En defensa del feminismo en Boyacá

En un departamento con cifras tan altas de violencia de género, la discusión no puede ser personal, sino trascender mucho más allá. Una perspectiva

Por: Emma Avila Garavito
mayo 15, 2020
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En defensa del feminismo en Boyacá
Foto: Flickr MediaReduy - CC BY-SA 2.0

El 10 de enero de 2018, Tunja se levantaba sonando en los principales medios del país por una noticia escabrosa: Javier Paipa Reyes, residente de la vereda Chorro Blanco, intentó asesinar a su hija de apenas tres meses de nacida al dejarla abandonada en un potrero en horas de la madrugada. Este fue el segundo intento de asesinato hacia ella, el primero se dio mientras su esposa, Ana León Barón, se encontraba en avanzado estado de embarazo; en esa ocasión intentó quemarla viva incendiando su casa. Tal y como se reportó en Caracol Radio [1], la madre de la bebé expuso ante las autoridades que el motivo por el cual Javier Paipa Reyes quería asesinar a su hija era por el hecho de haber nacido mujer.

Desafortunadamente, el departamento de Boyacá supera por 18, 5% el promedio nacional de violencia física en contra de la mujer, con el 14,9% la violencia sexual, con un 7,9% negligencia y abandono con el 7,9% y finalmente la violencia psicológica con el 7,4% según datos registrados por el Sistema Nacional de Vigilancia en Salud Pública (Sivigila) [2]. Cabe recordar que, de acuerdo a ONU Mujeres, se estima que a nivel global no se denuncian ni el 30% de los casos, cifra que se profundiza en áreas rurales; para no ir muy lejos, durante esta cuarentena las cifras de denuncias por violencia contra la mujer se han incrementado en más de un 150%. En este sentido, vale la pena preguntar de nuevo: ¿cuántas mujeres, niñas y niños están encerrados en este momento con un violador maltratador?

Históricamente han relegado nuestra vida a la economía del cuidado no remunerada, es decir, al cuidado de los hogares y los trabajos domésticos; han invisibilizado todo el aporte de las mujeres hacia la ciencia y el arte; en la política apenas hasta ahora estamos abriendo camino y en el mundo laboral y profesional aún se evidencian grandes brechas económicas. Habitamos en una sociedad en la que a diario evidenciamos casos como los de Juliana Samboní o como los de Rosa Elvira Cely. Y sí, aunque todavía lo nieguen, a las mujeres nos agreden física y psicológicamente, nos acosan, abusan y violan, nos minimizan y discriminan, nos asesinan por el hecho de ser mujeres.

Pese a todo esto, ayer nos levantamos con un titular en un diario local que realmente raya con el amarillismo: "una comunicadora contra las feministas en Boyacá". Sin embargo, contra todo pronóstico, en la nota no se deja ver claramente cuál es la postura crítica de la tuitera en contra de las feministas en Boyacá. Al parecer, solo sigue en el sano juego del patriarcado que, como los estudiantes de colegio, disfrutan ver a las mujeres “agarradas” sin ninguna discusión de fondo; la nota se centra en discusiones personales que no cobijan a más de tres o cuatro personas, alimentando el morbo y chisme de esos “tolditos” provincianos que carecen de argumentos y rigor académico.

Claramente, seguir comentando ese bochornoso hecho es darles juego a los egos ávidos de popularidad. Por ello, es mejor volver a la discusión sobre el movimiento feminista en Boyacá, partiendo de un hecho fundamental: no hay un solo feminismo, ni una sola forma de concebirlo, ni dueñas y señoras de la verdad absoluta que otorguen membresía o títulos para ser feministas; es más, muchas de las que reivindican la emancipación de la mujer, luchan por la igualdad de derechos, la equidad en condiciones laborales y profesionales, y la capacidad de decidir sobre nuestros cuerpos, en muchas ocasiones lo que menos les importa es la etiqueta para llamarse feministas.

El movimiento feminista alberga muchas posturas: ecofeminismo, anarco feminismo, trans feminismo, feminismo liberal, feminismo desde las epistemologías del sur, etc., un sinfín de formas de ver y concebir las luchas con, lo que considero, dos premisas fundamentales; la equidad de género e igualdad de derechos, en últimas la deconstrucción de los imaginarios sociales que han invisibilizado, devaluado y cosificado a las mujeres en la sociedad. Por supuesto, alberga también el respeto a la vida humana y con ello a la otredad y la diferencia.

En un departamento con cifras tan altas de violencia de género, en donde aún es costumbre que los papás, hermanos, tíos y abuelos violen a niñas de 12 y 13 años, en donde aún se evidencian las brechas de acceso a educación y en donde las campesinas aún en pleno siglo XXI no acceden a la independencia económica, definitivamente la discusión no puede ser personal. Contrario a lo que dicen esos “tolditos”, en Boyacá las mujeres no nos organizamos para atacar a dos o tres mujeres; nos organizamos en redes de apoyo a mujeres y a sus familias víctimas de violencia intra familiar, acompañamos las luchas de las trabajadoras sexuales, de las mujeres transgénero, lo hacemos para defender el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, para salvaguardar nuestras semillas nativas y conservar nuestros saberes ancestrales: somos defensoras del territorio y la vida.

En Boyacá necesitamos más Vilmas y Celinas discutiendo sociología y derechos humanos en salones de clase, más Ana Marías reivindicando el papel de las mujeres en nuestra historia, más Maryoris y Lauras en los escenarios políticos, más Estefanis defendiendo la Ciénaga de Paliagua, más Olgas organizando a las mujeres en la defensa del Cocuy, más Adrianas haciendo política pública de género, más Semillas, Violetas y Clandestinas animando las luchas populares, más Astrid y Lauras trabajando en la Casa de la Mujer y más Nilces trabajando en Antonia Santos, más Patricias dando apoyo psicosocial, más Alexandras trabajando con mujeres campesinas guardianas de semillas nativas, más Amapolas, Andras y Jahairas en la trans lucha, necesitamos más Tatianas, Lauras, Lilianas y Mónicas defendiendo los DD. HH.

No estamos para discusiones personales: nuestra tarea es generar debates académicos con ideas y argumentos, buscar escenarios de incidencia y movilización, concentrarnos en nuestras luchas y cómo las visibilizamos, seguir tejiendo un movimiento feminista pluralista y coherente, un movimiento a la altura que nuestra tierrita lo merece.

[1] Intento de feminicidio en Tunja: un hombre trató de asesinar a su propia hija de apenas tres meses

[2] Boyacá supera el promedio nacional de violencia contra las mujeres y niñas

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