En Armero los ladrones se llevaron hasta los muertos

El cementerio, el único lugar que quedó intacto después de la avalancha fue arrasado por hechiceros y estudiantes de medicina. Nadie se hace cargo de este robo

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septiembre 30, 2017
En Armero los ladrones se llevaron hasta los muertos

El buda que le regaló el gobierno de Japón a la memoria de Omaira Sánchez, cuando se cumplieron dos años de la tragedia, se lo robaron tres semanas después de haberlo puesto en una placa en el Parque de los Fundadores de Armero, el lugar donde está un pedazo de la cúpula de la catedral que no alcanzó a comerse la avalancha y una estatua del papá Juan Pablo II arrodillado ante la misma cruz de cemento ante la que se inclinó en su visita al lugar en 1986. Esa cruz tenía unas cadenas doradas que también desaparecieron al poco tiempo de ser puestas. Los vendedores de Bon-Ice y de DVD’s contando la tragedia se aprestan a contarlo todo. Hablan de los fantasmas que se agolpan en los esqueletos de las casas que aún permanecen en pie, de las señoras que ha puesto a caminar Omaira Sánchez y, sobre todo, de los saqueadores que no dejan de visitar Armero.

Después de la avalancha que mató a 25 mil personas llegaron, en ayuda extranjera, US$3.3 millones. Dos terceras partes fueron robadas impunemente. El saqueo, que empezó horas después de la tragedia cuando la defensa civil, la policía y la gente de otros municipios llegaban al campo santo más grande Latinoamérica a llevarse neveras, televisores, llantas, tejas e inodoros, 32 años después continúa. Lo único que quedaba por saquear eran el cementerio, uno de los dos lugares, junto a la zona de la tolerancia, que quedó intacto después de que una montaña de lodo de 40 metros de altura tapara la segunda ciudad mas próspera del Tolima.

Los primeros que llegaron a saquear las tumbas fueron los estudiantes de medicina de universidades de Ibagué y Manizales. Rompían la lápida y se iban llevando las calaveras intactas y abandonadas. En Armero solo hubo 5.000 sobrevivientes que se ubicaron en los municipios de Lerida, Mariquita e Ibagué. Aunque muchos de ellos se preocupaban por visitar a sus muertos, con el tiempo dejaron de ir. El ambiente de Armero, sobre todo en algunas tardes de sol, es irrespirable es imposible que el viento que agita los ocobos no arrastre consigo los recuerdos de ese 13 de noviembre de 1985.

En 1990 la maleza empezó a comerse al cementerio. A los estudiantes de Medicina los siguieron los saqueadores de tumba, aquellos que sólo buscaban robarse la lápida y vender el mármol, aquellos que aún buscaban, entre los huesos y las ratas, un anillo, una cadena, una guaca escondida. El cementerio es un sitio escondido entre el follaje, solo visitado de día por los guías que, por solo 15 mil pesos, hacen un recorrido por la ciudad fantasma. De noche las vacas y los recuerdos se apoderan de ese sitio. No hay policía ni fuerza pública. La dioscesis del Espinal, quien debería encargarse del mantenimiento, simplemente la ha olvidado.

Es lunes festivo en la tarde. Un grupo de 20 motorizados desfilan por las calles destapadas. Armero es sólo una maraña que no para de crecer. Armero son tumbas colectivas al lado del parque de Los Fundadores, en muchas de ellas descansan los restos de toda la rama judicial del municipio, el alcalde que advirtió sobre la tragedia pero no fue escuchado por nadie, Ramón Rodriguez, descansa a unos pocos metros de allí. Armero es la cruz que sirve como lugar de peregrinaje del sitio donde Omaira Sanchez luchó 60 horas por su vida. Armero es el cementerio del que solo quedan unas cuantas calaveras. Hace sol, el sudor se pega a la camisa. Entramos. Lo único que parece inmune al tiempo y el olvido es un ángel que aún conserva los colores. Nadie lo ha tocado, como si una fuerza misteriosa lo protegiera. De resto, todas las tumbas están saqueadas. Adentro se ven pedazos de ropa y restos de huesos chamuscados. El guía que nos acompaña dice que están así debido a los hechizos que de noche hacen allí. Al lado de los sarcófagos hay vidrios de un metro de alto hechos astillas y hasta se encuentran pescuezos de gallina. A unos cuantos pasos se asoman muñecas con la cara pintada y el carbón de una fogata. Para el guía esos son las pruebas de que en el lugar se efectúan ritos que tienen que ver con la brujería.

El sol golpea el cuello, una vaca se asoma entre el follaje. Los curiosos siguen llegando. Los guías no tienen nada nuevo que contar. Dicen que en la entrada del cementerio nació un niño al que le pusieron Juan Armero, que fue uno de los tantos niños que se llevaron sin permiso los gringos que terminaron de saquear Armero, un lugar en donde se robaron hasta los niños. Que el año pasado vino Juan Armero, convertido en todo en europeo y que lloró por como encontró los pedacitos de lo que alguna vez fue su pueblo. Después se fue y no le volvió a importar lo que pasaba con Armero.

A Armero parece importarle solo a Francisco Gonzalez, el único hombre que lucha por preservar una memoria que sepultó una montaña de 40 metros de lodo.

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