como recientemente lo  hizo en el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán por la región de Nagorno Karabaj, asegurando el triunfo del gobierno de Bakú, Ilham Aliyev.

Edorgan ha pasado desde apoyar a los Hermanos Musulmanes que lograron hacerse al poder en Egipto tras la caída de Hosni Mubarak, a involucrarse a fondo en la guerra en Siria  brindando sostén político y financiero al Ejército Libre Sirio (ELS), con la excusa de evitar que se declare el Estado Kurdo Independiente en la frontera sur de Turquía. No contento con esto, ha trasladado desde Siria miles de combatientes, para utilizarlos en Libia a favor de uno de los dos gobiernos en conflicto, del primer ministro Fayez al-Sarraj, en contra de Aquila Slaeh, el líder del Parlamento en la ciudad oriental de Tobrouk, tutelado por el mariscal Jalifa Hafter

Erdogan encontró el pretexto perfecto para fortalecer su poder y régimen autoritario a raíz del fallido golpe de Estado en su contra  del 15 de julio de 2016 en el que 274 personas murieron, 2195 resultaron heridas, más de 2000 personas fueron detenidas y más de 7000 destituidas por su supuesta relación con el golpe. Modificó la Constitución Política mediante referéndum en 2017, cambiando el sistema parlamentario por uno presidencialista, eliminando la figura del primer ministro que ocupó durante 11 años, con la potestad de disolver el parlamento, de nombrar a más de la mitad de miembros del Tribunal Constitucional y aumentando el  mandato del presidente de 4 a 5 años con posibilidades de reelección.

Sin duda Erdogan ha aumentado su influencia mundial, que ha crecido exponencialmente por su islamismo moderado, a quien algunos apodan “el nuevo sultán” por  intentar revivir el imperio otomano. Para entender las nuevas circunstancias creadas por este gobernante, que está al mando desde 2002, conviene hacer un breve recuento de la historia fascinante del pueblo turco.

Una mirada al pasado

Lo primero que hay que señalar es que aquí hacemos referencia a los otomanos, que son uno de los pueblos de lengua y etnia turca. Entre los pueblos turcos, que al parecer hace milenios descendieron de las profundidades de Siberia para establecerse en Turquestán, Asia Central, son los otomanos los más conocidos, pero también están los azeríes, los turkmenos, los uigures y otros.

Es en el siglo XI cuando entran en la península de Anatolia y hacen de ella su patria definitiva, le dan su sello y su nombre. En realidad, la etnia turca si bien es la mayoría de la población al constituir el 78% de los 80 millones de habitantes, no es la única ya que hay una presencia importante de kurdos (15 millones aproximadamente), griegos, árabes y otras minorías.

La Turquía actual comprende la península de Anatolia, con un área aproximada de 760.000 kilómetros cuadrados y una franja de 23.000 kilómetros en la península balcánica, conocida como Tracia Oriental. Es pues un país euroasiático y aunque el pie que tiene en Europa es pequeño, es de gran importancia estratégica pues le da control sobre el estrecho del Bósforo y además allí está la ciudad más grande de la nación, Estambul, con cerca de 12 millones de habitantes. Esta urbe es de gran importancia histórica pues por casi un milenio fue la capital del imperio romano de Oriente; inicialmente se llamó Bizancio, para pasar a denominarse Constantinopla, para tomar su nombre actual en el siglo XX. El año 1453 cuando fue tomada por los turcos marca un hito pues señala el fin de la Edad Media y el correspondiente inicio de la Edad Moderna y desde luego implicó el fin definitivo del Imperio Romano.  Es ahí cuando se forma el Imperio Otomano, que llegó a extenderse por tres continentes. Su duración fue de seis siglos y en su época de mayor apogeo incluyó lo que ahora es Bulgaria, Egipto, Grecia, Hungría, la península balcánica, Palestina, Líbano, Macedonia, Rumania, Egipto, la mayor parte de Arabia y de la costa norte de África.

El más grande representante de la literatura en español, Miguel de Cervantes Saavedra, añadió a su gloria en las letras su protagonismo en la Batalla de Lepanto, descrita por él mismo como “La más alta ocasión que vieron los siglos”. Ese combate naval, enfrentó el 7 de octubre de 1571 cerca de la ciudad griega que lleva ese nombre cerca de 200.000 hombres y más de 400 navíos de guerra. Como producto de la victoria de la alianza europea contra la flota turca, se impidió el avance otomano hasta ese momento imparable, impidiéndole su penetración en el centro de Europa y el ingreso al Mediterráneo Occidental.

