En defensa de Virgilio Barco

"¿Quién honesto puede afirmar y apoyar la malvada afirmación de que fue bajo la tutela de él que se gestó el genocidio contra la Unión Patriótica?". Escribe Gloria Gaitán

Por: Gloria Gaitán Jaramillo
enero 14, 2021
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En defensa de Virgilio Barco

Nada más doloroso que la impotencia que se vive frente a la injusticia, como cuando una calumnia se divulga como plumas al viento. Es lo que se siente frente al perverso artículo de un tal Donadío, que acusa a Virgilio Barco de haber sido el cerebro del genocidio a la Unión Patriótica.

Nada más fácil de controvertir que este maligno infundio, pues nadie adulto en este país desconoce que el presidente Virgilio Barco sufría, desde el principio de su mandato, de un Alzhéimer que se le fue incrementando con los años, hasta llegar el momento en que lo llevaron, medio inconsciente, a un banquete oficial en Japón donde se vomitó por causa de la dolencia que padecía.

¿Quién honesto puede afirmar y apoyar la malvada afirmación de que fue bajo la tutela del presidente Barco, enfermo de Alzhéimer, que se gestó el genocidio contra la Unión Patriótica? ¿Quién, en su sano juicio o con un mínimo sentido de la equidad y la justicia, puede hacerle eco a tan tortuosa calumnia?  Solo un alma proterva puede hacerse eco de tal embuste.

Sabemos los colombianos adultos que quien gobernó a Colombia en esos años fue Germán Montoya, taimado Secretario General de la Presidencia, en contubernio con el ministro de Gobierno, reconocida ficha de los hermanos Rodríguez Orejuela, en momentos en que el Ejército desplegaba su dominio después del golpe que le diera al anterior presidente, Guillermo Valencia. Y ese clan malvado impulsó la presidencia y la permanencia en el cargo de una persona que, por razones de salud, no podía ejercerla, porque sabían que sin Barco en la presidencia ellos jamás podrían gobernar, tarea que podían desempeñar a su antojo, en sus cargos de secretarios y ministros, actuando a nombre y en función del presidente Barco, cobijados por la complicidad de los miembros del “país político”.

Resulta que la quinta enmienda que en Estados Unidos le habría valido la aplicación de la salida del cargo de presidente por incapacidad física para desempeñar sus funciones, en Colombia sirvió para que, por debajo de cuerda, otros mandaran, decidieran y delinquieran.

No defiendo al presidente Barco por sus ideas, que nunca compartí, a pesar de que se declaró siempre gaitanista y partidario de un Gaitán que no es el que yo conozco, sino que él adaptó esa imagen que tenía de mi padre a sus propios ideales. Siempre respeté este “gaitanismo” sui generis, porque nunca nació del oportunismo, nunca “gaitaneó”, que es servirse de su nombre para obtener seguidores. No. Fue una legítima y honesta admiración muy respetable.

Les pido a los sobrevivientes de la Unión Patriótica y a sus nuevos militantes que no se dejen engañar por quienes quieren forjar su propio prestigio al precio de enlodar a alguien que estaba en incapacidad absoluta de cumplir el papel de genocida. Profeso un especial sentimiento de hermandad y fraternidad con las víctimas de la UP y sus deudos, porque la mayoría de ellos eran hijos o nietos de gaitanistas. La UP es, para mí, la sobrevivencia de un movimiento que, como el gaitanismo, fue liquidado mediante un sangriento genocidio que han querido ocultar bajo el manto del memoricidio.

Aprovecho esta ocasión para saludar a Virgilio Barco Isakson, su hijo, persona sensible que el azar me permitió conocer, valorando su sensibilidad casi inocente. Sé lo que debe sentir, ya que yo de muy niña lloraba con la campaña de estigmatización con que los adversarios de mi padre lo persiguieron. Comprendo su dolor y lo comparto.

Soy enemiga de quienes atacan a sus adversarios con insultos, en lugar de hacerlo con raciocinios. Pero, ante la calumnia infamante fácilmente controvertible, no me siento capaz de terminar este escrito sin lanzarle al calumniador el grito de: “cabrón”.

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