Opinión

En el umbral de la escalada

En el borde de las presiones geopolíticas en América Latina: Abogar desde las ciudadanías, por verdad y cuidado democrático

Por:
enero 09, 2026
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Durante los primeros días de enero, América Latina volvió a amanecer con la experiencia  conocida de ser intervenida y estar siendo observada desde afuera. Después de la inaceptable intervención en Venezuela, las pantallas se han llenado de declaraciones ásperas, advertencias cruzadas y gestos de fuerza que, por momentos, parecieran empujar a la región hacia un nuevo ciclo de confrontación. En Colombia, la reacción no ha sido silenciosa: hubo palabras firmes desde el gobierno, movilización ciudadana y un clima de alerta que recorrió calles, redes y conversaciones cotidianas. Lo cierto es que el continente, una vez más, siente que la historia se acelera.

Luego vino el contacto directo entre los presidentes Petro y Trump que introduce una pausa, una inflexión en el tono, un breve descenso de la temperatura política. La escena se reordenó: se habló de diálogo, de encuentro, de diplomacia. La llamada abrió un compás de escucha; no disuelve las asimetrías ni la lógica de presión. Lo ocurrido no desmiente la tensión previa, la reconfigura; muestra, con nitidez, que el riesgo de escalamiento convive con la posibilidad de distensión, y que ambas forman parte de un mismo tablero geopolítico.

Lo que se expresa en estos episodios no puede leerse como una suma de crisis aisladas ni como un exceso retórico pasajero. América Latina atraviesa una reconfiguración del orden hemisférico en la que reaparecen, con lenguajes actualizados, formas de dominación militar, financiera, tecnológica y comunicacional propias de un colonialismo renovado. No se trata solo de despliegues armados o amenazas explícitas; estas lógicas operan también en la economía política, en la producción de subjetividades y en la vida cotidiana de nuestras sociedades.

Desde esta perspectiva que va emergiendo, la región vuelve a ser pensada como periferia estratégica: territorio de extracción, corredor energético, proveedor de materias primas, plataforma de control geopolítico y laboratorio de intervención institucional frente. Ala producción de narcóticos. Las tensiones que atraviesan a Venezuela, y las advertencias dirigidas a Colombia, no son accidentes coyunturales; expresan una transición de hegemonía global que erosiona equilibrios previos y profundiza la inestabilidad política, las desigualdades sociales y la fragilidad democrática. La pregunta de fondo no es si habrá una guerra inmediata, sino si se consolida un régimen de presión permanente que naturaliza la excepcionalidad y reduce la soberanía a un margen negociable.

En este escenario se expanden las lógicas de la guerra híbrida. Presión diplomática, sanciones económicas, intervención tecnológica, operaciones psicológicas, militarización selectiva y captura corporativa del Estado se combinan de maneras cambiantes. La coerción no avanza siempre en línea recta: amenaza y diálogo, tensión y distensión, advertencia y promesa pueden formar parte de una misma coreografía de poder. La escalada, conviene insistir, no es únicamente militar; es institucional, económica y simbólica.

La retórica de la “seguridad hemisférica” reaparece así como doctrina reciclada que, bajo el lenguaje de la estabilidad, legitima tutelas externas y condicionamientos financieros. Al mismo tiempo, los países del Sur global ensayan respuestas ambivalentes: proyectos de soberanía, intentos de autonomía estratégica, pactos pragmáticos con el mercado mundial. Ninguna de estas rutas está exenta de conflictos. En el trasfondo persiste el riesgo de intensificación del despojo sobre bienes comunes estratégicos - energía, agua, biodiversidad, territorios amazónicos, infraestructura logística, datos -, donde la inestabilidad política suele funcionar como condición de posibilidad para nuevas formas de dependencia.

La violencia, en este marco, no es solo consecuencia: puede convertirse en instrumento de ordenamiento geoeconómico que disciplina poblaciones, fragmenta tejidos sociales y debilita proyectos democráticos alternativos. A esta arquitectura se suma una dimensión decisiva: la crisis comunicativa. Los conflictos ya no se narran únicamente; se producen y circulan en tiempo real en ecosistemas digitales donde información, propaganda, rumor y operaciones de influencia se entremezclan. La disputa por el sentido se convierte en un campo de batalla central.

En medio de este clima, la ciudadanía queda expuesta a una doble vulnerabilidad: material y simbólica

En medio de este clima, la ciudadanía queda expuesta a una doble vulnerabilidad: material y simbólica. Estar en el umbral de la escalada no remite solo al peligro eventual de una confrontación armada, nombra una condición más profunda: la normalización del miedo, la precarización de derechos, la erosión silenciosa de la ciudadanía y la expansión de lógicas autoritarias que se presentan como inevitables. El riesgo mayor no es únicamente un estallido puntual, sino una deriva prolongada hacia democracias vaciadas de participación y Estados debilitados en su responsabilidad pública.

Frente a este escenario, la tarea ciudadana no puede ser ni ingenuamente voluntarista ni meramente reactiva. Exige pensamiento crítico, memoria histórica y acción colectiva situada. Exige, sobre todo, una vigilancia democrática que combine la defensa firme de la soberanía con la apuesta decidida por la no violencia, el derecho internacional y la diplomacia. La distensión abierta por el diálogo no debe ser leída como concesión gratuita ni como victoria definitiva, sino como una ventana que conviene ampliar y proteger frente a quienes se benefician del escalamiento.

En tiempos de opacidad informativa, la ciudadanía latinoamericana no puede limitarse a reaccionar emocionalmente. Su papel comienza por resistir la colonización del miedo: contrastar fuentes, evitar la reproducción irreflexiva de rumores, reconocer las operaciones de manipulación afectiva y sostener espacios colectivos de deliberación. La disputa geopolítica del siglo XXI no se libra solo con armas convencionales; se libra en la verdad, en los cuerpos, en los territorios y en la imaginación política. Estar alertas sigue siendo necesario, pero alertas para desescalar y encontrar caminos alternativos, para defender la dignidad colectiva y para impedir que la violencia - presentada como destino -, clausure el futuro.

 

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