Pero como todo lo que sube tiene que caer y todos los imperios tienen su ciclo de ascenso, consolidación y decadencia, el Imperio Otomano llegó a su fin al concluir la Primera Guerra Mundial en 1918 con la derrota de la alianza de la que formaba parte, quedando Turquía reducida a la extensión que tiene en el presente.

Es entonces cuando surge la figura de Kemal Ataturk, conocido como “el padre de los turcos”, quien le dio su sello a la Turquía moderna e introdujo reformas fundamentales. Su ascenso comenzó con el papel fulgurante que tuvo en la guerra contra Grecia, que se dio entre 1919 y 1922, en la cual descolló como general al mando de las tropas de su país y venció, a pesar de haber quedado exhausto y vencido en la guerra mundial. En esta contienda greco-turca, llamada también guerra del Asia Menor, los dos bandos cometieron atrocidades y deportaron a millones de personas. Gran cantidad de griegos étnicos, más o menos millón y medio, cuyas familias habían vivido ancestralmente en Anatolia fueron expulsados y un número menor de musulmanes fue deportado de Grecia hacia territorio turco.

Basado en la idea, compartida por la mayor parte de la oficialidad, de que una manera de impedir la caída total de Turquía era modernizándola a la manera occidental, impulsó las reformas y el secularismo. Este secularismo no negaba la importancia de la religión musulmana sino que consideraba que un papel exagerado de ésta en la sociedad ayudaba a mantener el atraso

Ante ello, Atatürk impulsó reformas que le dieron un rumbo muy distinto al país. La primera fue la proclamación de la democracia y de la República de Turquía el 29 de octubre de 1923. Este republicanismo se sustentó sobre los principios del nacionalismo, el populismo, el secularismo y el reformismo. Implícitamente se tomaban las fuerzas armadas como sustento y garantía de esos principios y de hecho en las décadas posteriores el ejército intervino en varias ocasiones por considerar amenazadas esas bases y hubo algunas épocas de dictaduras militares que se mantuvieron hasta 1980.

Un elemento importante es que el nacionalismo giró alrededor de la unidad en torno a la identidad turca, asimilando nación con la etnia mayoritaria y sembrando las bases del conflicto con la minoría más importante, los kurdos.

Otro hito clave en este recuento fue la incorporación de Turquía a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en 1952, que la convirtió en la avanzada más importante en las fronteras de la entonces Unión Soviética, albergando armas nucleares estadounidenses. En la actualidad mantiene varias bases norteamericanas, pero a la vez provoca una tensión con el bloque político-militar del que forma parte por el hecho de tener cierta política de entendimiento con Rusia y por haberle comprado a ésta sistemas de defensa antiaérea.

Surge otro padre de los turcos

Desde 2002 Erdogan domina la escena política del país. Su partido, AKP es en principio de un islamismo moderado y dice respetar la tradición del laicismo republicano. Sin embargo, su estilo autoritario es muy marcado y se une al nacionalismo que le ha hecho manejar con mano de hierro las relaciones con los insurgentes kurdos, lo mismo que a una tendencia cada vez más fuerte a presentarse como un protector de los pueblos de etnia turca más allá de Turquía, así como un protector del islam a nivel de toda la comunidad musulmana o umma, especialmente en su vertiente sunita. De esta manera se entiende su áspera disputa con el presidente francés, Macron, a quien acusa de enemigo del islam en el marco de las discusiones sobre si la publicación de caricaturas sobre el profeta Mahoma sobrepasa los límites a la libertad de expresión.

La deriva autoritaria y la mayor islamización del país se hicieron más fuertes desde el intento de golpe de estado de mediados de 2016, del que acusa al clérigo disidente Fetulha Gulen —antiguo aliado—, exiliado en Estados Unidos. La represión no se limitó a purgar a los elementos de las fuerzas armadas comprometidos en el complot, sino que se extendió a miles de opositores legales, defensores de derechos humanos y periodistas. Además, se reforzó el control sobre la rama judicial que prácticamente ha dejado de ser una rama independiente. Ejemplo del desborde de la persecución fue la prohibición de reingresar al país a una joven música integrante de la Orquesta Sinfónica que por esos días estaba en Colombia y tuvo que quedarse en nuestro país varios meses por el solo hecho de ser pariente de uno de los presuntos implicados en el fallido Golpe de Estado.

En relación con la Unión Europea la situación no es menos complicada, comenzando por el hecho de que en ella se discute desde hace varias décadas, sin que se haya decidido aún, la petición de ingreso de Turquía. En ese debate pesa decisivamente el punto de si es compatible con los principios de dicha unión un estado no caracterizado precisamente por el respeto a los derechos humanos, y un aspecto más delicado y que a pesar de su proclamado secularismo, está cada vez más cerca de borrar las fronteras entre estado y religión.

