En memoria a Sergio Urrego

Por: David Bustamante Segovia (@Ernesto7Segovia)
marzo 09, 2015
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En memoria a Sergio Urrego

En apariencia todo está bien: se hagan las cosas bien o no, nadie se queja. La «patología de la normalidad» de Fromm tomó el lugar de la razón con que nos dotó el Creador, silenciada por lo que nos han hecho tragar con un adobo sacrificial de embrutecida racionalidad. Pero cuando se pone el dedo en la llaga de un tema que para una sociedad con cerca de 1,700 años de atraso estira todas las fibras del prejuicio, todos hacen uso de la sinrazón como razón creyendo esgrimir la más infalible jamás antes profesada.

Desde milenios atrás la homosexualidad ha sido tratada como una peste de la que siempre hubo que escapar de su alcance y el homosexual discriminado, perseguido y acusado de estar poseído. ¿Poseído de qué o quién? Nada más que del demonio y sus ganas de contradecir a Dios, nunca de una orientación sexual, vista además como enfermedad cuando no como depravación grave según las sagradas escrituras –las que no se molestan en señalar también que la esclavitud es una condición natural (entre otras sandeces del Deuteronomio).

Los homosexuales que en una sociedad como la nuestra “salen del closet”, a menudo lo hacen a costa de la crítica y de la desconocida verdad respecto a su duda máxima, su preocupación existencial:

“¿Si Dios me hizo así, sintiendo lo que siento, por qué me juzga como pecador? ¿Si Dios ha creado una tercera forma de amar ¿por qué se me discrimina y condena? ¿Me habrá lanzado al mundo bajo una maldición para servirle de ejemplo a los pecadores? ¿Será algo así como salvar a los pecadores como yo a través de la crucifixión del deseo?”.

Curiosamente, nadie habla de los estudios de Simón LeVay o de los científicos neerlandés y colombiano Dick Swaab y Ernesto Bustamante Zuleta, respectivamente. Los tres sostienen que en el hipotálamo se radica un gen homosexual durante los primeros seis meses de gestación del feto y aflora cuando se alcanza o acerca la pubertad (debido a la madurez biológica). En sus estudios se probó la diferencia del tamaño del hipotálamo en hombres y mujeres homosexuales en comparación con los heterosexuales. Mientras las investigaciones o estudios que intentan probar la homosexualidad como proceso social fracasan, los que buscan establecer la teoría biológica parecen acercarse más a la verdad.

Sin embargo, lo que pareciera precisar de la ciencia para salir de dudas… basta con razonar. Si la homosexualidad se originara en el entramado social, al heterosexual le bastaría con encontrar a una persona de su gusto (según los atributos de su atracción) para iniciar una relación sexual sin importar su sexo. Más no sucede, como tampoco con el homosexual que a fin de integrarse (evadir la crítica de familiares y amigos) aparenta sostener una relación con alguien del sexo opuesto hasta que hastiarse del escondite (presión o prejuicio social). ¿Se nos olvida el componente biológico del amor y de las relaciones sexuales? ¿Acaso la erección del pene –como el endurecimiento del clítoris– no es una respuesta bioquímica? Lo que no es, no es; por lo mismo: no puede forjarse.

Pero ni Gimnasio Castillo Campestre ni su rectora –ni la sociedad– entienden y la biología juega al papel de una especie de demonio que ha trastocado todas las razones sociales encerrando lo racional en closets mientras afuera se acepta solo lo aparente. Desde luego que son cosas del demonio, pues solo el demonio no acepta las cosas como Dios las ha creado y así engendra culpas en la sociedad: toda la sociedad que censura la homosexualidad que va en contra de la palabra que está en labios de los religiosos.

Desde pequeños se deposita en la psiquis del homosexual un sentimiento de culpa o forma de locura que lucha devanándole los sesos durante toda la adolescencia entre una esencia (naturaleza biológica) que clama expresarse con libertad y una crítica social y religiosa (prejuicio) que reclama culpas y exige cambiar esencias por apariencias para poder “vivir”, no en la felicidad interna individual, sino en la “paz” que exige la crítica social.

El prejuicio no es nunca solamente un error de juicio, es y ha sido siempre, a todas luces e insistentemente, un solemne atropello.

Colofón: La Asociación Americana de Psicología (APA, por sus siglas en inglés) y Estadounidense de Psiquiatría (APA, también por sus siglas en inglés) retiró la homosexualidad del DSM IV (Manual diagnóstico y estadístico de trastornos) en 1973, precisamente por lo antes explicado. Tenemos 42 años de atraso en investigación y ocho siglos de abuso e incomprensión.

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