¿En qué se parecen el ingeniero Hernández y el temible Duterte?

El profesor Andrés Ibáñez compara a Rodolfo Hernández con Duterte (el violento mandatario filipino) y afirma que sufre un "trastorno de personalidad psicopática"

Por: Juan Guillermo Gómez García
junio 03, 2022
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¿En qué se parecen el ingeniero Hernández y el temible Duterte?
Fotos: Archivo/Wikimedia

Se le diagnóstica a Rodolfo Hernández una gran perturbación psicológica. El profesor Andrés Ibáñez, de la Universidad Nacional, habla de “trastorno de personalidad psicótica”.

Sus síntomas son: miente con facilidad y descaro, camufla su personalidad narcisista bajo una imagen bonachona y bondadosa, seduce y convence a cualquier precio, acusa a otros de cosas malas que él mismo hace, no muestra signos de auténtico arrepentimiento ni culpa, ve a las personas como objetos para manipular, es impulsivo y violento en todas las formas.

Todos estos síntomas que forman el cuadro psicopático de Rodolfo Hernández y que los medios se recrean en presentar como un asunto folclórico y causa de su éxito electoral, para encubrirle todos sus desmanes autoritarios, genera, no obstante, la pregunta decisiva, a saber, ¿cómo esa personalidad trastornada logró casi seis millones de votos el domingo pasado y genera una euforia favorable, aun en los mercados bursátiles?

Si el diagnóstico del profesor Andrés Ibáñez es acertado (y los colombianos debemos temer que sí) debemos concluir que nuestro próximo potencial presidente Rodolfo Hernández, un clon de Duterte (el violento mandatario filipino), es una amenaza devastadora.

Pero la pregunta es, repetimos, cómo a una personalidad autoritaria extravagante se le celebre que dé una bofetada a un concejal mientras era alcalde de la capital santandereana.

Que anuncie cerrar la UIS, la más importante universidad de esa región, y lotear sus terrenos; que admire al “pensador y filósofo” Adolf Hitler.

Que mande a las mujeres a mantequiar, por su naturaleza biológica; que tenga al aventurero asesor Beccassino que le aconsejó que la clave era hacer payasadas en TikTok, que sabe hacer, y no argumentar en debates públicos, que claro no tiene idea de hacer; que amenace desde ya a los congresistas, no por corruptos, sino aquellos que no le sigan sus rabietas;

Que anuncie que su primera medida será decretar la conmoción interior que es una especie de autogolpe de Estado, que nunca se ha ensayado desde 1991, para hacer lo que le salga de sus pelotas; que haya intelectuales harapientos como William Ospina que promuevan esa alternativa como “cambio”; que esté imputado por corrupción y abandere desvergonzadamente la lucha anticorrupción.

Que sus casas de intereses social se caigan y se auto-glorie como empresario exitoso; que exija bajar los sueldos de los profesores de doce a nueve meses, porque confunde receso para preparar clases e investigar con vagancia; que haya pues cien o mil razones para no tomarlo en serio y que no es sino la peor alternativa posible para la lacerada Colombia.

En 1936, tras el triunfo y la carrera violenta de Hitler en el poder, se publicó un libro icónico “Estudios sobre autoridad y familia” que agrupaba una serie de investigaciones sobre las profundas y diversas raíces del autoritarismo en la sociedad alemana. Sus autores fueron   Max Hokheimer, Erich Fromm, Herbert Marcuse, entre otros.

Era una obra colectiva, fragmentaria y por su puesto en progreso. La pregunta que subyacía a estos intelectuales judío-alemanes en el exilio (la obra fue publicada en París) era la razón o razones de la caída de la República de Weimar (el primer sistema constitucional liberal en la historia de Alemania) y el ascenso de Hitler al poder; el salto al vacío pues de la racionalidad jurídica a la demencia nazi.

¿Qué hizo posible el triunfo en urnas del cabo Hitler, un hombrecito que capitalizó la inestabilidad republicana liberal, a favor de un proyecto nacionalista abiertamente violento y demagógicamente autoritario? ¿Por qué pues la población popular y obrera no supo prever las consecuencias de la ira revanchista de un país que se sentía traicionado por el Tratado de Versalles y estaba sumido en las peores condiciones de hambre, devaluación, desempleo y falta de orgullo patrio?

Las respuestas fueron múltiples y muchas remitían a las tradiciones autoritarias del luteranismo y concluían con los efectos de los medios de comunicación emergentes, como pilares de ese desastre para la humanidad europea, mírese por donde se mire. El temor por el comunismo usurero (la leyenda de la puñalada en la espalda: Dolchstolsslegende) fue la llave que supo manipular el “salvador” Führer: judíos y comunistas como traidores enemigos de la Pacha Mama germana.

Las conclusiones provisionales de esos estudios siguen siendo una matriz investigativa de actualidad que indaga por el potencial agresivo de las sociedades capitalistas y su irracionalismo político/social sustancial.

En Colombia no hay judíos o casi no hay (digámoslo como imaginario colectivo), pero Petro es, para muchos, el temor guerrillero comunista y el camino directo a volver a Colombia una segunda Venezuela chavista.

Nada de esto es verdadero (los medios de comunicación lo saben tanto como lo sabe la Embajada norteamericana) y lo paradójico es que Petro-Francia son hoy por hoy los garantes de la estabilidad institucional (no el continuismo desvergonzado de la era uribista) y enarbolan la Constitución de 1991 como estatuto de los incumplidos derechos sociales de la nación.

En el caso del peor escenario del futuro inmediato, es decir, para este 19 de junio, sabemos a dónde irnos: al exilio. Excolombianos. Pues.

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