En la constitución colombiana, todos somos un otro para el otro

"La carta magna de 1991 hace una apuesta diferente, una que nos incluye a todos y nos desafía a construir un Estado social de derecho que se parezca más a lo que somos"

Por: Maicol Ruiz *
abril 19, 2021
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En la constitución colombiana, todos somos un otro para el otro

“Para que pueda ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros,  los otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia” (Octavio Paz).

Ubuntu significa "yo soy porque nosotros somos".

En Colombia solemos tener la idea de que los diversos son otros, aquellos grupos que contemporáneamente se denominan “étnicos”, pero que antes fueron catalogados como “salvajes”. Sin embargo, se nos olvida, que, en este país de diversidades bioculturales, todos somos otros para otros. Por ello, dependiendo del lugar desde el cual nos ubiquemos, podremos ser “alijunas” para los wayúu, “hermanos menores” para los arhuacos, “capunías” o “libres” para los embera, "patianos" en el Cauca, colonos, para los pueblos de la Amazonía, “paisas” en el Chocó, “cachacos” en el caribe, “continentales” para los raizales de San Andrés y Providencia, “productores rurales” si vamos desde nuestra vereda a pedir apoyo a una oficina pública en la ciudad, o “campesinos” si estamos vinculados a una zona de reserva campesina.

Sin embargo, a pesar de que seamos un otro para el otro, todos compartimos algo en común, somos ciudadanos colombianos. Por ello es tan colombiano un rrom como un guanadule, un continental, un raizal, un pasto, un palenquero, un campesino boyacense o un poblador urbano.

Todos somos un otro para el otro en nuestro país de regiones y ciudades. Eso quiere decir que los colombianos habitamos el territorio nacional a partir de cosmovisiones diferentes; las cuales, a su vez, han generado diferentes formas de relacionarnos con nosotros mismos, con los demás y con el entorno, formas diferentes de pensar, sentir y actuar, de ser familia, de cultivar, hacer economía, política, educación, ética y estética. Todas ellas relacionadas muy estrechamente con las condiciones ambientales en las que hemos vivido, pero también con los procesos históricos de conquista, esclavización, independencia, colonización, emancipación, democratización, violencia, modernización, narcotráfico, resistencia y reexistencia, en los que todos, de alguna manera, nos hemos visto envueltos a través de 5 siglos.

Procesos que han edificado una sociedad racializadora y desigual, que busca en referentes exógenos las maneras para edificarse. Una sociedad en la que, para muchos, nuestros rasgos físicos están asociados naturalmente con los patrones culturales que seguimos y, en consecuencia, consideran que tales rasgos, definen las garantías y posibilidades que tenemos las personas para desplegar nuestras vidas en Colombia.

Es por ello que son aún muchos los que aún asumen la diversidad étnica y cultural presente en nuestra sociedad, como una relación entre civilizados que deben gobernar y salvajes que hay que someter y despojar, antes que una relación entre ciudadanos con repertorios culturales diferentes, que funda la legitimidad de nuestras instituciones.

Es por eso que hoy, en pleno siglo XXI, todavía insistimos en rotular mutuamente nuestras diferencias, a partir de categorías coloniales que inventaron los que vinieron a conquistar a América en el siglo XV. Categorías que simplificaron, la enorme diversidad de pueblos con los que se encontraron en este continente, pero también categorías que simplificaban la propia diversidad de los conquistadores, así como la de los africanos que fueron traídos en calidad de esclavos.

Seguimos llamándonos negros, indígenas, blancos, aunque los múltiples mestizajes que han tenido lugar en nuestras tierras durante más de 500 años, han producido realidades culturales y sociales cada vez más complejas, con muchos matices a nivel local, regional y nacional. Realidades, que, en muchos casos, son difíciles de acotar utilizando la creciente y disputada nomenclatura étnica y que desbordan las definiciones institucionales de cultura.

Desde mi perspectiva, la constitución de 1991 hace una apuesta diferente, una que nos incluye a todos como diferentes y nos desafía a construir un Estado social de derecho que se parezca más a lo que somos.

Esto se evidencia de manera particular, en el artículo 7 de nuestra constitución, el cual plantea que el “Estado reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la nación colombiana”, un enunciado que presupone que nuestra nación, esa de la que todos los colombianos hacemos parte, es étnica y culturalmente diversa. Lo que supone, consecuentemente, que todos hacemos parte de esa diversidad, no solo los grupos étnicos. Reconocerlo, significa asumir que debemos replantearnos la manera racista y racializadora desde la que nos hemos relacionado desde tiempos coloniales y construir nuestro horizonte a partir de lo que Boaventura de Souza denomina una ecología de saberes.

Reconocernos como parte de la diversidad que constituye la nación colombiana, es reconocer que nuestra sociedad no debe ser construida solamente desde la perspectiva étnica o cultural de un grupo en particular, sino que debe ser edificada de manera participativa, a partir del respeto y el reconocimiento de la pluralidad de perspectivas existentes en nuestro seno. Un proyecto ambicioso, que supone encontrar, a través del el dialogo y la negociación sociocultural, las rutas para reestructurar las relaciones de poder que se han establecido históricamente entre nosotros y nos ha sumergido en guerras eternas contra la diversidad. Guerras que asfixian nuestras capacidades creadoras, con inseguridades, miedos, desconfianzas, resentimientos y odios. Superar ese estado de cosas, es uno de los grandes desafíos que nos dejó planteada la constitución y 30 años después, cuando se cumplen 5 años de los acuerdos de la habana, aún nos sigue interpelando con la misma fuerza de aquel tiempo.

* Docente Asociado Licenciatura en Etnoeducación Universidad tecnológica de Pereira.

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