En ese punto no ayuda mucho la decisión de Erdogan de convertir la catedral de Santa Sofía -Hagia Sofía- (Santa Sabiduría), que es patrimonio cultural de la humanidad, en una mezquita, despojándola del carácter ecuménico que había tenido durante siglos.

Tampoco ha sido de buen recibo para los gobiernos europeos el chantaje al que los ha querido someter este gobernante, cuando amenaza con abrir totalmente sus fronteras con el viejo continente a los más de tres millones de refugiados que alberga, en su mayoría sirios.

Como si fueran pocos los frentes de conflicto en que se ha implicado el mandatario, incrementó las tensiones con Grecia, viejo rival con el que además tiene el problema de la isla de Chipre, en la que mantiene una fuerza militar considerable en su parte norte, en la llamada República Turca del Norte de Chipre, no reconocida por la ONU ni por ningún otro gobierno en el mundo. El contencioso greco-turco se incrementó en 2020 por disputas territoriales en el Mar Egeo, donde se han encontrado riquísimos yacimientos de gas y ha llegado a varios incidentes entre naves de guerra. En esta situación, Francia ha dado su respaldo a Grecia, afirmando que de estallar la guerra se pondrá a su lado. El enfrentamiento entre estos estados llevaría a una mayor crisis a la OTAN y posiblemente llevaría a que Turquía se retire de ella y refuerce su entendimiento con Rusia, que es, en la práctica, el país contra el cual se dirigen todos los planes de ese bloque político-militar.

Riesgos del nuevo sultanato

Demasiada ambición y la apertura de muchos frentes puede ser un juego peligroso. En una primera etapa la invocación del nacionalismo da popularidad, pero si la economía se resiente por las aventuras militares o el costo en vidas humanas es muy alto, el prestigio del gobernante puede caer en picada. Ya en 2019 en elecciones locales, aunque el gobierno mantuvo la mayoría, no fue por margen muy amplio y fue notoria, con el agravante de que perdió varias ciudades claves(Estambul, Ankara y Esmirna) a manos del Partido Republicano del Pueblo HCP, de centro izquierda kemalista, que es la principal fuerza de oposición.

Ya comienzan a regresar a la patria en ataúdes soldados turcos sacrificados en Siria y a pesar de que el Parlamento aprobó la extensión de la presencia en Libia, cada día crece el descontento por el costo de las intervenciones en el extranjero.

La Armenia que quiere Erdogan

No hablo de la Armenia del Caucaso, sino de Armenia, Quindío, que a comienzos de 2019 el Concejo Municipal de la ciudad mediante el acuerdo 01 derogó el 08 de 2014 que había declarado el 24 de abril como fecha en la que se conmemora el genocidio de 1915 en el cual fueron asesinados cerca de millón y medio de armenios cristianos a manos del gobierno turco. Hubo mucha suspicacia por el hecho de que la decisión derogatoria estuvo antecedida de un viaje del alcalde y de nueve concejales a Turquía, con gastos pagos por el estado turco, en el cual se acordó recibir donaciones de su gobierno para obras en la capital quindiana. Poco precio el de la memoria solidaria, frente a un genocidio que sólo los turcos niegan.

Finalmente debemos resaltar que sin duda, el papel de Turquía como potencia regional es clave en la convulsionada zona del Medio Oriente y aún es tiempo de que dicho rol sea jugado a favor de la paz y de la estabilidad y no tanto para restaurar sueños imperiales que no tienen cabida en los tiempos modernos. Los caudillos pasan a la historia y muy a menudo de la peor manera, repudiados por sus propios pueblos, cuando de la cosecha de ambición sólo se recogen ruinas.

No puedo cerrar esta columna sin rendir homenaje al pueblo kurdo divididos en 5 estados Turquía, Siria, Irak, Irán y Armenia reprimidos en su nacionalidad, en su lengua, en su cultura, en su derecho a congregarse como nación en el Kurdistan,  sometidos a guerras sin fin y a la geopolítica de las potencias, olvidados en el fracaso del Tratado de Sèvres al fin de la Primera Guerra Mundial, deberíamos interpretarnos en los versos de Fazil Hüsnü: “Deseo que mi vida se destiña sobre un globo terráqueo/ para esforzarme por los silencios donde todas las cosas callan”, el silencio universal sobre el sufrimiento del pueblo kurdo.

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