Texto escrito por: Jairo Valderrama
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Los dispositivos portátiles de comunicación y de consulta instantánea, ya masificados en la mayor parte del mundo, siguen hundiendo el poder que durante décadas estuvo en manos de la industria de la televisión. De este ya decadente medio de información, están quedando apenas los aparatos para tomar las señales de las plataformas o de algunos canales que demandan los nostálgicos nacidos en el siglo pasado. Sin embargo, falta muy poco para que se disuelva ese acceso religioso de hace 30 años a este tipo de contenido.
La migración de las audiencias, sobre todo de jóvenes, a las plataformas digitales también les exigió a los programas de la televisión tradicional exponer su contenido en estas y en las atarrayas sociales, y más si los intereses seguían siendo solo lucrativos. Los anunciantes, cuya intención consiste en vender o en aumentar sus ventas, se dirigen a los grupos humanos más numerosos (y más vulnerables), para que en esa proporción se obtenga la rentabilidad. Por tanto, si el número de televidentes ha disminuido tan drásticamente, nada de extraño es buscar a la clientela donde más abunde.
Así, los canales del siglo pasado, al menos por este medio, han disminuido sus ganancias. En esos espacios, entonces, ya no vale la pena contratar a libretistas sesudos, pagar por escenarios opulentos, contratar a actores o a presentadores al menos con ciertas cualidades actorales o histriónicas. De esta manera, es fácil encontrar en esas emisiones una competencia testaruda por quienes de estos participantes ocupan el primer lugar en la frecuencia y cantidad de las sandeces que exponen.
Ese estilo renovado y vergonzoso, pero al tiempo repetitivo, permite calcular el perfil de los televidentes del siglo XXI, muy semejantes al tradicional. Es obvio que basta un mínimo de sentido crítico para experimentar cierto bochorno ante esas temáticas. El abaratamiento de las producciones, de forma simultánea, presenta formatos de telerrealidad (llamados reality show), espacios para chismes, discusiones triviales o dinámicas reiteradas, como las telenovelas que se retransmiten una y otra vez; casi como obligar a una tatarabuela a que siga bailando como en los tiempos de su juventud.
Asimismo, las versiones de la vida social se centran en Bogotá, como si en el resto del país las rutinas fueran iguales. Se suma a ello que, cuando intenta mostrarse la cultura de cualquier otra región, aparecen identidades caricaturizadas, parlamentos afectados, hábitos ridículos y, sobre todo, vestuarios recargados, que en lugar de impresionar reafirman una estética bastante pobre.
De toda esta oferta, quizás la más lamentable apunta a la falta de sentido crítico en asuntos de trascendencia nacional y mundial. Como si se menospreciara y se generalizara la capacidad reflexiva de la audiencia, se abordan asuntos frívolos y ajustados a la vida privada de los famosos, adinerados y poderosos. Tanto es así, que hasta la intimidad de muchos de ellos es material para venderse, donde el sensacionalismo, la memez y el escándalo funcionan como ingredientes ineludibles.
Que los contenidos televisivos deben entretener, esa es una posibilidad. Sin embargo, si los propósitos educativos y edificantes quedan relegados, ningún servicio ni compensación habrá para los fieles televidentes. Junto a ello, podría mencionarse el papel noticioso de muchos espacios; pero, si estos son formatos clonados, en que solo cambia el número del canal, los presentadores e informadores, muy poco se aporta a la sociedad, que debe conocer una amplia diversidad de enfoques para formarse un criterio propio.
Todo ello incrementa los obstáculos para que a la gente se le impida reflexionar. Por tanto, en este chapaleo desesperado de la televisión nacional, parece que los únicos salvavidas son lo barato (en todos los sentidos), el sensacionalismo y el esnobismo extremo. Desde estos referentes, la tristeza mayor está en que incontables televidentes se esfuerzan por imitarlos.
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