Opinión

El voto no es por los candidatos

Lo que el sufragio expresa es el ánimo de los electores en un país sin justicia, economía en crisis, violencia, y una élite ciega o insensible al estado de cosas

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noviembre 03, 2021
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El voto no es por los candidatos
Hoy los candidatos son simples jefes de camarillas —muchas veces familiares— cuyo único interés y propósito es su supervivencía en la repartija de cuotas burocráticas y de poder

Lo que expresa la totalidad del voto no es una calificación sobre la idoneidad de los candidatos. Lo que expresa el conjunto de la votación es el ánimo del momento de la población.

El votante no selecciona según las capacidades necesarias en un gobernante —conocimientos, trayectoria, formación, responsabilidad, etc.. —Tampoco sobre las condiciones de liderazgo y de habilidad para sacar adelante una gestión. Solo conoce del candidato lo que se vende como una imagen publicitaria.

Está motivado por el momento en que se encuentra y básicamente según la satisfacción o insatisfacción con el gobierno en curso.

Es evidente el inconformismo con el gobierno actual. Sea por causa de la pandemia, de la incapacidad de Duque como gobernante, o por la frustración de que no haya respondido a quienes sentían que con él implementarían determinadas políticas, el hecho es que tiene alineadas en su contra tanto una oposición de izquierda como de derecha.

No aparece la oferta de la posibilidad del ‘cambio sin revoluciones’ que lideraba el Partido Liberal. La columna vertebral estabilizadora del sistema político que él encarnaba fue desaparecida y transformada en fuerza de extrema derecha por obra y gracia de César Gaviria (hoy con la estructura de mafia de ‘te doy el aval si me reconoces como director, y no te puedes salir porque el trasfuguismo significa muerte política’); existe una ansia de cambio represada  y una  atomización de minipartidos y minicandidatos (enanitos los llamó Semana) que van de centro derecha a extrema derecha defendiendo el statu quo.

Con ello se acabó además el sistema político de partidos, el cual ofrecía una confrontación de alternativas entre proyectos con ideología, orientación y programas depurados en procesos internos, llevados al debate público en cabeza de voceros escogidos por su identificación con ellos. Hoy los candidatos son simples jefes de camarillas -muchas veces familiares- cuyo único interés y propósito es su supervivencía en la repartija de cuotas burocráticas y de poder.

Desaparecida esa opción de cambio moderada, las fuerzas sociales se dividen en sectores que se han ido polarizando hacia los extremos: de un lado las élites —política, económica, aristocrática y oligarca en el sentido de unos pocos detentores del poder— que desean y gestionan para conservarlo; y del otro, unas masas de mayorías justamente inconformes y que ya no se resignan a que seamos el país con mayor desigualdad, mayor desempleo y mayor pobreza del continente (y en proceso de más deterioro).

Vivimos en un país sin justicia y con una economía en crisis total, con los indicios de violencia más altos como resultado, y una élite que parece ciega o insensible a este estado de cosas.

Los votantes, sin ninguna calificación previa ni con lo que en economía se llama la ‘plena informacion’, entran en un mercado distorsionado, en el que el abuso del poder y la inevitable corrupción del dinero crean una imagen que les es vendida como cualquier producto de mercado.

La polarización así se concreta a favor o en contra de un candidato que se ve como ‘revolucionario’, independientemente de sus características, condiciones , capacidades o personalidad.

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Dividido el país, con los votantes ‘cargados de tigre’ o ‘emberracados’ tanto de un lado como del otro y divididos por mitad, no sería de descartar que quien pierda no acepte el resultado

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El debate electoral más probable parece ser una primera vuelta en la que Petro encarnará el inconformismo de izquierda y pasará a la segunda vuelta. Y que alrededor de quien quede de segundo se buscará una coalición para impedir su ascenso al poder (incluido, por escasez de candidato propio, el poder del gobierno).

Pero, dividido así el país, con los votantes ‘cargados de tigre’ o ‘emberracados’ tanto de un lado como del otro y divididos por mitad, no sería de descartar que quien pierda no acepte el resultado. Con seguridad habrá acusaciones de fraude y puede que sea poco fluida —sino violenta—- la transición al próximo gobierno, bien porque las normas o el poder real no lo van a permitir, o porque las masas no aceptarán la continuidad de un sistema que las atropella y humilla.

 

 

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